Apenas
había echado a andar, ya seguía al tío Ignasi imitando
sus gestos nerviosos y remedando su voz ronca; parece ser que estas
primeras representaciones hacían las delicias de la familia.
Por aquel entonces, los domingos, me llevaba a los toros, a la Monumental
de Barcelona; por eso mis primeros dibujos, y la primera vocación
profesional, giraban obsesivamente alrededor del mismo tema. Lo que
sucedía dentro de aquella plaza era para mí la vida auténtica,
y, en cambio, fuera de ella todo me parecía más artificial
o por lo menos no tan auténtico. Seguramente hay un período
en la vida del niño en el que el lenguaje del arte es la única
cosa comprensible y sensata. (pág. 45)
Vivimos
de niños, seducidos por el lado oculto y misterioso del mundo
erótico; cualquier descubrimiento compartido significaba penetrar
en la clandestinidad y formar parte de una logia secreta. El vello de
un sobaco, la insinuación de un pecho, el brillo de un suelo
que hacía de espejo de unos muslos..., el mínimo detalle
despertaba toda suerte de especulaciones y tardes enteras de fantasías
colectivas. Después de este entrenamiento en el terreno de las
formas y el secretismo, ¿cómo encontrar hoy la atracción
erótica en una sociedad que ha perdido el protocolo de las insinuaciones
sutiles? No es demasiado raro recibir ahora un beso en los labios, como
forma de saludo de una chica que apenas conoces.
Es natural que cada generación establezca nuevas convenciones
en la relación, pero tengo la impresión de que el momento
actual se caracteriza por un prurito de ausencia total de convención.
En este sentido me siento un minusválido, incapaz de moverme
con naturalidad entre la gente que elimina el protocolo, o sea, el lenguaje.
(pàg.
93)
Es una paradoja que, a pesar de que vivíamos bajo una dictadura,
nunca haya vuelto a tener una sensación de libertad parecida;
quizá la ausencia de responsabilidad –nadie esperaba entonces
ninguna genialidad de mí- o simplemente el hecho de no tener
nada que perder eran la causa de aquel alegre sentimiento. Pero al margen
de cómo nos divertíamos en los ensayos, en público
la diversión podía llegar hasta límites insospechados,
como fue el caso de los desfiles de modelos en los que participábamos.
Para animar nuestra anémica economía, llovió del
cielo un maná milagroso. Parece que algún moderno del
sector de la moda había visto en Francia la participación
de mimos en las pasarelas de exhibición. Aquella cursilería
gabacha fue nuestra salvación crematística del momento,
pues todas las firmas del sector querían hacer lo mismo y no
dábamos abasto a tantas proposiciones. Camuflados bajo el nombre
de Los Mimos de Barcelona para no contaminar el nuestro con aquellas
idioteces, aparecíamos por todas partes, muy bien retribuidos
y viajando con gastos pagados en los mejores hoteles y restaurantes
de España. (pàg.
165)