Los que no sabemos otra forma de contar las tragedias humanas más
que a través del humor, sentimos a menudo sobre nuestro trabajo
la mirada paternalista y condescendiente de aquellos que creen llevar
sobre sus espaldas el peso de lo trascendente. Son los narradores de
la vida al por mayor, en estado puro y sin distanciamiento; es decir
el caos humano tomado con rigurosa seriedad, lo que constituye una redundancia
y una falta de pudor el representarlo sin el adecuado cinismo. El tradicional
complejo de superioridad de los practicantes de "dramas" ha
inducido a toda clase de tópicos sobre el carácter intranscendente
de la comedia, así como a su condición de género
menor dentro del palmarés de la interpretación.
Estos simplismos están muy generalizados por el tratamiento de
los medios de comunicación pero también especialmente
entre escritores, críticos y comentaristas del género,
es decir, gentes que no tocan con sus manos los materiales del oficio
dramatúrgico.
Los que empezamos a tener las manos callosas de manipular estos materiales
tan inconcretos, tampoco podemos afirmar grandes reglas sobre el oficio,
pero por lo menos hemos comprobado en numerosas ocasiones que géneros
tan opuestos como tragedia y comedia poseen estructuras interpretativas
y narrativas casi idénticas. Por ello, si no se construye un
drama con sentido del humor o una comedia con un gran sentido trágico,
posiblemente el resultado denotará artificialidad en el caso
de la comedia y primitivismo melodramático en la tragedia.
Muy a menudo la separación entre una cosa y la otra es exclusivamente
una cuestión de ritmo interpretativo. Imaginémonos simplemente
una alteración del ritmo en algunos pasajes de un drama, por
ejemplo unos brazos que se extienden excesivamente veloces hacia la
amada, unos ojos que se desorbitan demasiado rápidos o un grito
que se agudiza en exceso. Cualquiera de estas acciones puede provocar
la risa dentro del mejor drama si se convierte en un gesto inarmónico
fuera de la convención armónica que nos propone el tema.
Lo que venimos a llamar un "gag" no es otra cosa que un acto
que rompe con el esquema rutinario, algo que es excepcional ante el
cálculo de probabilidades que le conferimos a la acción
lógica, acostumbrada y por tanto esperada. El tropezón
es un rompimiento del esquema lógico del caminar pero no es de
por sí ni cómico ni trágico, tendrá efectos
muy distintos si el que tropieza es un prepotente o una humilde viejecita,
en uno y otro caso pasaremos con las misma acción de lo cómico
a lo trágico.
Describo estas anécdotas sencillas y puramente técnicas
ya que mis experiencias en la dirección de actores me han llevado
a deducir hasta el momento que un actor con un buen conocimiento de
la comedia tendrá mayor facilidad para expresar un drama que
en el caso contrario para interpretar una comedia. Ello ocurre sencillamente
porque el humor es una posición de mayor especulación
y manipulación de las acciones humanas ya que requiere una mirada
distanciada de éstas.
El humor es algo excepcional dentro del funcionamiento de cualquier
sociedad, digamos que la seriedad es el estilo de toda narrativa oficial.
Los pueblos primitivos ciertamente también ríen, lo que
no quiere decir que tengan estrictamente sentido del humor, lo mismo
ocurre con los niños. Me refiero claro a este humor consecuencia
del sarcasmo, la ironía y el cinismo con que algunos afrontan
la existencia. Es el humor que conduce al distanciamiento de lo vulgar,
lo sagrado o simplemente de lo que más firmemente creemos. Esta
actitud denota un estado de civilización y dominio sobre nosotros
mismos muy reciente en la historia de la humanidad. La práctica
de esta higiene mental se convierte en un fuerte antídoto contra
el fanatismo de cualquier integrismo político o religioso. Ello
coloca al comediante en una posición de transgresión social
no sólo por el tema que interprete sino por algo tan simple como
situarse en una actitud paródica de sí mismo como ser
humano. A partir de este pequeño ritual de humildad el actor
podrá ejercer una terapia social tan imprescindible como la desacralización,
compensando así el instinto tribal de sacralizar personas, instituciones,
signos, himnos y fantasías trascendentes.
La risa que esto genera se transforma en acción catártica
y liberadora ante la presión de los tabús, convirtiéndose
al mismo tiempo en una expresión individual frente a la inercia
gregaria alienada por el sentido trágico de la existencia.
En este terreno las religiones han ejercido una acción frontalmente
opuesta a cualquier tipo de expresión humorística, no
sólo por el temor a la desacralización de sus mitos, sino
simplemente porque sus esencias están asentadas sobre este sentido
trágico de la vida terrenal.
Esta actitud se extiende además a lo que llamamos clases bien
pensantes que siempre han practicado generalmente en criterios estéticos
tan fluctuantes como el buen gusto y articulando las correspondientes
leyes para castigar al menoscabo o la burla de personas e instituciones
del Estado. Es decir, se protegen de la risa reafirmando con ello el
carácter altamente transgresor de la comedia. Pocas veces han
tenido necesidad de protegerse ante el drama.
Sin embargo, hoy no parecen correr buenos tiempos para el género.
Por un lado la auto-ascensión del actor a personaje de la élite
intelectual le impide el necesario streep-tease personal, para convertirse
en payaso de sí mismo, y de otro lado esta obsesión actual
para eliminar cualquier riesgo buscando un estatus de funcionario, conduce
al comediante a establecer mecanismos de prudencia practicando el llamado
humor blanco, una nueva especie de híbrido aséptico consistente
en reírse del débil anónimo, para no entrar en
la parodia del poder personalizado. Quizá se trate simplemente
de hacer méritos para ser enterrado en lugar sagrado con todos
los honores de alguien respetable.
En suma, si la comedia tiene hoy una consideración de género
menor y frívolo, no es sólo como consecuencia del complejo
de superioridad de los "trágicos", sino más
bien por el concepto que de ella tienen los mismos practicantes, ya
que se esfuerzan en mostrarnos la existencia como algo gracioso donde
todos somos un poco bobos, pero buenos en el fondo. Una apreciación
errónea ya que la vida es indiscutiblemente trágica y
está poblada de canallas empezando por uno mismo.
Esta es precisamente la razón por la que tanto necesitamos de
la comedia.