FRANCO Y YO
ALBERT BOADELLA
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Cuando escribía la secuencia de las escaramuzas en las venas
del caudillo, comprendí finalmente porque entre la literatura
y el cine siempre existen unos lazos tan estrechos. No tenia el
menor problema, todo lo que escribía podía realizarse
en una película. Cosas tan complejas como el pensamiento,
el sueño o el delirio de un individuo, tienen una plasmación
relativamente fácil a través de la imagen cinematográfica.
Aunque por identica razón, esa misma facilidad puede convertir
la historia en un ir y venir constante, entre presente, pasado y
futuro. Me refiero a lo fácil que resulta también
caer en un inmenso galimatías por culpa de disponer de todos
los medios al alcance de una narración. Este es un problema
que no tenemos en el teatro, donde representar la fantasía
mental de un personaje requiere autentica maestría. No hay
posibilidad de dar ingravidez ni al decorado, ni al cuerpo de los
actores y no digamos el truco de fundir una imagen con otra. En
escena los actores siempre entran y salen, no hay manera de hacerlos
aparecer o desaparecer.
Sin embargo, la tosquedad de la artesanía teatral, puede
a veces facilitar soluciones enormemente poéticas. En la
obra La Torna, había una escena donde todos los personajes
de un bar estaban borrachos, y para comunicarle al espectador la
sensación de mareo de estos, movíamos la pared del
bar con un balanceo constante. La imagen era una mezcla de ingenuidad
y humor pero al mismo tiempo transmitía al publico la impresión
de vértigo con los mínimos elementos. Muchos espectadores
recuerdan aun este sencillo e ingenioso juego. Para plasmar algo
semejante en la pantalla, solo se hubiera tratado de apretar un
botoncito del ordenador, aunque hoy, seguramente nadie recordaría
nada.
La precariedad de los medios expresivos no siempre implica menores
impresiones. A menudo es todo lo contrario. En relación con
la película, pensaba que no era cuestión de abusar
de las facilidades técnicas que ofrece el cine. Se trataba
pues, de retratar la mente de Franco, con un lenguaje muy simple
y en cada ocasión bajo formas tan distintas como sueños,
recuerdos, ensoñaciones, visiones o delirios. No obstante,
el problema esencial no era tanto la repetición de las formas,
como el abuso del procedimiento técnico para expresarlas,
ya que en el ámbito audiovisual, esos inventos de laboratorio
se gastan con una facilidad pasmosa y enseguida acaban cansando
al espectador. (P. 119)
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(...notas)
A estas alturas del guión, empezaba a notar que el espectador
podía sentir, al margen de la repugnancia por el historial
del personaje, una cierta conmiseración hacia aquel anciano
enfermo y desvalido. Si ello ocurría ligeramente, ya entraba
en mis planes de colocar al espectador mas allá de una actitud
primaria o revanchista. Pero en caso de que el impulso misericordioso
no estuviera bajo control, me arriesgaba a construir un autentico
bumerang, con el consiguiente cabreo de mi cliente (el productor)
por haber financiado una apología mas de Franco.
La verdad es que mi gusto por los juegos de riesgo en materia dramática,
tampoco llegaba tan lejos. Desde un punto de vista social parecería
lo más sano, pues al instante estallaría la polémica,
aunque lógicamente, nosotros recibiríamos la peor
parte. Quizá lo habría realizado en teatro, tal como
hice con Olympic Man, pero mi falta de dominio del medio cinematográfico
para ajustar cosas tan sutiles, me aconsejaba una actitud prudente.
También pensaba en las jóvenes generaciones que solo
conocen de Franco su nombre, y ante todo, no era cuestión
de presentarles un vejete encantador. Decidí entonces, colocar
algunos contrapesos para no estimular demasiados sentimientos de
ternura y ahorrarme al mismo tiempo las iras de los “nuestros”
que siempre reclaman venganza póstuma. Naturalmente, no tenía
mas remedio que acudir a las imágenes de siempre; fusilamientos,
garrote, tortura, etc. Sin duda, se trata de realidades indiscutibles,
pero mis preferencias estaban de antemano en mostrar la paradoja
de un feroz dictador convertido en tierno anciano y no en lo obvio.
El hecho de forzar algunas concesiones a la opinión mayoritaria
para contrarrestar cualquier malentendido, significaba que a pesar
de los 28 años transcurridos desde la muerte del dictador,
todavía no existía prescripción suficiente
sobre el personaje, y por lo tanto, seguía la dificultad
de ofrecer una visión del caudillo absolutamente libre de
prejuicios. Con toda franqueza, debo admitir que esta situación
no la tenía prevista al iniciar el proyecto, pensaba ingenuamente,
encontrarme con menos ataduras a partir de mí mismo. No obstante,
despues de colocar algunas puntuaciones mínimas para no inducir
a confusión, dejé que el personaje recorriera libremente
su camino y yo no hice mas que seguirlo en su patética decadencia,
al margen de que pudiera despertar la conmiseración.
(P. 89)
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