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Editorial
Espasa
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Para
este libro que conmemora el 40 aniversario hemos escogido cuarenta imágenes,
cuarenta fotografías que representan otros tantos momentos álgidos
de nuestra carrera, metáforas de todo aquello que nos caracteriza,
nuestro sentido del humor, nuestra procedencia, nuestras manías,
nuestras condiciones irrenunciables. Las acompañan cuarenta textos
a manera de glosario.( Els Joglars )
Al llegar a los cuarenta años de actividad teatral ininterrumpida
los miembros de Els Joglars decidieron que el aniversario imponía
una cierta meditación.
Este libro es el resultado de las conversaciones largas y apasionantes
que los miembros de la compañía mantuvieron sobre la vida
y el arte, la política y la libertad, sobre el amor y la venganza.
Y, naturalmente, sobre su propio teatro, nunca doblegado por el comercio
político o el comercio, y uno de los pocos que se enfrentan cara
a cara con su tiempo.
Hablan Els Joglars y cuarenta inverosímiles años
de guerra cultural, finalmente victoriosa.
PRÓLOGO.
ARCADI ESPADA
I
FUERA, LA PESTE
Durante
el último año los iembros de Els Joglars se reunieron
varias veces para hablar del arte y la vida. Habían llegado a
la cuarentena y se imponía la meditación. Casi todos los
encuentros tuvieron lugar en la casona de El Llorà, al pie del
Collsacabra, una montaña que más bien parece un jardín
inglés, al decir de Josep Pla, y que se cuenta entre los escasos
lugares de Cataluña que han sobrevivido a la destrucción
de los últimos cincuenta años. Uno de los grandes placeres
de mi vida ha sido el de poder participar en esas sesiones, sintiéndome
miembro de la compañía, episódico, pero con todos
los derechos, entre ellos, el de gozar de la cocina de Monserrat Balmes
y del silencio profundo, soñado, de la antigua finca de la muy
burguesa Tecla Sala, que un golpe de fortuna y habilidad –uno
de tantos- puso en manos de la cuadrulla juglaresca a mitad de los años
ochenta.
Este libro es el resultado de una serie de conversaciones proyectadas
sobre el presente a la manera boccacciana del Decamerón: fuera
de la casa sólo corría la peste, y en su interior, sólo
el ingenio, el placer y la fraternidad. Muchas tardes, mientras el sol
se apagaba sobre los grandes ventanales del salón, y alguien
explicaba una anécdota cualquiera de estos inverosímiles
cuarenta años, de esta guerra finalmente victoriosa, de esta
única guerra española ganada por los buenos, yo rezaba,
l mismo que ante un libro maravilloso o una comida devastadora, para
que no acabara nunca, para que nunca hubiéramos de volver a la
ciudad y a sus planes empestados, para que la conversación siguiera
hasta la noche y mucho más allá de las noches, con el
mismo desprecio de las leyes físicas que los miembros de Els
Joglars habían demostrado tener a lo largo de su carrera pletórica
y soberbia.
Una carrera que afecta, por supuesto, al arte, pero sobre todo a la
vida. Porque lo más hermoso de esta compañía, lo
más envidiable, lo que por encima de cualquier otra cosa justificará
el paso por la edad de sus integrantes, es, sin duda, la vida que han
sabido darse. Han hecho el único teatro no copiado que se ha
visto en los escenarios catalanes en los últimos años;
el único que mantiene con su tiempo unas relaciones no escapistas;
el único no doblegado por el comercio político o el comercio;
han hecho, en suma, el teatro del “no” –un “no”
cerebral, maduro, violento-, pero su vida es una constante afirmación:
hay muy pocos creadores, no ya en Cataluña, sino en cualquier
lugar; no ya teatrales, sino practicantes de cualquier disciplina, que
puedan presentar una hoja de servicios a la vida más feliz, más
equilibradamente escéptica, de una resignación más
elgre que la de un miembro de Els Joglars. Preparan sus montajes durante
el tiempo que creen necesario; tratan los asuntos que les apetecen;
disponen de unos medios técnicos suficientes; comen, viajan y
beben, y no le deben nada a nadie. ¿Cuántos actores, cuántos
creadores cualesquiera, pueden presumir de lo mismo?
Me habría quedado allí para siempre. Pero hubo que volver
a la peste para escribir este libro, reflejo insignificante de lo que
fueron las cuatro estaciones en la casa encantada de Els Joglars. El
lector observará una gran confusión en cuanto a las voces
que narran esta historia. Una voz, la principal, que recorre tiempos
y lugares con una gran omnisciencia; y otras intersticiales, que aparecen
y desparecen sin tiempo, muchas veces, a identificarlas. No se quiebre
la cabeza el lector: Hablan Els Joglars y cuarenta años. Es decir;
miles y miles de voces y gestos, pertenecientes a la tradición
artística más noble: aquella que, a diferencia de los
atracadores, no se ha preguntado nunca si el arte o la vida.
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