A principios de los cincuenta, Barcelona llevaba años vegetando
sometida bajo un régimen de criminal mediocridad. Pero excepcionalmente,
una mañana de otoño, rompiendo la triste armonía
de aquella ciudad, entonces monocorde y silenciada por la dictadura,
surgió un acontecimiento insólito. Apareció un
artista de largos y eréctiles bigotes, dispuesto a pintar desde
lo alto del parque Güell de Gaudi, el templo de la Sagrada Familia,
obra del mismo arquitecto, y cuyas altas torres se vislumbran a lo lejos.
La particularidad del acontecimiento residía en que no iba a
pintar mediante el tradicional caballete y la paleta de colores, sino
que armado con una escoba y unos recipientes de alquitrán, pretendía
plasmar la popular silueta del templo. Ante tamaña osadía
en aquellos aburridos tiempos, la gente se agolpaba curiosa y sorprendida
en la gran plaza del parque, dispuesta a ver al famoso y extravagante
pintor que osaba romper la placida monotonía del temor colectivo.
Allí me hallaba yo también, apretujado entre una masa
de gente, agarrado a la mano de mi padre cuya admiración por
su colega ampurdanés no conocía limites. De hecho la objetividad
no ha sido nunca una cualidad apreciada en aquel territorio.
Cuando hizo su aparición el excéntrico Dalí, quizá
contagiado del fenómeno gregario, empecé a sentir una
emoción absolutamente indescriptible.
El pintor subió con decisión a un estrado y empezó
sin demasiados preámbulos su acción, con gestos rápidos
y seguros. Mientras la gran tela se iba llenando de manchas de alquitrán,
mi emoción iba en aumento. Ni en el circo había sentido
nada parecido.
Aquel personaje singular protagonizando el acto libertino me producía
una misteriosa atracción que ya jamas pude olvidar, aquello era
perfectamente entendible para mí y me parecía lo mejor
de la vida, mucho mejor que las absurdidades del día a día,
completamente enigmáticas e incomprensibles a mis ojos infantiles.
Durante largo tiempo quise ser Dalí, para ello, me pintaba en
el rostro unos largos bigotes, y despues, con escobas mojadas en el
barro, trataba vanamente de emular su hazaña pictórica,
manchando una pared blanca que 0.había en el jardín, aunque
los garabatos se asemejaban mas a un Tapies que al admirado Dalí.
No podía entonces imaginarme que cincuenta años mas tarde,
a través de mi obra teatral DAAALI, crearía un juego parecido,
intentando hacer revivir sobre la escena aquel genial personaje y su
vida delirante. Aunque estoy convencido que precisamente en la perfomance
del parque Güell se gestó la enorme atracción y admiración
que siempre he sentido por el compatriota ampurdanés.
A lo largo de mi vida, y de manera inconsciente, he notado muy a menudo
el impulso de imitarle en su forma de actuar, especialmente en el trato
con los medios de comunicación que él manejaba con formas
expeditas. Aunque, en ultima instancia siempre me he reprimido, porque
tratar de repetir tales métodos sin su audacia, rapidez e inteligencia,
es exponerse a un estrepitoso ridículo.
No obstante, reconozco que su influencia ha sido decisiva en muchas
de mis opiniones y realizaciones artísticas, por lo que me atrevo
a manifestar que sin Dalí mi obra dramática hubiera sido
por lo menos distinta.
No era la primera vez que el genio ampurdanés aterrizaba en la
ciudad donde yo viví los primeros años. Cuando empece
a mostrar interés por el personaje, mi padre me contó
con gran pasión, como un tiempo antes, había asistido
a una polémica conferencia suya en el ateneo barcelonés,
la cual constituyó un autentico escándalo por su ataque
sin piedad a los valores culturales mas respetados en Catalunya.
No conseguí saber entonces con precisión lo que tanto
excitaba al anarquista de mi padre, pero años mas tarde, supe
que entre las invectivas de Dalí lanzadas al rostro del perplejo
publico del ateneo, figuraban unas polémicas frases dedicadas
al venerado dramaturgo nacional Angel Guimerá, que para colmo
fue presidente de aquella misma institución, y había fallecido
poco tiempo antes. Según sus palabras textuales, la gloria nacional
de las letras catalanas era “un enorme pederasta” y un “putrefacto
peludo”
Pueden imaginarse como a los veinte años esas hazañas
provocadoras excitaban mis ínfulas revolucionarias.
Sobretodo, cuando supe que en otra sonada conferencia barcelonesa propuso
la abolición de la sardana (nuestra danza nacional) y la destrucción
del barrio gótico para que se levantaran sobre sus ruinas nuevos
edificios de hormigón, manifestándose así contra
la huella del tiempo que recubre los viejos edificios. Según
sus palabras el problema es que: “Aquí la mierda es objeto
de culto”
No sé si debido a algunas de estas intervenciones provocadoras,
la figura de Dalí entre los barceloneses ha sido siempre mas
bien repudiada. Durante años no han existido referencias publicas
en la ciudad, e incluso, en mas de una ocasión se ha rechazado
la posibilidad de erigirle un monumento.
Solo faltaban sus frases laudatorias al régimen franquista para
acumular mayores justificaciones ante el repudio, aunque siempre he
creído que en el fondo todo ello no eran mas que subterfugios.
La realidad parece menos racional y es que desde el principio, la química
entre Dalí y el mundo intelectual barcelonés, fue claramente
refractaria porque el pintor representaba un intruso frente a unos círculos
culturales burgueses y endogamicos de aquella Barcelona gris de la dictadura.
La figura publica de Dalí se expresó siempre con una mezcla
de cosmopolitismo y de payes del Ampurdan. Podía disertar sobre
complejas elucubraciones científicas con una barretina catalana
sobre su cabeza. Cuando tenia delante un pretendido intelectual, le
lanzaba todos los efectivos militares de su lógica rural, la
cual mezclada a su enorme rapidez en la construcción retórica,
se convertía en arma letal para ridiculizar a la víctima.
La intelectualidad barcelonesa posterior a la guerra civil, aferrada
a un nacionalismo de cariz folclórico y provinciano tuvo que
sufrir muy a menudo sus invectivas, pero lo que no perdonó jamas,
es que un tipo de la diminuta Figueras los mirara con semejante desdén
y además cosechara un éxito espectacular en el extranjero.
El contencioso de Barcelona hacia Dalí se halla sobretodo en
estas cuestiones provincianas.
No obstante, hay que tener en cuenta que a partir de los años
sesenta una parte importante de la cultura catalana estuvo en manos
de la clandestinidad comunista, por lo tanto, es lógico pensar
que el compulsivo anticomunismo del pintor jugó también
un papel decisivo en la animadversión hacia él.
Naturalmente, eso no solo ocurrió en Barcelona sino en el mundo
entero. Muchas de las leyendas y falsedades con las que se acusa al
pintor de fascista fueron construidas en plena guerra fría.
No tengo ahora ningún interés en desmontar semejantes
calumnias, he tenido que hacerlo a menudo cuando algún pretendido
dogmático de la izquierda, intentaba encontrar cabezas de turco
a la inoperancia de la oposición franquista, culpabilizando y
denunciando el fascismo de Dalí. Solo quiero dejar claro que
si los fascistas tuvieran algo que ver con el sentido de la libertad
presente en la obra daliniana habría que replantearse de nuevo
la historia del siglo XX.
Dalí llegó a considerar Barcelona como un extrarradio
de Port-Lligat y de su Figueras natal. Aparecía esporádicamente
para exhibir su indiferencia y superioridad sobre la elite cultural
de la ciudad. Una vez conseguidas numerosas paginas en los periódicos
e imágenes en la televisión, regresaba a su Ampurdan,
dejando un rastro de impotencia y envidia en los ambientes culturales
de la progresía antifranquista.
En realidad, siempre fue un tipo de Figueras intentando sorprender a
sus conciudadanos, que dicho sea de paso, no acostumbran a sorprenderse
por demasiadas cosas. Cuando Zuñiga lo descubre durante una performance
publica en la Vª Avenida de New York, y le reprocha lo que le parece
una payasada (pues el pintor se exhibía en un escaparate con
la cabeza llena de cables para un supuesto encefalograma) Dalí
le contesta: “Solo lo hago para sorprender a los de Figueras”
Conozco profundamente mis vecinos del Ampurdan y aun hoy encuentro fragmentos
de Dalí repartidos por todo el territorio.
Pueden ser a veces campesinos, comerciantes o artesanos, pero lo que
a menudo se han considerado excentricidades en Dalí no son mas
que unas formas de comportamiento muy corriente entre muchos de sus
conciudadanos, tocados ellos también por la feroz tramontana.
En este sentido, me gustaría inducir a una cierta prudencia a
la hora de interpretar muchas de las actitudes dalinianas, sobre las
cuales se tiene tendencia a buscar motivaciones de excesiva complejidad
psicológica, sin caer en la cuenta de la importancia vital que
ejercieron sobre el pintor las propias raíces territoriales.
Obviamente, nos encontramos ante una personalidad que lleva hasta las
ultimas consecuencias, cualquiera de las patologías que la mayoría
de artistas mantienen dentro de un cierto pudor. Dalí como tantos
enfermos de timidez, a fin de superar el problema, se esforzó
en pasar al lado opuesto, creando un personaje histriónico y
exhibicionista como coraza de su intimidad.
Los que trabajamos en las artes dramáticas, sabemos el riesgo
que corren algunos actores de quedarse colgados por un personaje cuya
representación dura largo tiempo, sobretodo cuando el personaje
en cuestión presenta similitudes con determinados rasgos psicológicos
del propio actor.
Parece pues, razonable deducir que Dalí fue también víctima
de esta dinámica. Aprovechó la gran protección
que ofrece un títere manejado a distancia, pero el abuso, como
en el relato Stivenson “Jekill y Hyde” puede provocar fatales
consecuencias, pues no hay posibilidad de vuelta atrás.
La sociedad conservó de Dalí la imagen seductora y excéntrica
de un gran clown del siglo XX, el personaje resultaba enormemente atractivo
y sirvió perfectamente a su función protectora, pero al
mismo tiempo difuminó la gran lucidez e inteligencia que emanaba
de su pensamiento.
Digamos que muchos ciudadanos cayeron en el automatismo de considerar
que un payaso no debe ser nunca tomado seriamente, algo que naturalmente
aprovecharon también con matemática precisión sus
innumerables enemigos.
Por una u otra razón, esta es la consideración que una
mayoría de barceloneses ha conservado durante mucho tiempo. Me
refiero especialmente a las elites, porque los ciudadanos corrientes
han valorado siempre su animo de triunfador.
Es posible que las nuevas generaciones, desconocedoras del contencioso,
descubran con mayor libertad la enorme lucidez del genio de Figueras,
pero hasta el momento debemos aceptar que mi ciudad natal ha sido notablemente
miserable con Dalí.
Obviamente, me cuento entre las excepciones, y seguramente para compensar
el desprecio mayoritario, quizá puedo actuar a veces con cierta
desmesura en su apología. De esto precisamente me acusaron mis
conciudadanos en la obra Daaalí, la cual según ellos,
pasaba de largo las facetas más oscuras del pintor. Yo siempre
respondía que tal cosa era innecesaria, pues ya estaban ellos
para vilipendiarle.
Reconozco que desde el día del alquitrán en el parque
Güell, se forjó en mí una admiración que me
ha imposibilitado juzgarlo prescindiendo de este reflejo.
Hoy seguiré en la misma dinámica para contarles cual es,
siempre naturalmente según mi modesta experiencia, el Dalí
que se acerca mas a la realidad.
Ciertamente, yo me aproximé al personaje bajo un método
poco usual, se trataba de conseguir, no solo el seguimiento cronológico
de sus actos para establecer, de cada uno de ellos, el análisis
minucioso, sino que junto a un actor, debía reproducir sus impulsos
físicos, para despues hacerle revivir determinadas situaciones
en los ensayos.
A medida que avanzábamos en el proceso, esta formula me iba aportando
unos resultados notablemente insólitos.
Ramón Fontseré, el actor que debía interpretar
a Dalí, solo conseguía acercarse a la reproducción
más veraz del personaje, cuando sus impulsos interiores conectaban
con una cierta dinámica infantil.
Improvisando bajo esta premisa, la actuación adquiría
una similitud alucinante con el modelo real, pero no se trataba ya solamente
de los gestos o la cadencia rítmica, sino que incluso en la manera
de expresar los clásicos conceptos dalinianos se percibía
la autenticidad.
Paradójicamente, el personaje desaparecía en la medida
que el actor se alejaba de este proceso.
La singularidad del asunto, cambió radicalmente mi óptica
sobre el personaje, y me llevó a deducir que Dalí había
alcanzado algo que la mayoría de hombres intentan vanamente conseguir
en su vida: La perpetuación de su infancia ¡La obsesión
de tantos hombres que intentan llevarse el niño en su aventura
adulta!
La mayoría naturalmente fracasan y se convierten en ridículos
Peter Pans. Pero Dalí, lo consiguió plenamente, por ello
a medida que íbamos avanzando, las piezas encajaban perfectamente
en esta dirección.
Igual como si de una investigación policial se tratara, todas
las evidencias parecían cuadrar.
En primer lugar encontramos su vida sexual congelada justo en la pubertad.
Dalí se refugia en el voyerismo y la masturbación siguiendo
el modelo infantil y rehusando penetrar despues en el ataque adolescente
al otro ser. Prefiere los componentes de fantasía e imaginación
que conlleva la acción masturbadora, al realismo truculento del
acto compartido, el cual le produce un cierto pánico.
Así lo expresará en referencia a Gala, e incluso en algunas
descripciones un tanto procaces de su relación con García
Lorca. En este mismo sentido, el poeta granadino representa a sus ojos
el amigo del alma que todos hemos cultivado durante nuestra infancia,
y que muchas veces adquiría incluso la dimensión de un
autentico amor, aunque en general, acostumbraba a sucumbir en los primeros
escarceos sexuales y amorosos de la adolescencia dirigidos hacia el
otro sexo.
En definitiva, Lorca será víctima de este equivoco durante
la relación con Dalí y no comprenderá el alejamiento
de su adorado “Salvadorito”
Mas tarde, encontramos su pasión por la mujer madre. No es algo
nuevo en un hombre, pero en este caso Gala sustituye emocionalmente
a su propia madre muerta durante la adolescencia del pintor. Juega el
rol de madre no solo en este aspecto, sino también en las cuestiones
practicas donde además se mostrará muy eficaz, si tenemos
en cuenta que Dalí no sabe ni tan solo cobrar un talón
en un banco, como revela una de sus divertidas anécdotas.
Gala actúa muchas veces como un policía que monta guardia
a su lado para espantar los moscones que se acercan al genio en busca
de prebendas.
Otras pruebas de su persistencia infantil, son el activismo constante
expresado en su gusto compulsivo por el juego. Llega hasta tal punto
en esa dirección, que acaba jugando incluso con la muerte, en
un juego masoquista de terror y curiosidad a la vez. Hay que tener en
cuenta, que Dalí se coloca unos años antes de su fallecimiento,
en una actitud agónica sin estar afectado por ninguna enfermedad
grave.
Su buen amigo el pintor Antonio Pitxot me relató como en la clínica,
algunas veces Dalí le preguntaba si había periodistas
esperando fuera de la habitación, en caso afirmativo le pedía
que le instalara los tubos por la nariz, y una vez conseguido el tétrico
aspecto, mandaba que los hicieran pasar.
Así mismo, cuando se encontraba ya en la fase terminal, no había
forma de desplazarlo de la cama al sillón o viceversa, sin que
le pusieran un disco con el himno nacional.
Comprenderán que quien es capaz de comportarse de forma semejante
en estos momentos finales, no hay artificio alguno, sino que el juego
ha penetrado en lo mas profundo de su ser.
Podríamos establecer muchas otras constataciones que conducen
a la teoría de la infancia congelada. Su inclinación por
la escatología, la curiosidad por los inventos, pero por encima
de ello, está la visión surrealista, gestada en las primeras
vivencias de niñez.
Aunque de forma muy primaria, la mayoría de la gente hemos pasado
por una fase infantil donde la mirada sobre lo exterior, se lanza a
un juego de asociación de imágenes, en las que las personas
o los objetos dejan de representar la realidad aparente.
Desde los desconchados de una pared convertidos en figuras fantasmagóricas,
hasta un objeto que adquiere vida propia, se podría establecer
que el delirio mental es un estado natural en los primeros años
de la vida. No hay mas que ver los dibujos infantiles. Tampoco hay nada
mas surrealista que el relato de un niño sobre cualquier acontecimiento
cotidiano.
Dalí tiene la astucia de no desbaratar este universo, conservándolo
y perfeccionándolo para siempre, y lo hace, aun a costa de las
contrapartidas que conlleva. Por ejemplo su retorno a España.
Su obsesión por instalarse en Port-Lligat muestra esta irresistible
necesidad de identificación con el paisaje de la infancia, hasta
tal punto que cuando vive en Estados Unidos (considerado allí
como un ídolo) no puede resistir la añoranza y vuelve
a una España miserable de postguerra sometida bajo un régimen
criminal, que obviamente aprovechará el retorno como una operación
de prestigio.
Ello le costará definitivamente el menosprecio de la progresía
internacional, que ya mostraba sus reticencias por sus constantes provocaciones
a los tabúes de la izquierda.
A partir de aquí, se irá configurando un tópico
maniqueo, según el cual Dalí encarnará el símbolo
de la reacción y Picasso el de la revolución.
No trato de justificar todos sus envites a cualquier cosa que representara
la mínima afirmación de progresismo izquierdoso, pero
debemos admitir el valor ecológico de alguien capaz de exasperar
sistemáticamente a los propietarios de la solidaridad y la libertad
general.
Dalí asume el personaje de canalla oficial y lejos de amedrentarse
pone mas leña al fuego, dice: “Detesto la libertad porque
me obliga a escoger”
Y añade: “Si queréis ganar dinero, todos los medios
son buenos, el robo, el plagio, cualquier violencia, la única
ridiculez es pretender que se hace por el bien de la humanidad o la
posteridad”
Observando una personalidad tan excesiva, lo que resulta más
sorprendente, es una obra extremadamente minuciosa y elaborada, plasmada
además con un cuidado casi enfermizo de los mínimos detalles.
Es muy posible, que esta dinámica de contención corresponda
a su firme voluntad para conseguir una distancia higiénica con
la niñez, contrarrestando así el universo turbulento y
fanático heredado de su simbiosis infantil.
Con este proceder, demuestra como la única posibilidad de poner
en una forma reconocible para el prójimo, un mundo delirante,
solo puede darse mediante el contraste de una férrea disciplina
técnica.
Dalí especula constantemente sobre los beneficios de lo que llama
en arte, el proceso inquisitorial. Ello supone un claro enfrentamiento
a la moda de una época que antepone como objetivo máximo
del artista su libertad. Según sus palabras: “La inquisición
siempre obliga a los seres que poseen una estructura moral muy sólida,
a sacar el máximo provecho de sus sensaciones y sus ideas”.
Los que llevamos muchos años en el mundo de la escena española,
obviamente tuvimos que convivir con la censura de la dictadura. Sin
animo de provocación, quiero afirmar que desde el punto de vista
artístico no era un fenómeno totalmente negativo.
En aquellas circunstancias represivas, para subsistir, los dramaturgos
estabamos obligados a mantener una gran complejidad formal y una elaboración
muy estudiada del lenguaje, pues nada podía parecer demasiado
evidente so pena de ser prohibido.
Siempre he sostenido que una semana de dictadura al año seria
una magnifica pedagogía para muchos artistas actuales.
Dalí argumenta también, que desde un punto de vista estético,
la libertad es una falta de forma. Bajo su óptica, no hay una
sola creación de la naturaleza que aparezca sin un complejo proceso
de contención y dolor. Lamentablemente, las ultimas décadas
se han caracterizado por ensalzar una mayoría de corrientes artísticas
en las que cualquier expresión debe obtenerse a través
de un impulso ludico-espontaneo, no solo en el contenido, sino lo que
resulta aun más grave, en la forma.
Induciendo y colaborando con este clima descodificador, hoy el critico
se ha convertido en inspector de la libertad, un experto en medir el
interés de la obra según el principio primario de hacer
lo que a uno le apetece en aquel preciso momento.
El criterio de valoración se halla concentrado básicamente
en el supuesto espectáculo de libertad que el artista nos ofrece,
y naturalmente como los valores que prevalecen son los de la teatralidad,
solo la intención epidérmica de sorprender, como en la
escena, se convertirá en el máximo objetivo de las artes
plásticas. Unas expresiones que despues de tanta repetición
rompedora ya no poseen hoy ningún poder de sorpresa.
Contrariamente a lo que piensan muchos, la pintura de Dalí no
conserva demasiadas semejanzas con las corrientes de su propio siglo,
quizá únicamente mantiene una cierta relación en
los aspectos terapéuticos derivados del acto creativo. En esta
sentido, debemos admitir que una parte sustancial de las expresiones
del siglo XX se han caracterizado por la compulsiva exhibición
de un “Yo” obsesivo.
Ha sido una época donde los llamados “creadores”
empujados por un impulso nihilista sin precedentes, han utilizado el
arte como terapia personal anteponiéndola a la comunicación
o catarsis con la ciudadanía.
Si observamos distanciadamente algunas exposiciones actuales, no podemos
evitar el paralelismo con una exhibición de manualidades del
frenopatico.
En definitiva, se trata de la dejación de una de las funciones
esenciales del arte que consiste en su valor como higiene mental colectiva.
No cabe duda de que Dalí utiliza su método paranoico-critico
como una técnica funcional para su propio equilibrio psíquico,
pero la diferencia esencial con otras expresiones de sus contemporáneos,
es que lo envuelve de un código de referencias muy precisas que
permiten al espectador penetrar en su laberíntica dinámica
mental.
Dalí hace enormes esfuerzos intentando que sus complejos, alucinaciones
o delirios, presenten una forma visiblemente reconocible. No cabe duda
de que le hubiera resultado más cómodo dejarse llevar
como tantos, por el camino impreciso de las abstracciones para expresar
su mente caótica.
Paradójicamente, no siente jamas esta tentación y se obliga
de forma fanática, a describir con todo lujo de detalles realistas,
cada uno de los pasos de su intrincado universo.
Muy pronto abandona las influencias técnicas del pasado inmediato,
como podían ser las veleidades impresionistas, para intentar
colocarse desde el punto de vista de la forma, bajo los cánones
del renacimiento.
En una parte sustancial de su obra, podemos reconocer una voluntaria
y forzada actitud a situarse cercano al cinquecento, pero a diferencia
de aquella pintura donde los contenidos tenían referencias colectivas
o populares, las temáticas dalinianas son totalmente unipersonales.
Es pues, en este aspecto concreto donde se halla su mayor innovación
y aportación a la pintura del siglo XX. Mientras una parte de
sus contemporáneos liquida peligrosamente los códigos
y referencias de comunicación colectiva, Dalí mantiene
una tradición muy estricta en la forma pictórica, para
poder expresar así, una individualidad exacerbada.
Es evidente, que a pesar de su voluntad en asemejarse a sus adorados
Rafael o Veermer, por poner un ejemplo, el resultado externo es muy
distinto, ya que los materiales empleados también son diferentes.
Desde el empleo del tubo, hasta la utilización de las transparencias,
hay grandes distancias a favor de los antiguos, pero lo que prevalecerá
esencialmente, es su inteligencia para situarse a contracorriente, precisamente
en la época más iconoclasta de la civilización
cristiana.
Nadie puede negar el tirón popular que tiene Dalí, obviamente,
la personalidad excéntrica puede contribuir a ello, pero no hay
duda de que su obra despierta una irresistible atracción en las
masas. Resulta curioso observar, como en los museos donde se exponen
pinturas suyas, la gente pasa largo rato en su contemplación,
se podría afirmar que sus telas casi nunca están solas.
Desde la distancia del tiempo, puede parecernos hoy que Jeronimus Bosch
“El Bosco”, es un fenómeno muy parecido, pero esta
apreciación solo puede aceptarse desde un punto de vista de parecidos
superficiales.
Las supuestas imágenes delirantes del pintor Holandés,
no eran mas que la visualización realista de los apocalípticos
sermones de la época, o sea, un fenómeno pictórico
de perfecta asimilación colectiva. En cambio, un Dalí
es un fenómeno exclusivamente individual del que intenta hacer
participe a los demás.
En definitiva, este individualista compulsivo no solo se enfrenta a
su siglo, sino que también lo hace a los artistas más
notables de su época, y lo hace mientras paradójicamente
aporta una de las obras más originales de su tiempo.
“Si sois unos mediocres, aunque os esforcéis en pintar
mal, muy mal, siempre se os notará que sois mediocres”
Les dice a sus colegas.
“Plantearse la pregunta del gusto, ya es señal de impotencia”
O también:
“Hoy en día los jóvenes pintores no creen en nada
y es obvio que cuando no se cree en nada se acabe pintando apenas nada”
Y esta máxima tan lucida:
“Para pintar bien hay que pensar siempre en otra cosa”
Que nadie se engañe, Dalí es un hombre difícil
de catalogar entre los numerosos “ismos” del siglo pasado.
Incluso el titulo de surrealista le viene corto.
Es un profundo y ancestral conservador ampurdanes, infiltrado entre
dogmáticos practicantes de la revolución de salón,
que acabaron por confundirle con uno de los suyos, hasta que conscientes
de su error, lo acusaron de traidor a una causa que jamas había
sido la suya.
Mucho
me temo, que obras tan vilipendiadas por los “exquisitos”
como el Cristo de San Juan de la Cruz o la ultima Cena, representan
al mas autentico Dalí y acaban constituyendo la mayor etapa de
provocación a sus contemporáneos.
En cierta medida, vino a significar durante una época caótica,
aquel niño del cuento, un niño sin duda descarado y provocador,
que le grita al rey su desnudez. Es el niño Dalí que dice
“Empece mi vida traicionando mi clase, o sea la burguesía,
para dedicarme al servicio de la aristocracia, y ahora disfruto poniéndole
cuernos al arte moderno”.