ALBERT BOADELLA
MEMORIAS DE UN BUFÓN

 

FRAGMENTOS

Apenas había echado a andar, ya seguía al tío Ignasi imitando sus gestos nerviosos y remedando su voz ronca; parece ser que estas primeras representaciones hacían las delicias de la familia. Por aquel entonces, los domingos, me llevaba a los toros, a la Monumental de Barcelona; por eso mis primeros dibujos, y la primera vocación profesional, giraban obsesivamente alrededor del mismo tema. Lo que sucedía dentro de aquella plaza era para mí la vida auténtica, y, en cambio, fuera de ella todo me parecía más artificial o por lo menos no tan auténtico. Seguramente hay un período en la vida del niño en el que el lenguaje del arte es la única cosa comprensible y sensata. (pág. 45)

Vivimos de niños, seducidos por el lado oculto y misterioso del mundo erótico; cualquier descubrimiento compartido significaba penetrar en la clandestinidad y formar parte de una logia secreta. El vello de un sobaco, la insinuación de un pecho, el brillo de un suelo que hacía de espejo de unos muslos..., el mínimo detalle despertaba toda suerte de especulaciones y tardes enteras de fantasías colectivas. Después de este entrenamiento en el terreno de las formas y el secretismo, ¿cómo encontrar hoy la atracción erótica en una sociedad que ha perdido el protocolo de las insinuaciones sutiles? No es demasiado raro recibir ahora un beso en los labios, como forma de saludo de una chica que apenas conoces.
Es natural que cada generación establezca nuevas convenciones en la relación, pero tengo la impresión de que el momento actual se caracteriza por un prurito de ausencia total de convención. En este sentido me siento un minusválido, incapaz de moverme con naturalidad entre la gente que elimina el protocolo, o sea, el lenguaje.
(pàg. 93)

Es una paradoja que, a pesar de que vivíamos bajo una dictadura, nunca haya vuelto a tener una sensación de libertad parecida; quizá la ausencia de responsabilidad –nadie esperaba entonces ninguna genialidad de mí- o simplemente el hecho de no tener nada que perder eran la causa de aquel alegre sentimiento. Pero al margen de cómo nos divertíamos en los ensayos, en público la diversión podía llegar hasta límites insospechados, como fue el caso de los desfiles de modelos en los que participábamos.
Para animar nuestra anémica economía, llovió del cielo un maná milagroso. Parece que algún moderno del sector de la moda había visto en Francia la participación de mimos en las pasarelas de exhibición. Aquella cursilería gabacha fue nuestra salvación crematística del momento, pues todas las firmas del sector querían hacer lo mismo y no dábamos abasto a tantas proposiciones. Camuflados bajo el nombre de Los Mimos de Barcelona para no contaminar el nuestro con aquellas idioteces, aparecíamos por todas partes, muy bien retribuidos y viajando con gastos pagados en los mejores hoteles y restaurantes de España.
(pàg. 165)