ALBERT BOADELLA
UNA LIBERACIÓN


Academia, Revista de cine español, juliol 1995

 


Los que no sabemos otra forma de contar las tragedias humanas más que a través del humor, sentimos a menudo sobre nuestro trabajo la mirada paternalista y condescendiente de aquellos que creen llevar sobre sus espaldas el peso de lo trascendente. Son los narradores de la vida al por mayor, en estado puro y sin distanciamiento; es decir el caos humano tomado con rigurosa seriedad, lo que constituye una redundancia y una falta de pudor el representarlo sin el adecuado cinismo. El tradicional complejo de superioridad de los practicantes de "dramas" ha inducido a toda clase de tópicos sobre el carácter intranscendente de la comedia, así como a su condición de género menor dentro del palmarés de la interpretación.
Estos simplismos están muy generalizados por el tratamiento de los medios de comunicación pero también especialmente entre escritores, críticos y comentaristas del género, es decir, gentes que no tocan con sus manos los materiales del oficio dramatúrgico.
Los que empezamos a tener las manos callosas de manipular estos materiales tan inconcretos, tampoco podemos afirmar grandes reglas sobre el oficio, pero por lo menos hemos comprobado en numerosas ocasiones que géneros tan opuestos como tragedia y comedia poseen estructuras interpretativas y narrativas casi idénticas. Por ello, si no se construye un drama con sentido del humor o una comedia con un gran sentido trágico, posiblemente el resultado denotará artificialidad en el caso de la comedia y primitivismo melodramático en la tragedia.
Muy a menudo la separación entre una cosa y la otra es exclusivamente una cuestión de ritmo interpretativo. Imaginémonos simplemente una alteración del ritmo en algunos pasajes de un drama, por ejemplo unos brazos que se extienden excesivamente veloces hacia la amada, unos ojos que se desorbitan demasiado rápidos o un grito que se agudiza en exceso. Cualquiera de estas acciones puede provocar la risa dentro del mejor drama si se convierte en un gesto inarmónico fuera de la convención armónica que nos propone el tema. Lo que venimos a llamar un "gag" no es otra cosa que un acto que rompe con el esquema rutinario, algo que es excepcional ante el cálculo de probabilidades que le conferimos a la acción lógica, acostumbrada y por tanto esperada. El tropezón es un rompimiento del esquema lógico del caminar pero no es de por sí ni cómico ni trágico, tendrá efectos muy distintos si el que tropieza es un prepotente o una humilde viejecita, en uno y otro caso pasaremos con las misma acción de lo cómico a lo trágico.
Describo estas anécdotas sencillas y puramente técnicas ya que mis experiencias en la dirección de actores me han llevado a deducir hasta el momento que un actor con un buen conocimiento de la comedia tendrá mayor facilidad para expresar un drama que en el caso contrario para interpretar una comedia. Ello ocurre sencillamente porque el humor es una posición de mayor especulación y manipulación de las acciones humanas ya que requiere una mirada distanciada de éstas.
El humor es algo excepcional dentro del funcionamiento de cualquier sociedad, digamos que la seriedad es el estilo de toda narrativa oficial. Los pueblos primitivos ciertamente también ríen, lo que no quiere decir que tengan estrictamente sentido del humor, lo mismo ocurre con los niños. Me refiero claro a este humor consecuencia del sarcasmo, la ironía y el cinismo con que algunos afrontan la existencia. Es el humor que conduce al distanciamiento de lo vulgar, lo sagrado o simplemente de lo que más firmemente creemos. Esta actitud denota un estado de civilización y dominio sobre nosotros mismos muy reciente en la historia de la humanidad. La práctica de esta higiene mental se convierte en un fuerte antídoto contra el fanatismo de cualquier integrismo político o religioso. Ello coloca al comediante en una posición de transgresión social no sólo por el tema que interprete sino por algo tan simple como situarse en una actitud paródica de sí mismo como ser humano. A partir de este pequeño ritual de humildad el actor podrá ejercer una terapia social tan imprescindible como la desacralización, compensando así el instinto tribal de sacralizar personas, instituciones, signos, himnos y fantasías trascendentes.
La risa que esto genera se transforma en acción catártica y liberadora ante la presión de los tabús, convirtiéndose al mismo tiempo en una expresión individual frente a la inercia gregaria alienada por el sentido trágico de la existencia.
En este terreno las religiones han ejercido una acción frontalmente opuesta a cualquier tipo de expresión humorística, no sólo por el temor a la desacralización de sus mitos, sino simplemente porque sus esencias están asentadas sobre este sentido trágico de la vida terrenal.
Esta actitud se extiende además a lo que llamamos clases bien pensantes que siempre han practicado generalmente en criterios estéticos tan fluctuantes como el buen gusto y articulando las correspondientes leyes para castigar al menoscabo o la burla de personas e instituciones del Estado. Es decir, se protegen de la risa reafirmando con ello el carácter altamente transgresor de la comedia. Pocas veces han tenido necesidad de protegerse ante el drama.
Sin embargo, hoy no parecen correr buenos tiempos para el género. Por un lado la auto-ascensión del actor a personaje de la élite intelectual le impide el necesario streep-tease personal, para convertirse en payaso de sí mismo, y de otro lado esta obsesión actual para eliminar cualquier riesgo buscando un estatus de funcionario, conduce al comediante a establecer mecanismos de prudencia practicando el llamado humor blanco, una nueva especie de híbrido aséptico consistente en reírse del débil anónimo, para no entrar en la parodia del poder personalizado. Quizá se trate simplemente de hacer méritos para ser enterrado en lugar sagrado con todos los honores de alguien respetable.
En suma, si la comedia tiene hoy una consideración de género menor y frívolo, no es sólo como consecuencia del complejo de superioridad de los "trágicos", sino más bien por el concepto que de ella tienen los mismos practicantes, ya que se esfuerzan en mostrarnos la existencia como algo gracioso donde todos somos un poco bobos, pero buenos en el fondo. Una apreciación errónea ya que la vida es indiscutiblemente trágica y está poblada de canallas empezando por uno mismo.
Esta es precisamente la razón por la que tanto necesitamos de la comedia.