ALBERT BOADELLA
¡CUIDADO COLEGAS!


El Público, 1989

 


¿Gozamos practicando nuestro oficio o somos una secta que desarrolla el masoquismo? Muy a menudo los profesionales del teatro se asemejan a un orfeón de quejicas, llorando siempre sobre las desgracias de nuestro oficio y lo mal tratados que estamos.
¿Pero no se trata de un disfrute extraordinario el poder alargar hasta la tercera edad los sueños y juegos infantiles teniendo, como voyeurs a cientos de espectadores? No deja de ser una feliz paradoja con que sobreviva aún en nuestro tiempo un oficio donde no se construye nada sólido y que una vez terminada una sesión se volatiliza todo. Somos unos privilegiados, y esto sin contar que en la mayoría de las veces este oficio se utiliza como terapia personal de sus practicantes, lo que presupone un ahorro psiquiátrico considerable.
¡Mucho cuidado, colegas!, nuestra sociedad puede prescindir inmediatamente de nuestros servicios porque tiene suficiente teatro a su alrededor, no estamos ya en el oscuro Medievo, donde aún se necesitaba nuestro divertimiento, hoy no se nos necesita ni como transmisores de acontecimientos; el telediario sustituye perfectamente nuestras noticias desfasadas.
Algunos ingenuos, tratando de crear mala conciencia, creen que amenazando con cerrar la barraca van a poner toda la sociedad en jaque; nada más alejado de la realidad, la única amenaza posible debería ser intensificar su actividad.
Si alguien sufre haciendo teatro desproporcionadamente al placer obtenido, debe cambiar de oficio; este es un oficio para morirse de hambre riendo, para engañar a la Administración en vez de ser engañados por ésta diariamente, gracias a tenernos con la sardina colgada del cordel; este es un oficio para cínicos, descreídos y amorales, pero también de románticos empedernidos. Necesitamos maliciosos cómicos, no generosos misioneros, porque éstos son burlados en cada esquina de nuestra profesión y su desencanto público resulta lamentable.
¿De qué nos podemos quejar? Ahora no se nos destierra, ni se nos quema; hace ya unos cuantos años que no pisamos cárceles y ha pasado de moda aquello de tirarnos tomates; nos hemos convertido en institución.
No hay lugar para decepciones. A estas alturas supongo que nadie se cree un ápice de las declaraciones de nuestros administradores culturales, está suficientemente demostrado que lo único que merece su interés es aquello que por su espectacularidad servirá al boato, a la institución patrocinadora y, sobre todo, promocionará el cargo de quien lo promueva.
Pero esto es razonable, porque los políticos culturales siempre están de paso; el cargo cultural no es para nuestros políticos un fin en sí mismo, sino la antesala de mejores puestos.
Los comediantes tampoco somos santitos en este juego; escuchamos con fingido interés las declamaciones político-culturales, pero estamos únicamente pendientes de la tajada que nos va a tocar; nuestra cabeza en estas situaciones funciona como una eficaz calculadora que no la distrae el murmullo lejano de geniales ideas expresadas por el administrador.
Nadie se cree a nadie. Bajo esta apariencia de filósofo preocupado por el destino de la humanidad, el farandulero no es más que un arlequín que busca el pan al precio que sea, se apunta al partido que le dará más cancha y utiliza el sexo para colocar al amante o la amante en el papel protagonista. No es aquí lugar para cantar las excelencias del administrador, pero su radiografía no resultaría mucho más edificante y, en todo caso, algo más sórdida que la nuestra.
Somos un oficio de cartón-piedra con una valoración en los medios de comunicación absolutamente desproporcionada al número de ciudadanos que somos capaces de reunir en un teatro; esto son, seguramente, secuelas del pasado glorioso, que desaprovechamos estúpidamente, o porque nuestro lenguaje resulta ininteligible y codificado o se convierte en un monólogo vulgar y banal contando las excelencias del director, del autor, de los maravillosos compañeros y del público, también maravilloso, al que tanto debemos.
Aunque gozamos del prestigio de gente libertaria y divertida, la realidad es que hoy somos como funcionarios; es decir, que nuestro carisma está muy por encima de nuestra realidad, y ante este panorama es mejor aquello de no meneallo porque cualquier movimiento en falso seria fatal. Hay que acabar con la palabra "crisis teatral" y no salir en los medios de comunicación con cara de pena a contar desgracias del oficio. Que nadie se descomponga, y mucho menos en público.
Si mañana no se hiciera ya teatro en nuestro país, alguien se ha preguntado fríamente ¿qué pasaría? La respuesta es mejor guardársela por aquello de la apología de terrorismo.
Aquí hay que aguantar el pendón con cara de palo, tener la sinceridad de reconocer lo bien que lo pasamos unos cuantos y si en última instancia todo el decorado se desmorona, siempre podemos autocomplacernos con aquella excusa de los teatros vacíos. "Estamos en una sociedad inculta".