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PREFACIO
EL MÉTODO
DEL NO-MÉTODO.
LLUÍS
ELIAS
Permitidme
que este prefacio a la obra selecta del dramaturgo y director (y a la
fuerza empresario y productor), Albert Boadella i Oncins, sea una mezcla
de recuerdos, notas y reflexiones sobre mi experiencia de trabajo a
lo largo de catorce años al lado de Albert como su ayudante en
la dirección artística.
Vi por primera vez a Els Joglars en el desaparecido Teatre Capsa. Se
representaba la trilogía (El joc, Cruel Ubris y Mary
d’ous) para celebrar el X aniversario de la compañía.
Era el año 1972. Tenía 18 años. Ya había
oído hablar de este grupo, que había nacido en el año
1962 y que concebía el teatro fuera de los cánones establecidos.
Eran tiempos de oscuridad, y la valentía que demostraban los
actores en el escenario era provocadora. Un teatro crítico, iconoclasta,
cruel, con sentido del humor, lleno de contrastes, de metáforas
que te hacían sentir cómplice e inteligente. Y los que
hacíamos teatro por afición comentábamos la singular
manera que el grupo tenía a la hora de trabajar, partiendo de
improvisaciones, de la no utilización de textos previos, de aquello
que malentendíamos como teatro colectivo. ¿Quién,
en aquella época, en la que el teatro independiente resurgía
con el intento de hacer cambiar a nuestra sociedad, no había
tenido la tentación de imitar el modelo que Els Joglars con Albert
Boadella al frente iban perfilando? Empecé a mitificar e idealizar
a una compañía que hacía el teatro que a mí
me gustaba, que trabajaba como siempre había imaginado, que no
utilizaba la palabra para decir grandes cosas Diecisiete años
más tarde entré a formar parte de Els Joglars.
Cuando el teatro ya era mi profesión, decidí llamar a
Albert (y no os podéis imaginar lo que me costó coger
el teléfono) y me ofrecí para ser su ayudante, si es que
necesitaba alguno. Sencillamente quería conocer mejor el oficio.
En realidad quería hacerme conocedor de sus secretos. Secretos
que intuía. Cuando colgué, estaba desconcertado. No sabía
si Albert me había dicho que sí o que no, no me lo podía
creer. Las cosas no son tan sencillas. Al cabo de un tiempo hice una
segunda llamada, y unos días más tarde nos hallábamos
en su casa, La Casa Nova. Allí me confirmó, sin decírmelo,
que realmente contaba conmigo. Más tarde vino a ver un espectáculo
que yo había dirigido. Y así quedó todo, con un
“ya nos veremos”. Al cabo de unos días, la oficina
de Els Joglars me citó para realizar una primera reunión
de trabajo. Daban por hecho que yo sería su ayudante. Eso me
parecía. Y así fue. Al cabo de unos meses, en un descanso
de un ensayo de Columbi Lapsus, Albert me comentó: “Lluis,
el día que te fui a ver... esto... tu espectáculo, pues...
aquel día descansé. No sabía con quien me encontraría”.
Sonreí. Y no explico esto porque sí, lo digo para que
se entienda quién es Albert. En aquel momento pensé: “Este
hombre o es un insensato o es de una generosidad que atemoriza”.
Con el tiempo le he ido conociendo y le he comprendido un poco. He visto
situaciones muy similares a la mía.
Hoy en día soy un hombre que forma parte de la banda, de la cuadrilla,
tal como a Albert le gusta llamar a Els Joglars. Un hombre que ha podido
conocer el oficio teatral en toda su esencia, desde el inicio, partiendo
de la nada, hasta su representación ante un público exigente
que pide, de él y de nosotros, cada vez más. Que ha asistido
a representaciones donde ha podido oír los silencios más
contundentes y las catarsis más expansivas. Que ha reído,
ha llorado y ha hecho el gamberro como un chico de catorce años.
Y esto unido a la más absoluta tranquilidad, sabiendo que trabajo
al lado de un maestro que actúa con el principio creador del
mago, con una gran capacidad de análisis, sentido de la armonía
y con aquella serenidad que proporciona la madurez para resolver contingencias.
Cuando llegué por primera vez a la casa de Els Joglars, El Llorà,
cerca de Rupit, no sabía dónde iba. Pensaba que viviría
en una masía, en colectividad hippy..., en definitiva, pensaba
lo que muchos aún hoy piensan, y me encontré con todo
lo contrario: una casa de la muy burguesa Tecla Sala, con habitaciones
individuales con baño, Montserrat Balmes que nos hacía
la comida, no sé cuántas hectáreas de terreno,
piscina, pista de tenis, el señor Enric que se dedicaba al mantenimiento
de la finca, una estricta disciplina de trabajo, jerarquías familiares
y muchas otras cosas que con el tiempo he ido descubriendo.
Al atravesar la puerta, un trozo de historia se presentaba ante mí.
Una historia que Albert procura explicar en sus conversaciones de sobremesa
y que transmite para que no se olvide ni se subvierta con versiones
adulteradas. En el Llorà, siempre ha tenido un gran valor la
sobremesa. Es natural. Es un placer oírle hablar sobre aquellos
temas que le preocupan y le obsesionan, sobre todo porque están
tratados con su personal punto de vista, lleno de sentido del humor,
que te hace ver las cosas desde otra perspectiva. Sin trascendencia,
sin magnificar, obviando la tragedia. Temas sociales, políticos,
culturales. Postulados sobre teatro, pintura, música. Teorías
sobre los comportamientos humanos, antropológicos... En definitiva,
de todo aquello de lo que habla en sus obras. Es como si con el estómago
lleno se pusiese en marcha un motor que vaticinase el argumento del
próximo montaje. Y es curioso observar como, para muchos, somos
un grupo de misántropos carentes de información.
¡Qué privilegio sentir que formaba parte de una utopía
hecha realidad!. Una utopía que miraba al pasado, pero con la
comodidad necesaria para que nada interfiriese en el trabajo creativo.
SOBRE LA UTOPIA
Así
como el homo erectus dio el gran saldo para expandirse fuera de África
y, con el dominio del fuego, llegó a convertirse en una especie
hegemónica por Europa y Asia, Albert dejó el cafarnaum
del teatro de Barcelona y se marchó con su banda a Pruit. Eso
fue en el año 1972, durante el montaje de Mary d’Ous.
Ya había realizado diez montajes: Mimodrames, El diari, El
joc y Cruel Ubris entre otros. Ya tenía el control
del fuego. Y con fuego ha jugado siempre. Lo ha utilizado para cocinar
obras de teatro, para hacerlas digeribles e indigestas para muchos.
Lo ha usado para ahuyentar depredadores, para elaborar puntas de lanza,
para compartir alimentos y fomentar la tertulia, y con ella, el intercambio
de información, de ideas, de experiencias y proyectos. Se independizó
y fue libre, como dice el personaje D. Josep de su obra El Nacional:
“Yo soy de esa calaña, un Dios a trompicones que ha hecho
y hará siempre lo que le salga de los cojones”. No le fue
necesario inventar nada. Se fijó en los rituales ancestrales,
en el teatro que aún no sabía hablar, en la manera de
hacer y de sentir de aquellos que, antes que nosotros, se habían
dedicado a nuestro oficio; en aquello que hemos podido imaginar leyendo
los libros de historia, en la manera de trabajar que quizás usaban
los cómicos de la legua, o los de la Commedia dell’arte,
y tuvo la capacidad de entrever y extraer toda la esencia de ese pasado,
y el coraje de ponerlo en práctica. Y lo consiguió manteniéndose
consecuente con lo que siempre ha pensado. Porque Albert, como artista
que es, hace que todo avance renovándose al lado de una filosofía
que no le haga perder el mundo de vista.
Era
el seis de enero de 1989. Hacía un frío que pelaba. Allí
en el Collsacabra (el paisaje donde se encuentra Rupit) el tiempo parecía
detenido. Transcurría parsimonioso. Empezábamos a elaborar
los guiones de la serie de televisión Ya semos europeos.
Recuerdo que durante quince días no salimos del comedor. Durante
todos esos días sentí aquel estado de placidez de la larga
charla después de comer que se alarga hasta la hora de la cena,
con la diferencia de que nosotros ya la emprendíamos por la mañana,
después de desayunar. Todo el día sentados en la mesa.
Continuamente cocinando, comiendo y esperando a la noche para digerir.
Teatro y cocina siempre han sido dos aliados. A las nueve y media de
la mañana, después de un sustancioso desayuno, utilizábamos
el mismo espacio para prever cómo elaboraríamos los primeros
guiones de la serie. Después comíamos. Y por la tarde,
hacia las cinco, volvíamos a sentarnos alrededor de la mesa y
continuábamos perfilando un nuevo menú. Así hasta
que consideramos que ya teníamos siete de primer orden. Estos
siete capítulos se cocinarían de la forma más artesana
y conservaríamos, hasta el final, el buen sabor de la comida
casera. Alta cocina tradicional. Fue en el Llorà, en la Cúpula
y en el Collsacabra dónde empezamos a divertirnos realizando
una maqueta de los guiones. Cocina de artesanía en contraste
con la cocina de vanguardia y el "fast-food".
SOBRE LAS MAQUETAS
DE LAS SERIES DE TELEVISIÓN
Una
maqueta no es
más que el "storyboard" que se utiliza en cine, pero
con la diferencia de que en lugar de dibujar un guión previo,
plano a plano, con las indicaciones técnicas pertinentes, lo
que se hace es grabar en vídeo doméstico una escaleta
de secuencias, previamente elaborada por toda la compañía,
con orientaciones técnicas y de diálogos. Una vez se considera
acabada la maqueta, se escribe el guión definitivo.
La intención es adelantarse a los acontecimientos artísticos
y de producción, investigando el lenguaje visual y comunicando
el proyecto a un amplio equipo de gente, con la máxima claridad
posible, ahorrando así, conversaciones interminables.
El método usado, que puede cambiar según el tema de la
serie, es el mismo que se utilizará en la producción y
realización definitiva. El equipo de televisión se halla,
pues, con una serie acabada a la que sólo hace falta dar formato
y garantizar la calidad técnica. Con las maquetas, todas las
indicaciones están implícitas: montaje, ritmos. música,
personajes, interpretación, diálogos, espacios, localizaciones,
vestuario... Sólo se debe organizar lo que ya ha sido organizado,
teniendo en cuenta los posibles errores cometidos y la revisión
continua de diálogos. Todo en su lugar para obtener mejores resultados.
Con este procedimiento, Albert impone hábilmente su criterio
artístico y de producción. Y el resultado es el sello
de Els Joglars sin ningún filtro exterior, sólo el nuestro
y nuestra manera de trabajar.
Una maqueta no es nada más que un guión de hierro, el
vuelo inteligente del águila.
Dedicábamos al trabajo conjunto tres horas por la mañana
y tres por la tarde. Nada más que eso, y siempre bajo el control
del reloj. Por lógica todo debería pasar deprisa, pero
la sensación, y hoy aún se me reproduce en los ensayos,
es que el trabajo minucioso de seis horas tiene una densidad tan concentrada,
que el tiempo real sólo sirve para avisarnos de que tenemos que
ir a comer. Un tiempo de ficción, teatral. Si antes de ir a dormir
sumabas las horas trabajadas, te dabas cuenta de que habías estado
todo el día dedicado al trabajo. Horas de ensayo, pero también
horas de preparación, de organización, de nuevas ideas
durante la sobremesa... En definitiva, dedicación absoluta. El
trabajo como diversión.
SOBRE LAS PRISAS
Albert
no ha trabajado nunca con prisas. Sí, con la exigencia del profesional
perfeccionista. Siempre ha querido tener límites y ha organizado
el tiempo para vivir la creación sin angustia. Tantos meses,
tantas horas de ensayo. Define fechas de plazos, calibra los posibles
accidentes casuales durante una representación, evalúa
hasta el mínimo detalle, incluso aquél que a primera vista
nos parecería estúpido. Ofrece más de una alternativa
para cada conflicto con el que se encuentra. Calcula los segundos con
la visión de un científico. Comparte dudas, para que no
pueda suceder, que de golpe, todo se venga abajo y destruya el trabajo
hecho con la misma facilidad con la que se gira un calcetín.
No debe haber margen para el error. Y todo el mundo ha entendido que,
para no tener el estómago vacío, hemos de formar parte
de este mesurado engranaje. Actores con coraje que han hecho avanzar
la obra con dedicación absoluta, técnicos que han construido
al momento símiles de escenografía i de attrezzo para
que pudiésemos comprobar que lo que ensayábamos era del
gusto de todos. Todo milimetrado antes de darlo por finalizado. La pasión
y el entusiasmo hacen que todo ocurra tan deprisa que parece que se
camine corriendo. Pero nunca lo hemos hecho. Hemos caminado a pasos
muy pequeños. Las prisas hacen perder el tiempo, no conllevan
más que a la equivocación, al revuelo y a la dispersión.
Cada día que pasa son días que avanzan. Siempre ha trabajado
con concentración y objetivos concretos. No ha malgastado nunca
el tiempo. Siempre lo ha controlado con inteligencia y equilibrio. Ha
combinado los mecaguns con la risa. Nunca he visto que por falta de
previsión no llegásemos a las fechas preestablecidas.
Domina las situaciones por la ciencia y por el trabajo.
Cuando sin ningún tipo de explicación fui sometido a una
inmersión de choque hacia la locura de un colectivo donde todos
hacían de todo: de cámara, de actor, de attrezzista, de
productor, de guionista... donde el trabajo de ayudantía de dirección
era aquel trabajo que ni un ayudante con experiencia podía imaginar,
me di cuenta de que la manera de trabajar de Els Joglars era singular
porque partía de un método inusual, el de la posesión
de un espacio y un tiempo que rechazaba los estereotipos de cualquier
producción al uso. Un método arriesgado desde el punto
de vista económico, y que Albert ha procurado aligerar de peso
durante cuarenta años. Una opción de vida, posiblemente
envidiada, pero puesta en práctica por pocos, ya que aceptarla
implicaría ir a contracorriente de los cánones estipulados.
Cautivado por esta nueva manera de trabajar, constaté que los
proyectos de Els Joglars eran la creación de unos hombres que
vivían el teatro al margen de lo establecido. En esta extenuante
inmersión tenía que poner a prueba mis capacidades y fue
así como fui descubriendo cuáles eran las condiciones
para poder trabajar con la máxima seguridad.
SOBRE LAS CONDICIONES
PARA PODER TRABAJAR COB LA MÁXIMA SEGURIDAD QUE DA LA CONFIANZA
EN UNO MISMO
Considero
que hay cuatro factores fundamentales para trabajar con seguridad, y
que estos no son ni la concentración, ni la atención,
ni la búsqueda, ni la discusión, ni la dedicación
completa, ni la buena planificación, ni la autoexplotación...
no. Todo eso forma parte del oficio que hemos escogido. A mi entender,
las verdaderas condiciones son: primera, predisposición, por
muy difícil que sea, a sentirte una persona libre; segunda, reconocer
que el martirio es también placer y que ni uno ni otro son eternos;
tercera, saber que después del trabajo te espera una buena comida;
cuarta, que ni el frío ni el calor te impidan que las tres condiciones
anteriores se lleven a cabo.
Cuando ya teníamos las maquetas acabadas, emprendimos la aventura
de grabarlas definitivamente. Al cabo de tres meses, después
de haber grabado los interiores, los platós, los exteriores en
Madrid, Segovia, Zaragoza, Barcelona, Figueres... Cuando ya empezábamos
a dejar de divertirnos, fue cuando Albert hizo aparecer un nuevo deseo:
volver a Rupit y emprender un nuevo proyecto teatral. En este caso fue
Columbi lapsus. Y eso fue afortunadamente en verano. Y por descontado
esta necesidad no surgió de un golpe de gracia o de un momento
de inspiración, sino que obedecía a un plan determinado
de rendimiento. La máquina no se puede detener.
SOBRE LOS VERANOS
EN RUPIT
Si
un buen día Albert decidió irse de Barcelona y buscar
la soledad que ofrecía el Collsacabra es porque sabía
que los veranos en Rupit-Pruït son de lo más agradables.
Por esta razón decidió pasar siempre las vacaciones ensayando
a partir del mes de junio. Cuatro meses de veraneo montando un nuevo
espectáculo con la temperatura adecuada: ni frío ni calor.
Y con este termómetro, que durante la canícula no sube
ni baja de los veinticinco grados, hemos evitado el mal humor, malestar,
desgana, tristeza, desilusiones, agresiones.
Y cuando el frío se empieza a sentir, estrenamos la obra. Ya
descansaremos el año que viene. Después de una gira de
un año conviene alejarse de lo que ha sido tu familia. Y es aquí,
en este medio, donde Albert, observando con respeto las leyes naturales,
ha llegado a dominar situaciones externas. ¡Una manía recomendable
la de avanzarse en la previsión del tiempo! Siempre mira al cielo
para saber si lloverá o no. Siempre controla la niebla, la nieve,
el granizo, la helada, la escarcha... Intuye que si hoy el viento sopla
por aquí, mañana te puede sorprender por otro lado. La
naturaleza está acostumbrada a atacar sin aviso por los cuatro
costados, y se tiene que estar alerta. Por este motivo, él, siempre
intenta saber dónde se encuentra, si a su capricho o a resguardo.
Prevé la fuerza del viento y procura no encontrarse nunca con
una tormenta ni con una tronada. No es raro pues, que de su meteorología
interna surja, telúrico, el comportamiento que tiene con su oficio
y con los que lo integran. Y lo hace de la misma manera que la naturaleza
trata a los humanos: a veces con la cruel perversión del padrastro,
a veces con toda su generosidad.
Recuerdo paso a paso el primer día de ensayo de Columbi lapsus
porque por fin conocería los secretos que escondían en
sus obras y los trucos que utilizaba para trabajar con los actores.
Y con una furgoneta y algún coche, fuimos hacia Pruït, a
unos cuatro kilómetros de El Llorà. Allí se halla
nuestro espacio de ensayo. No es un espacio cualquiera. Es especial.
Es la Cúpula. Por fuera, pintada del mismo verde que las encinas
y los robles, se integra cómodamente en el paisaje, y por la
noche, vista desde fuera, mientras se mantiene iluminada, parece un
ovni. Albert la ha definido como un vientre vacío, preñado
de posibilidades creativas, que se irán gestando con las improvisaciones
de los actores. Y es una definición muy ajustada a la realidad.
Entramos y me senté a su derecha. Fue así desde ese momento.
Nunca más hemos cambiado de sitio. Me apoderé de un taburete
de madera que formaba parte del attrezzo de La torna y lo utilicé
como mesa. Iba dispuesto a dejarme sorprender. Y armado con un bloc
de notas, un lápiz y un cronómetro, esperé. Al
cabo de un momento, ya lo anotaba todo. Y así continué
día tras día.
SOBRE UN DÍA
DE ENSAYO
Albert
se sienta, ahora, en una silla giratoria y usa un rascador de espalda
como varita para canalizar su energía. Como un director de orquesta,
la golpea imperceptiblemente contra la esquina de una mesa marcando
entradas y salidas para que se vayan ajustando a un determinado ritmo.
Regula un compás. Caligrafía un pentagrama. Se desplaza
continuamente de la silla al espacio de los actores para dirigir, jugando
con ellos, las propuestas que van surgiendo a lo largo de los ensayos.
Es su manera de visualizar una escena, y la mía, escribir todo
aquello que pasa ante mí. De vez en cuando, un asistente graba
en vídeo algunos de estos juegos de improvisación. Así
se memoriza lo que las notas que voy tomando no pueden recoger. De esta
manera, con un equipo de sonido y sobre todo con unos actores que conocen
bien el juego de la provocación y las sugerencias de Albert ha
sido posible representar seis montajes en los que yo he participado.
Pero durante cuarenta años, con un total de veintinueve obras,
donde están incluidas una con el Teatre Lliure, otra con el Centro
Nacional de Nuevas Tendencias y una tercera con el Teatre Estable del
País Valencià, no siempre ha sido así.
Albert Boadella, en el decurso de estos años con Els Joglars,
ha ido asentando un proceso creativo basado en el aprendizaje continuo,
y ha sabido utilizar los conocimientos adquiridos sin creer que existe
una verdad absoluta, ni propia ni ajena, que permita establecer fórmulas
para poder escribir recetas y utilizarlas en cada montaje.
El primer día de ensayo, la Cúpula estaba vacía.
Albert propuso improvisaciones abiertas con el objetivo de intentar
que los actores se desprendiesen de los tics que arrastraban de los
personajes de Bye, bye, Beethoven, la obra anterior. Se tenía
que empezar otra vez de cero. Y a pesar de tener alguna cosa entre manos,
prefirió no decir nada a nadie y ponerse a trabajar sin ideas
preconcebidas, haciendo improvisar a los actores sobre otros temas.
Sobre la moda, ¿por qué surge la moda?; la prensa, ¿por
qué los banqueros salen en la prensa del corazón?; sobre
los guardias de seguridad del Vaticano, ¿por qué algunos
cristianos llevan pistola?. Todo estaba aún por hacer. Todo era
posible. Y así, emprendí un viaje hacia un proyecto teatral,
una aventura que consistía en mirar hacia atrás para avanzar
hacia el futuro.
SOBRE LAS IMPROVISACIONES
La
improvisación es el núcleo fundamental en el que se basa
el método de trabajo de Albert Boadella y Els Joglars. Un punto
de partida. La aproximación a una escena o a una estructura dramática.
Un embrión. El juego aparente de un niño de nueve años.
Reglas sencillas basadas en la espontaneidad de un actor que conoce
bien los fundamentos de esta técnica. Situaciones para dramatizar
o sensoriales. Abiertas o cerradas. Individuales o colectivas... Un
juego con muchas variantes, tantas como la imaginación de quien
las propone. Reglas sencillas, pero cargadas de una gran complejidad.
Resultados esperados, lógicos o inesperados, de una belleza absoluta.
Momentos exclusivos que no se volverán a ver más porque,
siempre que se producen, resulta que no han sido captados por la cámara
de vídeo. Y en el caso de que la improvisación se hubiese
podido grabar, sería prácticamente imposible que los actores
reprodujesen exactamente aquello que hicieron, aquel “momento”,
y conseguir el mismo efecto. El teatro es mesura, premeditación,
y la improvisación el inicio de un proceso creativo que permite
sumar, multiplicar, avanzar. Un juego que produce una inmensa satisfacción
tanto a quien lo hace como a quien lo mira. Un desafío. De las
primeras improvisaciones, posiblemente no surgirá nada, quizás
un pequeño hallazgo, y si no se puede aprovechar nada, por lo
menos, será una orientación para poder escoger una dirección
narrativa. Del azar que surge, Albert, como un cazador, detecta lo que
podría ser, y no es. Entonces, se sumerge con los actores y,
rechazando la autocensura, transgrediendo ideologías, sin prejuicios,
sin intelectualismos, exprime el juego hasta que lo agota. Los actores
logran que aquello que está oculto, inexistente, sea verídico.
Si una improvisación puede llegar a transmitir aquello que se
espera, poco a poco, sin prisas, se organizará, se escribirán
los diálogos básicos, y con el tiempo irá adquiriendo
el cuerpo de un adulto.
Cada día que pasaba, todo transcurría al mismo tiempo:
improvisaciones, diálogos, personajes, escenografía, vestuario,
attrezzo, música... y el saber sortear obstáculos para
hallar soluciones. Las dificultades ponen a prueba la capacidad de un
colectivo para alcanzar el éxito; a sabiendas de que muchas veces
el éxito puede conducir al peor de los fracasos. Pero para llegar
a componer libremente, Albert se ha tenido que rodear de un equipo de
actores con capacidad de absorción y predisposición de
ser adultos con alma de niño.
SOBRE LOS ACTORES
No
son especiales ni diferentes al resto, se convierten. Ser actor de Els
Joglars es emprender el largo viaje hacia el aprendizaje. Los actores
tienen su código. La convivencia hace que así sea. Y ésta
es la que ha ido definiendo el perfil de los actores de Els Joglars:
sin complejos, individualista, defensor de su trabajo, generosos con
sus compañeros, tozudo con su trabajo, mesurado en las intervenciones,
no exento de exhibicionismo, pero con dosis de humildad, luchador, guerrero,
no adulador, próximo, desconfiado, bon vivant. Son los pigmentos
de Albert.
Los hay que han dejado la banda y otros que la renuevan. Los recién
llegados se integrarán al grupo y a una disciplina basada exclusivamente
en la responsabilidad individual del actor. Muchos tienen muchos años
de experiencia de trabajo con Albert. Hoy, el que menos, ya lleva cuatro.
Y por esta razón los más veteranos, cuando Albert insinúa
alguna cosa, ya saben de qué se trata. Es curioso observar como
a veces se comunica con una mirada, una comunicación casi telepática.
SOBRE LA DIRECCIÓN
DE ACTORES
Albert
crea las condiciones necesarias durante los ensayos para que el actor
pueda comunicar con libertad todo aquello que se va forjando a medida
de todo el mundo. No necesita palabras académicas para explicarse.
Palabras que más bien son juicios que generan confusión.
Albert no fuerza al actor, no le intimida, no le violenta. Actor y director
caminan juntos persiguiendo el mismo objetivo. Se explica, propone,
se contradice, y a medida que diserta, se va, y te va convenciendo.
No se mueve entre la incertidumbre y la vaguedad. Sus sugerencias son
concretas. Se pueden explicar grandes cosas con planteamientos muy simples.
Mientras se escribe la dramaturgia, se orienta al actor, se le motiva
hasta que éste acaba precisando. Sus indicaciones son condicionales
porque se desconoce el resultado: ¿Y si pruebas a hacer...? ¿Y
si intentas...? ¿Por qué no haces...? En definitiva, potencia
el juego, y por lo tanto, la espontaneidad. Y cuando el dibujo de una
improvisación se deja entrever, sus observaciones son precisas,
puntuales. Hace falta ajustar la improvisación para convertirla
en escena. Así pues, de propuestas de improvisación donde
el actor intuye más que interpreta, se avanza, con el tiempo,
hacia la concreción de una escena, de un bloque, de un acto,
para llegar finalmente a la obra concreta. Una sensación de libertad
en donde la inseguridad halla refugio en el divertimento y que se va
acotando a medida que avanzan los ensayos. Más tarde el actor
volverá a sentir esta sensación dentro de la limitación
de la partitura musical que se va elaborando.
Siempre que veo trabajar a Albert, pienso que utiliza el mismo procedimiento
del pintor. Observa, meticuloso, la profundidad del tema escogido desde
todos los puntos de vista y dibuja esbozos sobre la realidad analizada
antes de decidirse a transformarla en arte sobre una tela. Pinta y compone
como nos podemos imaginar al artista impresionista: desde la escena,
para conocer mejor su naturaleza, su música, su luz, su atmósfera,
implicándose con los actores, nunca desde la soledad del escritor
encerrado en un estudio delante de un papel o un ordenador. Cada escena
suya acaba siendo un cuadro realista, y toda su obra, una sinfonía.
SOBRE EL MÉTODO
Para
que todo el mundo pueda entender cómo Albert trabaja las dramaturgias
con los actores, ha llamado a su método método emergente.
Lo ha intentado explicar gráficamente a partir de una espiral,
girar alrededor de un punto concreto con la intención de ampliar
las posibilidades para volver a concretar de nuevo. Lo ha comparado
con el proceso deductivo del personaje de G. Simenon, el inspector Maigret:
investigar un tema, desmenuzándolo en mil pedazos, registrándolos
uno por uno y buscando pistas con las cuales halla las pruebas que darán
sentido a su discurso. Y es así como trabaja, y cuando dice que
su método se basa precisamente en no tener método es la
mejor definición que mejor encaja con su manera de ser y de hacer.
Una filosofía fundamentada en la experimentación. Prueba;
jugando. Se percata de los errores. Duda. Busca. Excluye y renueva,
hasta que surge el hallazgo. Al descubrir la síntesis, emerge
la poética.
Después de improvisar sobre los tres temas propuestos (la moda,
la prensa, el Vaticano), Albert se decidió por el tercero: el
posible asesinato del Papa Juan Pablo I. Fue entonces cuando fuimos
al almacén y nos proveímos del vestuario y el attrezzo
que calculábamos que utilizarían los actores.
SOBRE EL SÍMIL DE
VESTUARIO. EL PERSONAJE
Durante el tiempo dedicado a las improvisaciones, los actores usan el
vestuario que se ha utilizado en otras obras con el fin de orientar
las características de su personaje. Es la idea del disfraz.
No es el actor el que se mete en la piel del personaje, sino que resulta
mucho más cómodo que, desde el principio, la piel del
personaje se meta en la del actor. A medida que los ensayos van definiendo
al personaje, el vestuario se va adaptando a las posibles transformaciones
y es entonces cuando, por eficacia, se debe tener a disposición
el máximo material posible. De esta manera se asegura inmediatamente
la propuesta sugerida. Cuando se ha calculado el tiempo que duran los
cambios de vestuario para que el actor pueda hacer otros personajes,
cuando el actor ha comenzado a sentirse cómodo él, cualquier
nueva propuesta que se aleje de su concepción, no encajará.
Y es en este momento, cuando se van concretando estas características
y casi, justo, han quedado definidas, la persona encargada confecciona
los trajes ateniéndose a lo que se ha decidido. A partir de ese
momento los actores ya utilizan el vestuario definitivo. No es, por
lo tanto, una propuesta de un diseñador que a partir de una obra
de teatro estudiada elabora unos figurines, sino todo lo contrario.
Como no existe la obra escrita, el actor, conjuntamente con las sugerencias
de Albert, irá acercándose a aquello que realmente se
quiere. Por otro lado, el vestuario, debido al modo de trabajar, muchas
veces se va retocando.
El actor parte, pues, de una imagen externa para conseguir apoderarse
de los resortes más íntimos del personaje hasta que llega
a precisar quien nos quiere hacer creer que es. El actor se enfrenta
al personaje desde fuera hacia dentro. El vestuario es la distancia.
El almacén es una nave con dos niveles y con un total de 200m².
En la planta baja descansan las escenografías de los montajes
anteriores y en la parte de arriba, ordenado en armarios y baúles,
el vestuario y el pequeño attrezzo y complementos. Es en Roda
de Ter, a unos 25 kilómetros de la Cúpula, por lo tanto,
se debe deducir lo que nos tenemos que llevar si nos queremos ahorrar
algunos viajes absurdos para ir a buscar alguna cosa. Es muy molesto
tener que realizar estos desplazamientos imprevistos. Pero claro, siempre
se necesita lo que no tienes y que no habías imaginado, y ese
viaje no te lo puedes ahorrar.
Cuando entré en el almacén y revolví las escenografías,
lo que más me llamó la atención fue que estaban
concebidas para que no se utilizase jamás un tornillo. Els Joglars
es una compañía de gira. Un espectáculo se lleva
alrededor de España, Europa y América durante dos años
aproximadamente, eso significa una media de 300 representaciones y setenta
bolos, o sea, setenta plazas teatrales. Por lo tanto, un total de setenta
montajes y desmontajes. La práctica ha conducido, pues, a concebir
un tipo de escenografía que calibrase el desgaste y el transporte
(camiones y aviones) del material, que garantizase siempre la misma
calidad en todos los teatros en donde se representase el espectáculo,
y que el montaje y desmontaje se pudiese realizar en el mínimo
tiempo posible. Por esta razón, las escenografías son
desmontables y sin tornillos. Los tornillos hacen perder el tiempo;
en cambio, con los encajes y pasadores, se gana.
En
los primeros ensayos de Columbi lapsus se concedió mucha
importancia al tema del montaje y desmontaje. Y no era para menos. El
espectáculo anterior, Bye, Bye, Beethoven, había hecho
perder muchas horas. Además, en aquella época eran los
mismos actores quienes realizaban esta tarea, capitaneados por nuestro
director técnico. Se tardaban dos días para montar, y
el peligro de que el actor llegase desgastado a la hora de la función
era casi inevitable. Después de la función, la escenografía
se desmontaba y se cargaba en los camiones. No sólo era una tortura,
sino que también representaba unos gastos que con otra concepción
del espacio se hubiesen podido ahorrar.
Así pues, Albert consideró el espacio escénico
de Columbi lapsus sería un espacio vacío donde
sólo habría una alfombra que lo delimitaría. Pero
antes de decidirse se tenían que comprobar las posibilidades
que nos ofrecía, y por ese motivo se confeccionó un símil
de alfombra, con una moqueta de unas medidas determinadas.
SOBRE LOS SÍMILES
Antes
que en la estructura dramática, en lo primero en lo que se piensa
es en el espacio escénico. Y el símil de escenografía
es la mejor manera de asegurar si puede ser factible. Existen espectáculos
en los que el espacio ya está definido y el símil construido
en la Cúpula desde el primer día de ensayo. En otros espectáculos
se ha empezado a ensayar sólo con una idea muy básica,
y el símil se ha ido construyendo a partir de lo que pensábamos.
Pero siempre hay, desde el principio, un espacio definido donde se desarrollará
la acción dramática: un teatro a punto de demoler, un
frenopático, un almacén, un espacio de conferencias, un
plató de televisión... En el espectáculo Yo tengo
un tío en América la idea escenográfica se había
trabajado con meses de antelación a los ensayos. Nuestro técnico,
a partir de una maqueta y de conversaciones con Albert, hizo instalar
una estructura metálica de la que colgaban 48 cuerdas. En la
obra Daaalí, el primer día de ensayo ya teníamos
en la Cúpula un símil de piano y una pantalla de alta
definición. En Ubú President, se fue definiendo lo que
sería la escenografía durante la segunda semana de ensayos,
pero no tardaríamos mucho en visualizarla, primero construyendo
una maqueta y después el símil. Sea como sea, el símil
es necesario para comenzar a adentrarnos en la estructura dramática.
Es lo que resuelve la organización de la escena (entradas, salidas,
ubicaciones) y es lo que permite que el actor se familiarice con un
espacio desde el principio. Cuando se han explorado suficientemente
las posibilidades del espacio propuesto, se comienza a construir definitivamente
con la supervisión de un escenógrafo.
Si
alguien que no haya ido nunca al teatro entrase por primera vez en el
almacén de Els Joglars y abriese los armarios donde se guarda
el vestuario, se daría cuenta de que el teatro tiene más
que ver con él mismo de lo se podría imaginar: máscaras
de políticos, de la monarquía, batas de médico,
casullas, hábitos de monja, escafandras de astronautas, uniformes
de “mossos de esquadra”, de la guardia suiza... vestuario
y attrezzo que utilizan los actores para hablar de temas que conviven
con todos nosotros.
SOBRE LOS TEMAS DE
LAS OBRAS Y EL RITUAL OLVIDADO
Apartado
de la Babel infernal, a medio camino entre el mundo divino y el terrenal,
Albert mira hacia arriba y muerde. Y si echa un vistazo hacia abajo,
sin compasión, zarandea para estimular a andar hacia aquello
imposible. Este es el eje alrededor del cual giran los temas de las
obras de Albert Boadella: el poder y la libertad individual. Después
buscará la manera de materializar estos dos conceptos. Busca
un tema, escoge un personaje o una situación y, a partir de una
anécdota, organiza todo ese universo para hacerlo comprensible.
El resultado es una obra de teatro que intenta incidir en el subconsciente
colectivo para liberarlo de su angustia. Sólo eso. Así
de complicado.
Temas que rechazan el psicologismo para acercarse a la radiografía
de los comportamientos sociales. No se trata de hablar de nosotros mismos,
de nuestros ombligos, de nuestros miedos, de nuestros deseos, de una
moralidad escondida, sino de saber dónde se encuentra la enfermedad
del mundo en el que vivimos y hallar algún antídoto: la
sonrisa. Ataca directamente las estructuras aparentemente sólidas
para demostrar que son más débiles de lo que creemos.
Y no las destruye, sólo demuestra su fragilidad. El nacionalismo,
el genocidio, el progresismo, los ritos religiosos, la justicia... temas
universales, temas “peligrosos” y, por lo tanto, considerados
intocables. Y ríe, ríe como un artista. Esto ha hecho
que el teatro de Albert Boadella conserve lo que parecía olvidado:
el ritual. El teatro como arte comunitario. Un teatro que, como arte
que es, provoca y nos permite conectar con nuestra sociedad para descubrir
lo que esconde. Nada que ver, pues, con un efímero entretenimiento.
Si el arte del teatro avanza paralelamente a nuestra sociedad, y esta
agoniza, el teatro se refleja en ella. No hace falta despuntar en modernidades
para mostrar la vanidad y otros “productos” humanos, se
trata de considerar que el público también sabe reírse
de sí mismo. Una tragicomedia. El sentido del humor como termómetro
de la inteligencia de un país.
Los
ensayos del espectáculo Columbi lapsus me hicieron constatar
que la creación no avanza paso a paso sino al mismo tiempo. El
hecho de no partir de una obra de teatro escrita hacía que todo
pareciese inconexo, una sensación de lanzarse voluntariamente
al vacío, un aparente caos. Un neófito, un estudiante,
un dramaturgo, un autor que hubiese asistido a los primeros ensayos
no se hubiese podido reprimir y se habría precipitado a poner
orden inmediatamente. Y es que realmente todo lo que sucede durante
los primeros ensayos te puede hacer pensar que nada llegará a
ninguna parte. Puede colapsar a cualquier experiencia. Albert atrapa
al caos con una red cuadriculada pera dar sentido, y mi trabajo consiste
en ir posicionándola para que todo quede bien definido. Y cuando
parece que las improvisaciones señalan unos personajes o unas
situaciones dramáticas de peso, cuando al espacio escénico
propuesto se le ha comenzado a ver la cantidad de juegos que se pueden
llevar a cabo... cuando ya se ha olido lo suficiente, se busca el conocimiento
del tema y, con intuición, se impone el orden. Una vez decidido
el tema de Columbi lapsus, se comenzó una búsqueda exhaustiva
de información sobre el Vaticano, Juan Pablo I y todo lo que
aconteció durante su breve papado.
SOBRE LA DOCUMENTACIÓN
En
su obra El Nacional, una tesis sobre el teatro, el protagonista
Don Josep, un alter ego con moléculas de Albert Boadella y Josep
Pla, decía a unos indigentes que le harían de actores
a cambio de poder dormir en las ruinas de un teatro nacional antes de
ser demolido: “Antes de nada, mirar y oler”. Más
tarde les decía: “Ah, ya nos queremos exhibir. Ya queremos
figurar! Menuda pandilla! No están suficientemente preparados
todavía. Déjense de “cojonadas” y vayan sintiendo
el personaje hasta que aquí encima haya un buen mosquero ¿.
Tienen que conseguir engañar a las moscas, que es mucho más
difícil que engañar al público. Interpreten, interpreten”.
Así es como Albert se acerca al tema y a los personajes: mirando
y oliendo. Es decir, observando y documentándose. Acciona el
motor de la información. Escoge y elimina lo superfluo y, lo
que es más importante, conduce a los actores hacia la búsqueda
de esta información. Y el actor, vulnerable y receptivo, intenta,
sin intelectualimos, rastrear el estrecho margen que existe entre la
realidad y la ficción.
Pero para poder sacar provecho de esta información se tiene que
prever una estrategia de manera que durante la gira de un espectáculo
se vayan trabajando aspectos del tema del futuro proyecto. Todo aquello
que se cree conveniente se va enviando a los actores para que vayan
involucrándose en el tema. Cuando se llega al primer día
de ensayo toda la documentación debe estar ordenada y apunto
para ser manipulada.
Se elabora una documentación que sirve para la dramaturgia y
otra que sirve directamente para el actor. Visual (vídeos, películas,
fotografías...) o escrita. Se usa también el sistema de
acercamiento a personas que han tenido relación directa con el
tema o con el personaje. Todo lo que permita crear una ilusión
sobre una realidad es siempre bienvenido. Clases de ruso para Bye,
bye Beethoven (la música del idioma mezclada con palabras
reales daba como resultado un “gramlaux” que permitía
crear la ilusión de que los personajes hablaban ruso). Un procedimiento
parecido se utilizó en la obra Columbi lapsus. En este
caso el nuevo idioma es un cóctel de italiano, catalán
y castellano, catalán y castellano comprensible para todo el
mundo. En el vestíbulo del teatro, ya acabada la obra, he oído
decir: “No sabía que el italiano se entendiese tan bien”.
En Yo tengo un tío en América, a parte de la
extensa bibliografía sobre el tema, los actores fueron al psiquiátrico
de Sant Boi y establecieron un contacto continuado con los pacientes,
que sería el punto de partida de los personajes del frenopático
donde transcurría la obra. En Ubú President, La increíble
historia del Dr. Floït & Mr. Pla y Daaalí
el sistema de documentación fue muy exhaustivo. No sólo
hubo un abundante material visual, sino que también se elaboraron
unos diccionarios con sentencias de los personajes (Pla, Dalí)
que permitían saber sus opiniones personales sobre diversos temas.
Durante los ensayos llegamos a opinar nosotros mismos por ellos sin
saber diferenciar quién había propuesto aquella opinión.
La documentación y todo aquello que rodea al proyecto teatral
no es más que el intento de que la realidad no se nos escape
de las manos, un intento de controlar el exceso de fantasía.
La manipulación de esta realidad hará que los resultados
sean teatrales.
Las
improvisaciones persiguen conocer el tipo de situaciones que el tema
provoca y si da para mucho o para poco. Es lo que llamamos “cantera”
de ideas. Muchas veces salen menos de las que imaginamos y otras veces
salen muchas, pero de escaso interés. En ese caso se descarta
el tema y se busca otro. Normalmente Albert ya ha definido el tema mucho
antes del primer ensayo, ya ha realizado una lista de posibles situaciones
(a veces ni la consulta ni la comenta), ya ha preparado la documentación,
a punto para manipular, e incluso, ha contratado nuevos actores, bailarines
de flamenco y cantantes de ópera. Esto no significa que Albert
no lo deje todo de lado y comience los ensayos sin tener nada en cuenta.
El proceso de Columbi lapsus fue así. Todo se iba definiendo
a medida que íbamos ensayando. Una sensación de vértigo.
Trabajábamos en tandas de seis días y después nos
marchábamos tres, cada uno a su casa. Tanto en el viaje de ida
a casa como en el de vuelta siempre nos preguntábamos en qué
punto nos encontrábamos, y calculábamos el tiempo de qué
disponíamos para acabar el montaje sin precipitaciones. De nuevo
en la Cúpula, Albert tenía unos objetivos claros: si el
Vaticano proponía atmósferas y situaciones muy precisas
que se reconocían por sí solas encima de una alfombra
(sala de espera del Vaticano con personajes que quieren ser recibidos
en audiencia por el nuevo Papa, sala de actos donde se presenta el papamóvil,
recorrido turístico por el Vaticano, barbería, despachos...),
se tenían que hilvanar todas ellas para poder explicar la historia.
Para hacer esto teníamos que vincularlas a un pretexto que nos
permitiese construir una estructura.
SOBRE LA ESTRUCTURA
DE LAS OBRAS
Las
estructuras de las obras de Albert Boadella rechazan el argumento teatral
realista en el cual la relación de los personajes y sus conflictos
hacen avanzar la historia. Son estructuras dramáticas que muestran
el tema mediante un personaje protagonista o, en obras más corales,
diferentes personajes. Para empezar a elaborar la estructura, se parte
siempre de un conflicto general. En el caso de Columbi lapsus,
fue la no-aceptación de Juan Pablo I, personaje que piensa y
se comporta de manera opuesta a la imagen que tenemos de un Papa. Este
conflicto se sumerge en un pretexto que permite, a partir de la narrativa
conocida por todos, conducir mejor el tema: una conferencia, un mitin,
un tratamiento terapéutico... El pretexto, en este caso, fue
la ópera. Para llegar a esta conclusión, Albert estableció
una asociación libre de ideas entre el Vaticano, Italia, la mafia
y la ópera. El Vaticano es a Italia lo que Italia es a la ópera.
O bien el Vaticano es a Italia lo que Italia es a la mafia. O bien...
Por lo tanto, Vaticano, Italia, mafia y ópera son complementarios.
Se apoyan mutuamente de una forma natural y ofrecen a la estructura
dramática una profundidad que va más allá de las
palabras. I así fue. El pretexto fue ese, y la ópera sería
El barbero de Sevilla de Rossini. Se había hallado un
motivo teatral para introducir al espectador en el tono de la obra.
Una tragicomedia donde todos los personajes serían unos mafiosos,
donde veríamos estrategias para conseguir el poder, corrupción
dentro del Vaticano, el hombre por encima de Dios... Comenzaríamos
el espectáculo con una apertura musical. Un director de orquesta,
en patinete, establecería la convención. Unos acordes
tocados con clavicémbalo señalarían el principio
y el final de cada escena, de manera que tendríamos una unidad
por sí misma. Una vez hallado el cuerpo de la estructura, tendríamos
que decidirnos por la anécdota. Y éste fue el hipotético
asesinato de Juan Pablo I. A partir de aquí todo comenzó
a articularse. La anécdota fue el desencadenante argumental.
¿Comenzaríamos a explicar la historia persiguiendo los
objetivos de los personajes para justificar el asesinato?¿Qué
podía pasar después de esto? Albert, teniendo en cuenta
las improvisaciones realizadas, proponía otra escena que entrase
de la forma más natural, sin forzar, para llegar al tema central
de la obra. Protocolos, calumnias, chistes sobre Juan Pablo I en una
barbería, un Juan Pablo ingenuo que hace pompas de jabón
para relajarse. Y a medida que cada una de esas escenas se iba perfilando
y se llegaba al desenlace, todo estaba construido de forma que el tema
de la obra se mostrase abiertamente por encima de todo. Con el asesinato
de Juan Pablo I y la llegada de su sucesor se imponía la imagen
que debe tener un Papa para sostener la institución de la Iglesia
y el Estado Vaticano. Se descubría el tema propuesto. Se ponía
en evidencia el fraude del poder.
Durante
las improvisaciones mi mano va a una velocidad de unas doscientas palabras
por minuto. Tomo nota de todo, desde lo que dicen los actores cuando
improvisan hasta la última sugerencia. A medida que avanza la
obra de teatro me voy convirtiendo en el pequeño lapsus de la
memoria de Albert, en un microprocesador humano que no tira nunca nada,
que lo archiva todo, que intenta dar una respuesta inmediata a una pregunta
casual, mientras espera que pronto se produzca aquel momento en el que
todo comienza a unirse.
SOBRE LOS DIÁLOGOS
El
hecho de elaborar una estructura dramática sin la imposición
de un texto previo hace que la espontaneidad de los actores se vaya
manteniendo a lo largo de los ensayos. Lo que realmente se persigue
es hallarla, preservarla. Cuando los objetivos de una escena se tienen
claros, las improvisaciones se cierran y los textos sólo apuntados
como una sugerencia para que los actores puedan ir definiéndolos
sin sentirse coartados. A medida que se trabaja la escena, los diálogos
se van transformando hasta llegar a los definitivos. El resultado es
una interpretación de una gran naturalidad. En el caso de Columbi
lapsus, los diálogos se comenzaron en catalán pero
un buen día Albert propuso hacer un cambio que modificó
la manera de concebir a los personajes. Si el espacio donde transcurría
la acción era el Vaticano, los personajes sólo podían
hablar italiano, así pues, se tradujeron los diálogos
italianizando palabras y expresiones catalanas y castellanas, y utilizando
como base la musicalidad del italiano: habíamos inventado un
nuevo idioma comprensible para todo el mundo. El nuevo idioma proporcionó
al espectáculo una verosimilitud que le faltaba, fue concluyente.
La relación Vaticano, Italia, mafia, ópera casaba a la
perfección. Y es curioso observar que, a pesar de que Albert
intuía que faltaba alguna cosa para que todo quedase absolutamente
unido, ni él ni nadie se percató de ello hasta muy avanzados
los ensayos.
Esto me hizo comprender que nada podía darse por acabado, que
todo estaba en continua transformación y que se tenía
que estar preparado para el cambio. Cuando se aseguraban unas escenas,
a medida que se iba avanzando se iban realizando pases de todo aquello
que se tenía hecho y se corregían los posibles errores
cometidos con anterioridad. Los pases son una forma de cubrir la retaguardia
y asegurar lo que aún está por hacer. Las mecánicas
se afianzan, y es entonces cuando el actor interpreta libremente y encuentra
una manera de hacer que le acerca cada vez más a la situación,
al personaje, al concepto del espectáculo, hasta hacérselo
suyo. Pero no sólo se puede transformar un diálogo, o
la concepción de una escena, o incluso toda una estructura, también
se tiene que prever que la técnica que rodea al espectáculo
puede transformarlo, ya que puede conducirlo hacia una dirección
imprevista. Es por esta razón por la que cuando un espectáculo
comienza a definirse, salimos de la Cúpula, y todo lo que estaba
preparado lo intentamos probar en un teatro.
SOBRE LOS ENSAYOS
EN UN TEATRO
El
espectáculo encima de un escenario te puede hacer cambiar la
concepción del mismo. La Cúpula no te permite tener una
perspectiva global, pero un escenario te ofrece la medida real. Sobre
todo se prueba cómo encaja la técnica con el trabajo artístico.
En el caso de Columbi lapsus se pudo comprobar cómo
resultaban los micrófonos inalámbricos (a partir de este
espectáculo, los actores han utilizado este tipo de micrófonos,
ya que permiten muchos más registros y aseguran la voz en los
grandes teatros) y la nueva manera de iluminar los espectáculos
(también a partir de este espectáculo, no se han vuelto
a utilizar proyectores convencionales, sino paneles con lámparas
dicroicas que ahorran tiempo en el montaje y desmontaje y que ofrecen
unas atmósferas que van desde un ámbar dorado hasta el
blanco más puro; los proyectores se usan sólo para reforzar
alguna situación). La iluminación de la escena era lateral
y el hecho de ir a probarla a un teatro nos hizo ver que los actores
habían de conocer muy bien su situación encima del escenario
para no privar de luz a los actores. En el espectáculo Yo
tengo un tío en América, el ensayo en un teatro hizo
cambiar la ubicación de casi todas las escenas. La cuestión
es que había muchas de ellas que pasaban detrás de unas
cuerdas, la verticalidad de las cuales provocaba moaré, un efecto
óptico que no te dejaba ver con claridad lo que sucedía
detrás. El hecho de ir a un teatro te hace sentir seguro de lo
que estás creando, y después, en la Cúpula, se
puede ir trabajando con mucha más seguridad. La técnica
no puede estar nunca por encima del trabajo artístico necesario.
Y comprobarlo encima de un escenario te da el equilibrio necesario.
Todo avanza, todo se perfila. El trabajo está casi todo hecho,
sólo hace falta controlar el tiempo. El tiempo es otra limitación
que se tiene en cuenta desde el principio. Pero toda historia necesita
su tiempo para poder ser explicada y, si uno se empeña en meterla
en un tiempo determinado es ir en contra de la historia que se explica.
Claro que se tiene en cuenta el cansancio del público, pero también
se tienen en cuenta otros factores implícitos en la creación:
la respiración del público, los momentos de relax, los
contrastes, las risas... Y así, a copia de reflexión,
trabajo continuo, observaciones concretas, cronómetro y pase
tras pase, el verano acabó y Columbi lapsus también.
Y es entonces cuando la obra misma te pide ser representada. Mi sorpresa
fue que, tras montar el espectáculo en el Teatre Municipal de
Girona, nos regalamos unas breves vacaciones. Un tiempo de distanciamiento,
de reflexión, una entrada en capilla antes de representar la
obra. Después, ensayamos unos cuantos días: ensayos de
calentamiento, pequeñas modificaciones, pero con la sensación
de que ya no se podía hacer nada más.
SOBRE EL ESTRENO
La
partitura está hecha, sólo hace falta complementarla con
el público. Las reacciones previstas y las que te sorprenden.
Los aplausos repentinos y los del final de la función. El ritual
teatral hace comprender que la representación va mucho más
allá de la obra en sí misma. Después del estreno,
probablemente vendrán otros ensayos para integrar perfectamente
la partitura con el público. Y el actor necesitará cada
vez menos al director. Hallará pequeñas cosas durante
la representación y las pondrá en práctica. Día
tras día mantendrá vivo el espectáculo. El espectáculo
irá creciendo y los actores serán los responsables, porque
la obra que se representa está escrita para ellos y por ellos.
Porque los actores son la esencia del teatro.
Columbi
lapsus
fue mi primera experiencia con Els Joglars, y si me he centrado en esta
obra es porque para mí fue el punto de partida, la base, que
me ha servido para entender los mecanismos de trabajo de Albert Boadella.
El método que le ha permitido explicar una historia desde la
lucidez del artista.
Con el tiempo, transcribo la obra para poder publicarla: son muchas
horas de trabajo e intento no traicionar el espíritu de que se
esconde detrás de cada una de ellas. Es un trabajo aparentemente
mecánico que se fundamenta sólo en eso: explicar lo que
ya está hecho. ¡Pero qué lejos está esta
observación de la realidad! Escribir una obra que ya ha estado
concebida de una forma viva y en continua transformación me sitúa
ante una contradicción, ya que de alguna forma, a medida que
la escribes, la vas matando, la entierras en un ataúd en forma
de libro, y le otorgas un valor literario que sabemos que el teatro
no tiene, por mucho que algunos se empeñen en pensar lo contrario.
Tardo más tiempo del necesario para acabar una transcripción,
y no es por desidia. Conozco demasiados secretos. No me gustaría
que algún día un director o un actor no pudiese comprender
bien lo que esconden cada una de las réplicas, aunque a veces
pienso que precisamente se trata de eso. Pero, alejado de la concepción
de explicar la obra como si se tratase de un pentagrama, intento extraer
la música, el bramido interno de su universo. Pero me cuesta
imaginar qué interpretará otro algún día.
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