Para decir lo que pienso sobre nuestro oficio, no voy a escudarme tras
los métodos o firmas de prestigio acostumbrados, voy a tratar
de deciros llanamente algunas cosas de las que me parece haber aprendido,
en especial de lo que he comprobado prácticamente a través
del error.
Este camino de 25 años para intentar conseguir acaso una suma
de 20 minutos de lo que creo auténtico Teatro me da, sino la
suficiente autoridad, si la suficiente desfachatez para pontificar sobre
vuestro oficio, lo cual no deja de ser una ingenuidad puesto que vosotros
no buscáis lo más sencillo para aprender algo sino lo
más hermético, porque aparenta mayor consistencia, lo
cual no dejaría de ser un buen síntoma porque demuestra
que poseeis el infantilismo necesario para ser actores.
En primer lugar quiero deciros que os
mareareis de tanto dar vueltas en un círculo cerrado si antes
no tenéis la audacia de tomar lo que es vuestro, si no recuperáis
lo que habéis perdido hace siglos, me explico, los invitados
se han aposentado en vuestra casa y se han convertido en anfitriones,
sus razonamientos para ellos han sido pura lógica, análisis
implacables demostrando vuestra minusvalía mental para regir
los destinos de vuestra propia casa. Vosotros casi analfabetos, degenerados
ya en pequeños exhibicionistas de gabardina os habéis
quedado deslumbrados al ver como ellos transformaban vuestra burda payasada
en fina y elaborada ironía, vuestra truculencia melodramática
en drama psicológico y vuestra ancestral obscenidad en music-hall
de buen gusto, sois tan depravados que con tal de poder menear vuestros
huesos ante los ojos sorprendidos de cien personas os olvidáis
de quienes sois, metamorfoseándoos de amos en serviles lacayos,
de nada os sirve saber que sin vosotros no se abre el telón,
que pueden ausentarse todos de la fiesta excepto vosotros, pero este
pensamiento os atemoriza, por eso hace muchos años que no sabéis
donde vais, porque no vais, os traen que es muy distinto.
Pero habéis subsistido porque vuestra tenacidad para enseñar
las plumas (incluso mojadas) es legendaria y esta perseverancia ha permitido
que hoy los acontecimientos os sean de nuevo favorables, quizás
ya no tengáis capacidad de reaccionar porque seguís hablando
reiteradamente de crisis, sin apercibiros que toda esta amalgama electrodoméstica
de los medios de comunicación enlatados, cine, TV, discos, etc.
Se han convertido en vuestros nuevos y mejores mecenas. Estos inventos,
en su mayoría sólo útiles para transmitir un recuerdo
grotesco de lo que es arte, definen perfectamente desde su implantación
mayoritaria vuestro auténtico espacio de juego. El nuevo espacio,
por fin, que sólo vosotros podéis llenar, cierto que es
algo más pequeño de lo que creíais tener, pero
no importa porque os habéis quedado con la esencia. Os ha tocado
hacer de televisión, de libro de película durante muchos
siglos, incluso de telediario, en este futuro pues no hay duda que la
palabra teatro tendrá un significado más preciso, el hombre
puede volver a necesitar vuestra presencia.
El nuevo espacio se nos presenta como un lugar de encuentro entre oficiantes
y comulgantes, donde todo se rige por un principio simple, la revalorización
del rito en directo, la saturación producida por los procesos
tecnificados de grabación y difusión de la imagen humana
y su entorno, viene a potenciar y convertir en gran valor algo que hasta
hace poco se tomaba por anticuado, un valor que surge como un anticuerpo
frente a la tecnificación, por ello hablo de comulgantes, o sea
de participación, de riesgo, de algo que se quema a medida que
va transcurriendo, que no es posible proyectarlo mañana exactamente
igual, para el espectador es la emoción de lo falible.
Este nuevo espacio, vuestro espacio, será un lugar de sensación
más que de ideas, un lugar de catarsis irracional más
que de psicoanálisis, un lugar de pobreza más que de derroche
de medios, será más espacio para el juego y la locura
y menos para el civismo constitucional, podrá convertirse en
un paréntesis artesanal y primitivo en la era de la investigación
espacial.
Sin embargo si vosotros seguís persistiendo en este complejo
de orfandad, esperando un buen director que os mueva y un gran texto
que de la cara por vosotros, conseguiréis por fin convertir vuestro
oficio en una nueva sala del museo etnológico.
Vuestro bagaje es inservible para este nuevo espacio, quizás
no servís ni vosotros los que os llamáis actores, es posible
que sea un trabajo para otra gente y aún algo más difícil,
habrá que hacer, como se dice hoy, una reconversión del
público, este público nostálgico que asiste fielmente
a un acto de cultura y que ve en vosotros, sin faltarle razón,
unas momias moviéndose en el interior de un bello sarcófago
del que hay que descifrar los jeroglíficos, este público
sediento de la clase mensual de cultura animada, dígase teatro,
este público al que nosotros en perfecto psicodrama le ayudamos
a sentirse élite. Pues bien, hay que decepcionarlo ya de esta
funcionalidad tan concreta, o se adapta a otros objetivos o deberemos
buscar nuestros nuevos feligreses entre aquella mayoría que cuando
piensa en un sinónimo de aburrimiento se acuerdan sistemáticamente
del teatro, lo cual es un signo inequívoco de lucidez. ¿Pero
qué extraños temores, reticencias y complejos estúpidos
os invaden cuando hablamos hoy del público? ¿Qué
temor tenéis a complacerlo? Precisamente vosotros los actores
que hace unos años ejecutábais unas reverencias como saludo
que casi rozabais con la mandíbula el suelo, ahora completamente
acomplejados lo miráis serios, en actitud hierática incluso
a menudo despectiva, ¿habéis olvidado que el teatro es
un arte de masas? Vosotros no os entregáis al gusto individual
de cada espectador en música o plástica os entregáis
al público porque el alma de la masa será la que prevalecerá
en cada uno de ellos, o ¿es igual el silencio de tres personas
al de tres mil? Cuando mil personas emiten una carcajada contagian y
arrastran incluso aquel que no le hacía gracia alguna. Los que
no penetran en esta ceremonia colectiva, los que a priori quieren independizar
su cabezita jamás comprenderán nada, porque para comprender
hay primero que sentir y dejarse arrastrar por el fenómeno colectivo.
Es evidente que para llegar a construir unos espectáculos que
se enmarquen dentro de los límites de este nuevo espacio es necesario
la renovación total de los procesos de creación, organización
y administración del teatro. No sólo los locales han quedado
desfasados sino todo el procedimiento que arranca desde la decisión
de hacer una obra, hasta el día que la ponéis delante
del auditorio.
Ahora utililizáis la artesanía de copistas, estáis
cerrados en un gueto donde se interpreta, se recrea, se pone al día,
se sigue tal o cual método y sobre todo se coloca como espejo
copista al interior del gueto, sus modas y sus ideales, da la sensación
de que nos estamos haciendo el teatro para nosotros mismos, nuestros
amigos y enemigos internos, incluso cuando lanzáis muchas expresiones
que no son nunca el recuerdo de aquellos ciudadanos anónimos
sino de Depardieu o Ingrid Tullin, copiáis del teatro y aún
del cine. Para cocinar este plato de segunda mesa tampoco tenéis
la humildad de utilizar vuestra propia cocina sino que preferís
trabajar con los de Stanislawsky, Brecht o Artaud, se trata de buscar
siempre la patente de corso, la seguridad y la eliminación del
riesgo, en suma eliminar el salto en el vacío inseparable del
juego artístico. Pero con todo este bagaje os movéis sólo
en un reducido mundo de sobreentendidos, Shakespeare no es escogido
porque os guste más que otras cosas, más bien es un buen
vestido para vuestra desnudez interior, se trata de un valor seguro,
muy idóneo para vuestra vocación de tenderos culturales.
Yo no sé que piensan vuestros clientes habituales, pero os aseguro
que personalmente me empiezan a sonar reiterativas las dudas de Hamlet
y la ceguera de Edipo, me ocurre ya como con el pom!, pom!, pom! de
la V sinfonía de Beethoven. Representando el repertorio podéis
pensar que hacéis TEATRO en mayúsculas pero creo que a
muchos nos resulta ya pesado y la pesadez debería ser siempre
delito y por lo menos en nuestro oficio motivo de incapacitación
profesional.
Pienso que si de verdad deseáis tener un público nuevo,
posiblemente más mayoritario y por lo tanto mejor, tenéis
que empezar por vaciar el programa de mano de las pedanterías
de turno, esto ya será todo un síntoma, en primer lugar
porque vuestro juego no debe necesitar más claves de comprensión
que aquellas que se dan directamente durante las horas que dura, en
segundo lugar porque entraremos tranquilos en la sala sin el temor de
que el intelectualillo de turno haga sus pinitos a nuestra costa, bombardeándonos
con sus literarias elucubraciones y lo que es más grave, con
su impúdico didactismo moralizador. Cuando no se puede ofrecer
emoción y magia se moraliza y se recurre a la llamada "profundidad
literaria".
Nuestro oficio es una especie de inclusa que alberga un sinfín
de vocaciones frustradas, aquí todos se ven con ánimo
para realizar su propio psicodrama ante vuestras perplejas narices,
no quiero poner en duda las buenas intenciones de los intrusos, pero
en nuestro espacio no cabe más que la malicia, por no decir el
arte de la maldad, este es nuestro trabajo, la magnífica maldad
ecológica de los carroñeros y para practicar esto hay
que saber volar muy bien, no es suficiente la buena fe proselitística,
no es suficiente declararse comprometido con la realidad del momento,
debéis recuperar la seguridad en vosotros mismos para poder exigirle
al intelectual un respeto hacia vuestro trabajo que se traduzca con
el silencio a vuestro entorno, un silencio explícito demostrando
que hay cosas de las que no es necesario especular, que si se obstinan
en explicar y analizar se desvanecen, un silencio que envolverá
vuestro juego del clima mágico y ritual que le es propio. Hasta
hoy da la sensación que sólo servimos de objeto para estudios
sociológicos, se hace poquísimo teatro, pero se escribe
y se habla hasta la saciedad.
Debemos convencer a los que ejercen de intelectuales con obsesiones
artísticas para que se inventen un pseudo arte, a fin de practicar
sus estropicios sin peligro de quemarle la casa al vecino, un arte exclusivamente
para ellos, porque después de haber convertido la pintura en
algo que sólo interesa al especulador, la arquitectura en una
apología de lo invisible y la música contemporánea
en un escarnio para el tímpano, están empeñados
en conseguir que en el teatro seamos más en el escenario que
en la sala.
Jamás en la historia se habían dado tan buenas razones
para explicar las obras, pero esto no ha hecho que los actores sean
más populares, quizás, todo lo contrario.
A vosotros indignos y acomplejados actores, los sabios colonizadores
de vuestra profesión os han mostrado unos espejos y han dictado
en cada momento lo que toca, hoy toca Brecht, mañana volveremos
a los clásicos, pasaremos de nuevo por Verdi y actualizaremos
Sófocles, descubriremos que Echegaray era genial e injustamente
olvidado, etc. Pero sobretodo se nos lanzará a una misión
sagrada e ineludible a todo artista comprometido, la investigación,
la búsqueda y el laboratorio y así entrareis de lleno
en la danza de la confusión, donde se pierde la medida de todo,
donde lo más pueril se convierte en genial, porque para todo
habrá una teoría completísima que lo justifique,
será el arte de la teoría pero no del espectáculo.
Si de lo que se trata es de hacer teatro contemporáneo esto es
sencillísimo, sólo es cuestión de poner vuestra
óptica de creadores en el entorno inmediato. No se trata como
decía alguien de ser originales sino originarios. Nada más
contemporáneo, nada más moderno que vuestro entorno, la
forma de transcripción de esta realidad circundante sólo
es una cuestión de sensibilidad ante unos acontecimientos, pero
esta sensibilidad no se investiga, será algo innato en vosotros,
es lo que distinguirá vuestra óptica de la de otros que
se dedican a menesteres distintos. En un artista no existe por separado
la función de mirar y la de plasmar, son una sola acción.
No hay nada que investigar, la investigación sólo será
posible si queremos saber como hacían tal o cual cosa los griegos,
pero esto ya es un oficio distinto. En cuanto al laboratorio dejémoslo
como estaba para los productores farmacéuticos y devolvamos también
de una vez a los taxis y autobuses lo del teatro servicio público.
Nuestro civismo no es precisamente el que conciben los políticos.
De las invenciones culturales y de los planes ministeriales debéis
prescindir porque los intereses serán siempre los más
dispares con la libre creación, es decir, sería incluso
sano que cuando ellos señalaran el año Calderón,
vosotros Lope y cuando toque Lope, vosotros Tirso, por si acaso. Pienso
que nosotros no debemos aspirar a ser más cultura que la agricultura
y el tratamiento de pieza museística de alto valor cultural como
nos clasifican debe ser tomado como una vejación, aunque internos
reconozcamos que lo tenemos bien merecido.
No quiero complacerme en la agresión, os propongo una alternativa,
no tanto por deber cívico-cultural como por la alegre esperanza
de poder ver un día salir zingando a los intrusos y mercaderes
de nuestro oficio, pero mi propuesta no es nueva, nada original, ¡es
sólo la sala de ensayo! Allí se organiza vuestro baile,
allí deberéis ser como el Rey Sol.
- Buenos días, ¿quién
es usted?
- Soy el autor, vengo con una obra debajo el brazo.
- Bien, pero primero cambie usted el título nobiliario, aquí
autores lo somos todos, desde el luminotécnico hasta el figurista,
déjenos usted estos papeles y veremos si se trata de una ayuda
para nuestro lucimiento o de unas represiones a nuestro creativo exhibicionismo,
pero le vamos a ofrecer una contrapuesta, abandone usted el despacho,
siéntese usted aquí, tome los folios, la pluma y no sólo
nos ayuda a conjugar correctamente los verbos sino que además
nos provoca con sus especulaciones dramaturgias, estamos seguros que
nos modificaremos mútuamente, usted, ¿tiene ideas? ¡pues
fantástico! Póngalas a nuestro servicio, ahora bien, le
prevenimos que el teatro no es un casamiento de por vida con la literatura,
es decir mañana nosotros podemos pedir de nuevo el divorcio,
le aconsejamos pues que aproveche su estancia entre nosotros para percatarse
de lo que es este oficio, del que hasta ahora posiblemente sólo
conocía una mínima expresión.
- Y, usted ¿Quién es?
- Soy el director.
- Muy bien, pues discuta su parcela de poder en la provocación
con este señor que se autotitula autor, pero con usted sólo
contamos para unos trabajos precisos, siéntese en el patio de
butacas, camúflese entre el público, es decir, en la masa,
y díganos si las expresiones que desde aquí lanzamos le
llegan o no, y si todo este conjunto visto desde fuera tiene una cierta
armonía, pero no aproveche las grietas para erigirse en caudillo
de la fiesta, usted es un miembro del servicio, no el líder.
- Usted debe ser el decorador.
- ¡No! Perdone, pero soy el escenógrafo, mire aquí
llevo los bocetos y los figurines.
- Siéntese usted también, déjese de ideas previas,
empápese de nuestro juego y allí donde no llegue nuestro
cuerpo para expresar lo que deseamos, complételo usted, ahora
bien no le toleraremos sabotaje, antes que lucirse usted háganos
lucir a nosotros, consiga que cualquier objeto, vestido o invento sea
un aliado y no la máquina infernal que nos amarga siempre las
representaciones conviertiéndonos como gallos en corral ajeno,
sepa usted que el teatro podrá ser tanta síntesis de las
artes como se quiera pero al fin todo pasa a través de nuestro
filtro, es decir de nuestro cuerpo. Nosotros nos las tenemos que ver
con el toro a diario.
- Muy buenas, yo soy el administrador político-cultural.
- Fuera de la sala, váyase a su oficina y sepa de antemano que
nuestro rito no es seguro que sea cultura, estaría quizás
más cerca del delito social, por lo que estamos seguros de que
antes del canto del gallo estará ya avergonzado de nosotros delante
de sus inmediatos superiores. Pero no tema, no se quedará solo,
siempre encontrará comerciantes que dicen practicar nuestro oficio
para imponerles sus medallas, sus premios y sus cargos, ya se sabe es
una ley ecológica.
- Y usted enano que se esconde detrás de las butacas, ¿quién
es?
- Yo soy crítico.
- Pues váyase usted a la mierda, a usted no le gusta el teatro,
usted es un parásito que vive a nuestra costa, es un "anda
ve y dile" responsable también del gran baile de confusión,
además no se le ocurra decir que es muy buena la obra porque
de la manera como lo escribirá me habrá ya discriminado
a priori todos los posibles espectadores. Tiene que reconocer que es
usted un invento inútil sin el que el teatro ha seguido funcionando
perfectamente, usted sólo es válido para poderlo citar
cuando se coleccionan monstruosos errores entorno a Beethoven, Verdi
o Van Gogh. Le rogamos que busque su afán de protagonismo en
otras áreas que aquí estamos sólo los actores tirando
de un carro excesivamente cargado de "colaboradores", desde
el día que a un insensato se le ocurrió decir aquello
del teatro como lugar de encuentro de todas las artes.
En
suma podéis tratar así a vuestros invitados o decirles
lo mismo diplomáticamente, pero debéis comportaros de
una vez como auténticos anfitriones, porque el teatro será
lo que vosotros queráis y por descontado lo que también
quiera el público. Achacar su falta de asistencia a la incultura
del personal resulta pueril e hipócrita, será mucho más
efectivo si lo interpretáis como un voto de censura a lo que
estamos haciendo. Si partimos de esta deducción algo puede cambiar
y el momento es óptimo.