Durante estos últimos años ha desaparecido de nuestra
escena todo vestigio de sátira, parodia o comedia que tenga por
punto de mira el representar jocosamente aventuras y desventuras del
poder real, próximo y contemporáneo.
Sorprende cómo un acto higiénico de esta naturaleza, avalado
por una larga tradición en la historia del teatro, se esfume
repentinamente de nuestra escena, dedicada hoy esencialmente al humor
blanco, los musicales y la metafísica. Nuestro pasado se halla
repleto de conflictos entre los comediantes y los distintos poderes
del momento, como es obvio, las consecuencias de incomodar reyes, obispos
o generales eran de una gravedad incomparable a las que pudieran acontecer
hoy en un Estado democrático.
Por ello hay que buscar razones más perversas para justificar
la extinción de un género dramático de probada
catarsis y arraigo popular. Cabe preguntarse: ¿qué motivos
han propiciado tan sospechoso silencio de la farándula?
Si observamos el panorama de nuestra escena parece como si el arte teatral
estuviera destinado, ya irremisiblemente, a la pura exhibición
museística y arqueológica, esencialmente porque todo acontece
fuera de nuestras fronteras o bien unos cuantos siglos atrás.
La gran complejidad burocrática y económica que existe
hoy desde la simple formulación de la idea creativa hasta su
realización práctica, ha propiciado la intervención
proteccionista de los Estados con un nuevo y engañoso modelo
de nacionalización cultural. Una fórmula que genera, además,
un sinfín de agravios comparativos frente a la iniciativa privada.
Nuestro viejo oficio teatral está agonizando entre asesores,
consejerías y departamentos ministeriales. Hemos pasado del piojoso
carromato a los lujosos edificios faraónicos, perdiendo en este
camino de nuevos ricos signos tan fundamentales como la transgresión
ante el poder. Hoy cualquier representación es susceptible de
obtener el Premio Nacional de Teatro y esta situación decadente
es también responsabilidad de todos los cómicos que nos
hemos dejado comprar sibilinamente nuestra libertad. Una libertad que
unos pocos han vendido a un precio razonable, pero que mayoritariamente
ha provocado una actitud mendicante para obtener, en el mejor de los
casos, unos medios precarios, convirtiendo así nuestro oficio
en un gremio de plañideras implorando siempre ayuda.
Como consecuencia de ello, se ha venido creando una especie de convención
tácita para no incomodar a las instituciones repartidoras de
la sopa boba, desapareciendo por esta razón la única fuerza
que poseía el comediante ante los poderes: su mordacidad crítica
sobre los escenarios y su feroz parodia de los poderosos. No en vano
Hamlet le espeta a Polonio: "...Después de vuestra muerte
más os valiera un mal epitafio que una mala prédica de
comediante mientras viváis."
En estos tiempos el poder penetra con voracidad en la intimidad de nuestros
hogares como un miembro más de la familia que nos reprende, aconseja,
amenaza, moraliza y pontifica. Esta presión que sufrimos diariamente
hace, todavía, más imprescindible la tradición
liberadora del humor, la sátira y el sarcasmo para compensar
la prepotencia. No cumplir esta función terapéutica es
un delito contra la ecología social imputable al gremio de los
cómicos, pero también es aceptar una debilidad que nos
muestra indefensos ante el más significante consejero cultural.
Las cuadrillas de canallas, bufones, cómicos y payasos que componían
nuestro destartalado oficio quieren ahora convertirse en dóciles
funcionarios de la cultura. A cambio de ello quizá alcancen una
vieja aspiración: ser enterrados en lugar sagrado, o sea, un
vulgar "tocomocho".