FRANCO Y YO
ALBERT BOADELLA



Fotografia Paola Ardozzini i Emilio Pereda


(...notas)

Cuando escribía la secuencia de las escaramuzas en las venas del caudillo, comprendí finalmente porque entre la literatura y el cine siempre existen unos lazos tan estrechos. No tenia el menor problema, todo lo que escribía podía realizarse en una película. Cosas tan complejas como el pensamiento, el sueño o el delirio de un individuo, tienen una plasmación relativamente fácil a través de la imagen cinematográfica. Aunque por identica razón, esa misma facilidad puede convertir la historia en un ir y venir constante, entre presente, pasado y futuro. Me refiero a lo fácil que resulta también caer en un inmenso galimatías por culpa de disponer de todos los medios al alcance de una narración. Este es un problema que no tenemos en el teatro, donde representar la fantasía mental de un personaje requiere autentica maestría. No hay posibilidad de dar ingravidez ni al decorado, ni al cuerpo de los actores y no digamos el truco de fundir una imagen con otra. En escena los actores siempre entran y salen, no hay manera de hacerlos aparecer o desaparecer.
Sin embargo, la tosquedad de la artesanía teatral, puede a veces facilitar soluciones enormemente poéticas. En la obra La Torna, había una escena donde todos los personajes de un bar estaban borrachos, y para comunicarle al espectador la sensación de mareo de estos, movíamos la pared del bar con un balanceo constante. La imagen era una mezcla de ingenuidad y humor pero al mismo tiempo transmitía al publico la impresión de vértigo con los mínimos elementos. Muchos espectadores recuerdan aun este sencillo e ingenioso juego. Para plasmar algo semejante en la pantalla, solo se hubiera tratado de apretar un botoncito del ordenador, aunque hoy, seguramente nadie recordaría nada.
La precariedad de los medios expresivos no siempre implica menores impresiones. A menudo es todo lo contrario. En relación con la película, pensaba que no era cuestión de abusar de las facilidades técnicas que ofrece el cine. Se trataba pues, de retratar la mente de Franco, con un lenguaje muy simple y en cada ocasión bajo formas tan distintas como sueños, recuerdos, ensoñaciones, visiones o delirios. No obstante, el problema esencial no era tanto la repetición de las formas, como el abuso del procedimiento técnico para expresarlas, ya que en el ámbito audiovisual, esos inventos de laboratorio se gastan con una facilidad pasmosa y enseguida acaban cansando al espectador.
(P. 119)



Fotografia Paola Ardozzini i Emilio Pereda



(...notas)

A estas alturas del guión, empezaba a notar que el espectador podía sentir, al margen de la repugnancia por el historial del personaje, una cierta conmiseración hacia aquel anciano enfermo y desvalido. Si ello ocurría ligeramente, ya entraba en mis planes de colocar al espectador mas allá de una actitud primaria o revanchista. Pero en caso de que el impulso misericordioso no estuviera bajo control, me arriesgaba a construir un autentico bumerang, con el consiguiente cabreo de mi cliente (el productor) por haber financiado una apología mas de Franco.
La verdad es que mi gusto por los juegos de riesgo en materia dramática, tampoco llegaba tan lejos. Desde un punto de vista social parecería lo más sano, pues al instante estallaría la polémica, aunque lógicamente, nosotros recibiríamos la peor parte. Quizá lo habría realizado en teatro, tal como hice con Olympic Man, pero mi falta de dominio del medio cinematográfico para ajustar cosas tan sutiles, me aconsejaba una actitud prudente. También pensaba en las jóvenes generaciones que solo conocen de Franco su nombre, y ante todo, no era cuestión de presentarles un vejete encantador. Decidí entonces, colocar algunos contrapesos para no estimular demasiados sentimientos de ternura y ahorrarme al mismo tiempo las iras de los “nuestros” que siempre reclaman venganza póstuma. Naturalmente, no tenía mas remedio que acudir a las imágenes de siempre; fusilamientos, garrote, tortura, etc. Sin duda, se trata de realidades indiscutibles, pero mis preferencias estaban de antemano en mostrar la paradoja de un feroz dictador convertido en tierno anciano y no en lo obvio. El hecho de forzar algunas concesiones a la opinión mayoritaria para contrarrestar cualquier malentendido, significaba que a pesar de los 28 años transcurridos desde la muerte del dictador, todavía no existía prescripción suficiente sobre el personaje, y por lo tanto, seguía la dificultad de ofrecer una visión del caudillo absolutamente libre de prejuicios. Con toda franqueza, debo admitir que esta situación no la tenía prevista al iniciar el proyecto, pensaba ingenuamente, encontrarme con menos ataduras a partir de mí mismo. No obstante, despues de colocar algunas puntuaciones mínimas para no inducir a confusión, dejé que el personaje recorriera libremente su camino y yo no hice mas que seguirlo en su patética decadencia, al margen de que pudiera despertar la conmiseración.
(P. 89)