La lectura de este libro justifica plenamente aquellos caballeros que
un día se decidieron por la construcción de un ancho ferroviario
distinto al europeo. Este instinto de protección era bastante
más sutil que la construcción de un muro tan escandalosamente
espectacular en Berlín, prueba de ello es la caída del
muro, mientras nosotros seguimos con el ancho diferente, a Dios gracias
por muchos años.
Nos hallamos ante un manual imprescindible para viajar por los países
de la CEE de una vez por todas, con actitud digna, arrogante e incluso
desafiante, algo muy distinto de lo que venía sucediendo en las
últimas décadas. Nuestro semblante cabizbajo y acomplejado,
dispuestos siempre a quedar boquiabiertos ante la perfección
de los bárbaros, ha sido indigno de los descendientes de aquellos
gloriosos tercios que paseaban orgullosamente por Europa, cruz en alza
y falo en ristre.
Este sencillo manual sustituirá la nefasta guía Michelín
que tantos bobos llevan consigo en sus viajes, sin darse cuenta los
muy paletos, que funcionan bajo mando a distancia, dirigidos por nuestros
vecinos desde sus opulentos tresillos.
Por fin, Ramón de España coloca las cosas en su lugar,
se trata de un texto higiénico, casi fisiológico pues
su lectura facilita la digestión (ya sólo por este hecho
debería estar pagado por el Ministerio de Sanidad). Todo es pura
catarsis y que ningún “enteradillo” me lo interprete
como aquel sopor inaguantable que producen las pesadísimas tragedias
griegas. Aquí el acto catártico provoca la necesidad urgente
de pasar las fronteras, vociferándoles a nuestros socios comunitarios
que se acabó el camelo, que ya sabemos de que pie cojean porque
el mundo se divide en putas, cabrones y maricones, por consiguiente
dada su elevada demografía tienen más millones que nosotros,
sólo la diferencia proporcional de los ejemplares determina los
rasgos diferenciales de cada pueblo. Está claro que hay países
más mariquitas y otros más putas, ahí está
la gracia.
Si conseguimos finalmente perder los complejos, todo esto y mucho más
se lo podemos decir por fin a un francés, mientras freímos
una tortilla española bajo el arco del triunfo, aprovechando
la llama de su soldado desconocido, o a un alemán meándonos
fuera de la taza en sus lujosos wc de autopista.
Ya me estoy imaginando a nuestras mentes bienpensantes tildando el libro
como apología de la xenofobia; tendremos pues otro placer añadido:
el desprecio de los serios y responsales, algo que hay que obtener de
antemano si uno quiere crear cosas serias precisamente.
Estas páginas contienen libertad de expresión pura y dura,
o si se quiere más sencillamente, explosión de cabreo
largamente reprimido. Es una respuesta contundente a la provocación
diaria de tanta tomadura de pelo con pedigrí de extranjería.
Un producto que tratan de vendernos tenazmente medio centenar de papanatas
autóctonos, auténticos agentes infiltrados dispuestos
a sembrar el peor de los terrorismos: el aburrimiento.
Si no ¿de dónde viene el virus mortífero del diseño?
O este genocidio a la inteligencia que se hace llamar arte contemporáneo
bajo cuyo amparo se enriquece una legión de plastas, brocileurs,
paranoicos y genios al por mayor. Son las nuevas tribus de Atila que
andan destrozando pueblos y ciudades con sus inventos convirtiendo además
las artes plásticas en manualidades de frenopático.
Este desastre ecológico se realiza bajo los auspicios de la modernidad,
patente de corso para cometer toda clase de fechorías con dinero
público, pero la raíz del invento siempre tiene la casa
madre en el extranjero. Leyendo este libro, a uno le desaparecen los
nefastos complejos del país tercermundista surgiendo automáticamente
comparaciones obvias: el pesado Wagner con la graciosa Verbena de la
Paloma, Le corbusier con una casita andaluza, Machado con el soporífero
Beckett, los huevos con bacon y el arroz a banda.
Ha llegado el momento del descaro y la desfachatez, nuestro autor por
lo menos lo ha practicado sin remilgos, con deseos de persecución
y de crucifixión si cabe.
Se experimenta un placer afrodisíaco cuando alguien describe
alegremente James Joice como un plasta, denuncia la vulgaridad de Sartre,
nos presenta un Pessoa esquizofrénico, describe a los ingleses
como una pandilla de mal comidos y peor follados, dedica frases como
“a mayor bunicie mayor el número de curas” para Irlanda
con rebote incluído hacia los vascos.
Ramón de España no se reprime y este acto tiene tanto
más valor en un momento donde nadie se moja ni para darse el
gustazo del exabrupto espontáneo. No deja de ser una paradoja
la práctica actual de autocensura cuando no existen barreras
legales que justifiquen este exceso de celo. La exquisitez parece ser
la excusa de tanta sensatez, ejercer hoy de iconoclasta es sinónimo
de vulgaridad. Esto ocurre porque la ausencia de compromiso es precisamente
el signo predominante en la Europa del bienestar.
El autor de este libro interpreta el personaje de aquel niño
aguafiestas descubriendo al Rey en pelota brava, lo hace porque ha notado
quizás una escasez alarmante de niños que cumplan esta
función desacralizadora. Artistas, escritores, intelectuales
están mayoritariamente del otro lado, en la Corte de la adulación,
tratando de no comprometerse y aspirar así al funcionariado,
miserable ambición de tan mediocre estirpe. Afortunadamente con
libros así no se gana el príncipe de Asturias.
Estoy convencido que un libro de estas características es impensable
en la Europa actual sin estar creado desde la óptica española
y para colmo por un caballero que se apoda Ramón de España.
Sólo un país con un caos tan fenomenal pero a la vez divertido
y trágico como el nuestro puede tener fuerza moral para describir
con desparpajo una visión semejante de su entorno europeo. Nuestro
desequilibrio entre la razón y la emoción viene realizando
diariamente el milagro nacional, se abren de nuevo los comercios, vuelan
los aviones y circulan los trenes, aunque sea con retraso, algo que
parecía imposible el día anterior.
Seguimos conviviendo sin demasiados homicidios, razas, lenguas, paisajes,
climas e ideologías absolutamente dispares. Conseguirlo no ha
resultado fácil, botes de lanza, trompazos de cruz, quemas de
conventos y empresas gloriosas sobre el papel que han resultado ruinosas
por el despilfarro que significa andar de putas a seis mil kilómetros.
Todo un sinfín de locuras que cabe esperar su continuación
si la unión europea no da al traste con tal jolgorio.
Por si acaso, el libro pone distancias, es una simple media profiláctica.¿No
significa también nuestro caos nacional una inteligente defensa
contra la invasión extranjera?
Tampoco se trata de racismo, todo lo contrario, nosotros admitimos humorísticamente
nuestras lacras tópicas, todos estamos de acuerdo en reconocer
que los andaluces son fuleros, los catalanes avariciosos, los aragoneses
cabezotas, los castellanos colgados, los valencianos vulgares, los gallegos
cazurros y los vascos brutos, ¿qué más se puede
pedir? Desde el “tanto monta monta tanto” andamos a la greña,
practicamos una xenofobia sana en la propia casa donde todos nos sentimos
extranjeros. Cuando el cinismo civilizado sucumbe frente al fanatismo
se organiza una guerra civil para restablecer el equilibrio ecológico.
La exposición del autor puede conducirnos de nuevo a la necesaria
recuperación de aquellas batallas con piedras en los límites
de las aldeas, guerras dignas y catárticas, nada que ver con
la sordidez bélica actual. Esta higiene puede ahora exportarse
a Europa, ¡qué maravilla ver los franceses y los belgas
a pedradas en las Árdenas! El libro puede conseguir este objetivo,
si es así juro que me verán codo a codo con Ramón
de España en las previsibles pedradas de La Junquera.
Una vez leídas estas páginas, si a usted amable lector
le gusta el juego estoy convencido que formará parte de nuestra
banda.