ALBERT BOADELLA
PRÓLOGO DEL LIBRO EUROPA MON AMOUR. COMO DESPRECIAR A LOS EUROPEOS DE RAMON DE ESPAÑA


1991

 



La lectura de este libro justifica plenamente aquellos caballeros que un día se decidieron por la construcción de un ancho ferroviario distinto al europeo. Este instinto de protección era bastante más sutil que la construcción de un muro tan escandalosamente espectacular en Berlín, prueba de ello es la caída del muro, mientras nosotros seguimos con el ancho diferente, a Dios gracias por muchos años.
Nos hallamos ante un manual imprescindible para viajar por los países de la CEE de una vez por todas, con actitud digna, arrogante e incluso desafiante, algo muy distinto de lo que venía sucediendo en las últimas décadas. Nuestro semblante cabizbajo y acomplejado, dispuestos siempre a quedar boquiabiertos ante la perfección de los bárbaros, ha sido indigno de los descendientes de aquellos gloriosos tercios que paseaban orgullosamente por Europa, cruz en alza y falo en ristre.
Este sencillo manual sustituirá la nefasta guía Michelín que tantos bobos llevan consigo en sus viajes, sin darse cuenta los muy paletos, que funcionan bajo mando a distancia, dirigidos por nuestros vecinos desde sus opulentos tresillos.
Por fin, Ramón de España coloca las cosas en su lugar, se trata de un texto higiénico, casi fisiológico pues su lectura facilita la digestión (ya sólo por este hecho debería estar pagado por el Ministerio de Sanidad). Todo es pura catarsis y que ningún “enteradillo” me lo interprete como aquel sopor inaguantable que producen las pesadísimas tragedias griegas. Aquí el acto catártico provoca la necesidad urgente de pasar las fronteras, vociferándoles a nuestros socios comunitarios que se acabó el camelo, que ya sabemos de que pie cojean porque el mundo se divide en putas, cabrones y maricones, por consiguiente dada su elevada demografía tienen más millones que nosotros, sólo la diferencia proporcional de los ejemplares determina los rasgos diferenciales de cada pueblo. Está claro que hay países más mariquitas y otros más putas, ahí está la gracia.
Si conseguimos finalmente perder los complejos, todo esto y mucho más se lo podemos decir por fin a un francés, mientras freímos una tortilla española bajo el arco del triunfo, aprovechando la llama de su soldado desconocido, o a un alemán meándonos fuera de la taza en sus lujosos wc de autopista.
Ya me estoy imaginando a nuestras mentes bienpensantes tildando el libro como apología de la xenofobia; tendremos pues otro placer añadido: el desprecio de los serios y responsales, algo que hay que obtener de antemano si uno quiere crear cosas serias precisamente.
Estas páginas contienen libertad de expresión pura y dura, o si se quiere más sencillamente, explosión de cabreo largamente reprimido. Es una respuesta contundente a la provocación diaria de tanta tomadura de pelo con pedigrí de extranjería. Un producto que tratan de vendernos tenazmente medio centenar de papanatas autóctonos, auténticos agentes infiltrados dispuestos a sembrar el peor de los terrorismos: el aburrimiento.
Si no ¿de dónde viene el virus mortífero del diseño? O este genocidio a la inteligencia que se hace llamar arte contemporáneo bajo cuyo amparo se enriquece una legión de plastas, brocileurs, paranoicos y genios al por mayor. Son las nuevas tribus de Atila que andan destrozando pueblos y ciudades con sus inventos convirtiendo además las artes plásticas en manualidades de frenopático.
Este desastre ecológico se realiza bajo los auspicios de la modernidad, patente de corso para cometer toda clase de fechorías con dinero público, pero la raíz del invento siempre tiene la casa madre en el extranjero. Leyendo este libro, a uno le desaparecen los nefastos complejos del país tercermundista surgiendo automáticamente comparaciones obvias: el pesado Wagner con la graciosa Verbena de la Paloma, Le corbusier con una casita andaluza, Machado con el soporífero Beckett, los huevos con bacon y el arroz a banda.
Ha llegado el momento del descaro y la desfachatez, nuestro autor por lo menos lo ha practicado sin remilgos, con deseos de persecución y de crucifixión si cabe.
Se experimenta un placer afrodisíaco cuando alguien describe alegremente James Joice como un plasta, denuncia la vulgaridad de Sartre, nos presenta un Pessoa esquizofrénico, describe a los ingleses como una pandilla de mal comidos y peor follados, dedica frases como “a mayor bunicie mayor el número de curas” para Irlanda con rebote incluído hacia los vascos.
Ramón de España no se reprime y este acto tiene tanto más valor en un momento donde nadie se moja ni para darse el gustazo del exabrupto espontáneo. No deja de ser una paradoja la práctica actual de autocensura cuando no existen barreras legales que justifiquen este exceso de celo. La exquisitez parece ser la excusa de tanta sensatez, ejercer hoy de iconoclasta es sinónimo de vulgaridad. Esto ocurre porque la ausencia de compromiso es precisamente el signo predominante en la Europa del bienestar.
El autor de este libro interpreta el personaje de aquel niño aguafiestas descubriendo al Rey en pelota brava, lo hace porque ha notado quizás una escasez alarmante de niños que cumplan esta función desacralizadora. Artistas, escritores, intelectuales están mayoritariamente del otro lado, en la Corte de la adulación, tratando de no comprometerse y aspirar así al funcionariado, miserable ambición de tan mediocre estirpe. Afortunadamente con libros así no se gana el príncipe de Asturias.
Estoy convencido que un libro de estas características es impensable en la Europa actual sin estar creado desde la óptica española y para colmo por un caballero que se apoda Ramón de España. Sólo un país con un caos tan fenomenal pero a la vez divertido y trágico como el nuestro puede tener fuerza moral para describir con desparpajo una visión semejante de su entorno europeo. Nuestro desequilibrio entre la razón y la emoción viene realizando diariamente el milagro nacional, se abren de nuevo los comercios, vuelan los aviones y circulan los trenes, aunque sea con retraso, algo que parecía imposible el día anterior.
Seguimos conviviendo sin demasiados homicidios, razas, lenguas, paisajes, climas e ideologías absolutamente dispares. Conseguirlo no ha resultado fácil, botes de lanza, trompazos de cruz, quemas de conventos y empresas gloriosas sobre el papel que han resultado ruinosas por el despilfarro que significa andar de putas a seis mil kilómetros. Todo un sinfín de locuras que cabe esperar su continuación si la unión europea no da al traste con tal jolgorio.
Por si acaso, el libro pone distancias, es una simple media profiláctica.¿No significa también nuestro caos nacional una inteligente defensa contra la invasión extranjera?
Tampoco se trata de racismo, todo lo contrario, nosotros admitimos humorísticamente nuestras lacras tópicas, todos estamos de acuerdo en reconocer que los andaluces son fuleros, los catalanes avariciosos, los aragoneses cabezotas, los castellanos colgados, los valencianos vulgares, los gallegos cazurros y los vascos brutos, ¿qué más se puede pedir? Desde el “tanto monta monta tanto” andamos a la greña, practicamos una xenofobia sana en la propia casa donde todos nos sentimos extranjeros. Cuando el cinismo civilizado sucumbe frente al fanatismo se organiza una guerra civil para restablecer el equilibrio ecológico.
La exposición del autor puede conducirnos de nuevo a la necesaria recuperación de aquellas batallas con piedras en los límites de las aldeas, guerras dignas y catárticas, nada que ver con la sordidez bélica actual. Esta higiene puede ahora exportarse a Europa, ¡qué maravilla ver los franceses y los belgas a pedradas en las Árdenas! El libro puede conseguir este objetivo, si es así juro que me verán codo a codo con Ramón de España en las previsibles pedradas de La Junquera.
Una vez leídas estas páginas, si a usted amable lector le gusta el juego estoy convencido que formará parte de nuestra banda.