ALBERT BOADELLA
BARCELONA - DALÍ


Conferencia en el Instituto Cervantes de Londres. Dentro del ciclo de conferencias "Visionario urbano: Dalí y Barcelona". 29 de enero de 2004
 


A principios de los cincuenta, Barcelona llevaba años vegetando sometida bajo un régimen de criminal mediocridad. Pero excepcionalmente, una mañana de otoño, rompiendo la triste armonía de aquella ciudad, entonces monocorde y silenciada por la dictadura, surgió un acontecimiento insólito. Apareció un artista de largos y eréctiles bigotes, dispuesto a pintar desde lo alto del parque Güell de Gaudi, el templo de la Sagrada Familia, obra del mismo arquitecto, y cuyas altas torres se vislumbran a lo lejos.
La particularidad del acontecimiento residía en que no iba a pintar mediante el tradicional caballete y la paleta de colores, sino que armado con una escoba y unos recipientes de alquitrán, pretendía plasmar la popular silueta del templo. Ante tamaña osadía en aquellos aburridos tiempos, la gente se agolpaba curiosa y sorprendida en la gran plaza del parque, dispuesta a ver al famoso y extravagante pintor que osaba romper la placida monotonía del temor colectivo.
Allí me hallaba yo también, apretujado entre una masa de gente, agarrado a la mano de mi padre cuya admiración por su colega ampurdanés no conocía limites. De hecho la objetividad no ha sido nunca una cualidad apreciada en aquel territorio.
Cuando hizo su aparición el excéntrico Dalí, quizá contagiado del fenómeno gregario, empecé a sentir una emoción absolutamente indescriptible.
El pintor subió con decisión a un estrado y empezó sin demasiados preámbulos su acción, con gestos rápidos y seguros. Mientras la gran tela se iba llenando de manchas de alquitrán, mi emoción iba en aumento. Ni en el circo había sentido nada parecido.
Aquel personaje singular protagonizando el acto libertino me producía una misteriosa atracción que ya jamas pude olvidar, aquello era perfectamente entendible para mí y me parecía lo mejor de la vida, mucho mejor que las absurdidades del día a día, completamente enigmáticas e incomprensibles a mis ojos infantiles.
Durante largo tiempo quise ser Dalí, para ello, me pintaba en el rostro unos largos bigotes, y despues, con escobas mojadas en el barro, trataba vanamente de emular su hazaña pictórica, manchando una pared blanca que 0.había en el jardín, aunque los garabatos se asemejaban mas a un Tapies que al admirado Dalí.
No podía entonces imaginarme que cincuenta años mas tarde, a través de mi obra teatral DAAALI, crearía un juego parecido, intentando hacer revivir sobre la escena aquel genial personaje y su vida delirante. Aunque estoy convencido que precisamente en la perfomance del parque Güell se gestó la enorme atracción y admiración que siempre he sentido por el compatriota ampurdanés.
A lo largo de mi vida, y de manera inconsciente, he notado muy a menudo el impulso de imitarle en su forma de actuar, especialmente en el trato con los medios de comunicación que él manejaba con formas expeditas. Aunque, en ultima instancia siempre me he reprimido, porque tratar de repetir tales métodos sin su audacia, rapidez e inteligencia, es exponerse a un estrepitoso ridículo.
No obstante, reconozco que su influencia ha sido decisiva en muchas de mis opiniones y realizaciones artísticas, por lo que me atrevo a manifestar que sin Dalí mi obra dramática hubiera sido por lo menos distinta.
No era la primera vez que el genio ampurdanés aterrizaba en la ciudad donde yo viví los primeros años. Cuando empece a mostrar interés por el personaje, mi padre me contó con gran pasión, como un tiempo antes, había asistido a una polémica conferencia suya en el ateneo barcelonés, la cual constituyó un autentico escándalo por su ataque sin piedad a los valores culturales mas respetados en Catalunya.
No conseguí saber entonces con precisión lo que tanto excitaba al anarquista de mi padre, pero años mas tarde, supe que entre las invectivas de Dalí lanzadas al rostro del perplejo publico del ateneo, figuraban unas polémicas frases dedicadas al venerado dramaturgo nacional Angel Guimerá, que para colmo fue presidente de aquella misma institución, y había fallecido poco tiempo antes. Según sus palabras textuales, la gloria nacional de las letras catalanas era “un enorme pederasta” y un “putrefacto peludo”
Pueden imaginarse como a los veinte años esas hazañas provocadoras excitaban mis ínfulas revolucionarias.
Sobretodo, cuando supe que en otra sonada conferencia barcelonesa propuso la abolición de la sardana (nuestra danza nacional) y la destrucción del barrio gótico para que se levantaran sobre sus ruinas nuevos edificios de hormigón, manifestándose así contra la huella del tiempo que recubre los viejos edificios. Según sus palabras el problema es que: “Aquí la mierda es objeto de culto”
No sé si debido a algunas de estas intervenciones provocadoras, la figura de Dalí entre los barceloneses ha sido siempre mas bien repudiada. Durante años no han existido referencias publicas en la ciudad, e incluso, en mas de una ocasión se ha rechazado la posibilidad de erigirle un monumento.
Solo faltaban sus frases laudatorias al régimen franquista para acumular mayores justificaciones ante el repudio, aunque siempre he creído que en el fondo todo ello no eran mas que subterfugios.
La realidad parece menos racional y es que desde el principio, la química entre Dalí y el mundo intelectual barcelonés, fue claramente refractaria porque el pintor representaba un intruso frente a unos círculos culturales burgueses y endogamicos de aquella Barcelona gris de la dictadura.
La figura publica de Dalí se expresó siempre con una mezcla de cosmopolitismo y de payes del Ampurdan. Podía disertar sobre complejas elucubraciones científicas con una barretina catalana sobre su cabeza. Cuando tenia delante un pretendido intelectual, le lanzaba todos los efectivos militares de su lógica rural, la cual mezclada a su enorme rapidez en la construcción retórica, se convertía en arma letal para ridiculizar a la víctima.
La intelectualidad barcelonesa posterior a la guerra civil, aferrada a un nacionalismo de cariz folclórico y provinciano tuvo que sufrir muy a menudo sus invectivas, pero lo que no perdonó jamas, es que un tipo de la diminuta Figueras los mirara con semejante desdén y además cosechara un éxito espectacular en el extranjero.
El contencioso de Barcelona hacia Dalí se halla sobretodo en estas cuestiones provincianas.
No obstante, hay que tener en cuenta que a partir de los años sesenta una parte importante de la cultura catalana estuvo en manos de la clandestinidad comunista, por lo tanto, es lógico pensar que el compulsivo anticomunismo del pintor jugó también un papel decisivo en la animadversión hacia él.
Naturalmente, eso no solo ocurrió en Barcelona sino en el mundo entero. Muchas de las leyendas y falsedades con las que se acusa al pintor de fascista fueron construidas en plena guerra fría.
No tengo ahora ningún interés en desmontar semejantes calumnias, he tenido que hacerlo a menudo cuando algún pretendido dogmático de la izquierda, intentaba encontrar cabezas de turco a la inoperancia de la oposición franquista, culpabilizando y denunciando el fascismo de Dalí. Solo quiero dejar claro que si los fascistas tuvieran algo que ver con el sentido de la libertad presente en la obra daliniana habría que replantearse de nuevo la historia del siglo XX.
Dalí llegó a considerar Barcelona como un extrarradio de Port-Lligat y de su Figueras natal. Aparecía esporádicamente para exhibir su indiferencia y superioridad sobre la elite cultural de la ciudad. Una vez conseguidas numerosas paginas en los periódicos e imágenes en la televisión, regresaba a su Ampurdan, dejando un rastro de impotencia y envidia en los ambientes culturales de la progresía antifranquista.
En realidad, siempre fue un tipo de Figueras intentando sorprender a sus conciudadanos, que dicho sea de paso, no acostumbran a sorprenderse por demasiadas cosas. Cuando Zuñiga lo descubre durante una performance publica en la Vª Avenida de New York, y le reprocha lo que le parece una payasada (pues el pintor se exhibía en un escaparate con la cabeza llena de cables para un supuesto encefalograma) Dalí le contesta: “Solo lo hago para sorprender a los de Figueras”
Conozco profundamente mis vecinos del Ampurdan y aun hoy encuentro fragmentos de Dalí repartidos por todo el territorio.


Pueden ser a veces campesinos, comerciantes o artesanos, pero lo que a menudo se han considerado excentricidades en Dalí no son mas que unas formas de comportamiento muy corriente entre muchos de sus conciudadanos, tocados ellos también por la feroz tramontana.
En este sentido, me gustaría inducir a una cierta prudencia a la hora de interpretar muchas de las actitudes dalinianas, sobre las cuales se tiene tendencia a buscar motivaciones de excesiva complejidad psicológica, sin caer en la cuenta de la importancia vital que ejercieron sobre el pintor las propias raíces territoriales.
Obviamente, nos encontramos ante una personalidad que lleva hasta las ultimas consecuencias, cualquiera de las patologías que la mayoría de artistas mantienen dentro de un cierto pudor. Dalí como tantos enfermos de timidez, a fin de superar el problema, se esforzó en pasar al lado opuesto, creando un personaje histriónico y exhibicionista como coraza de su intimidad.
Los que trabajamos en las artes dramáticas, sabemos el riesgo que corren algunos actores de quedarse colgados por un personaje cuya representación dura largo tiempo, sobretodo cuando el personaje en cuestión presenta similitudes con determinados rasgos psicológicos del propio actor.
Parece pues, razonable deducir que Dalí fue también víctima de esta dinámica. Aprovechó la gran protección que ofrece un títere manejado a distancia, pero el abuso, como en el relato Stivenson “Jekill y Hyde” puede provocar fatales consecuencias, pues no hay posibilidad de vuelta atrás.
La sociedad conservó de Dalí la imagen seductora y excéntrica de un gran clown del siglo XX, el personaje resultaba enormemente atractivo y sirvió perfectamente a su función protectora, pero al mismo tiempo difuminó la gran lucidez e inteligencia que emanaba de su pensamiento.
Digamos que muchos ciudadanos cayeron en el automatismo de considerar que un payaso no debe ser nunca tomado seriamente, algo que naturalmente aprovecharon también con matemática precisión sus innumerables enemigos.
Por una u otra razón, esta es la consideración que una mayoría de barceloneses ha conservado durante mucho tiempo. Me refiero especialmente a las elites, porque los ciudadanos corrientes han valorado siempre su animo de triunfador.
Es posible que las nuevas generaciones, desconocedoras del contencioso, descubran con mayor libertad la enorme lucidez del genio de Figueras, pero hasta el momento debemos aceptar que mi ciudad natal ha sido notablemente miserable con Dalí.
Obviamente, me cuento entre las excepciones, y seguramente para compensar el desprecio mayoritario, quizá puedo actuar a veces con cierta desmesura en su apología. De esto precisamente me acusaron mis conciudadanos en la obra Daaalí, la cual según ellos, pasaba de largo las facetas más oscuras del pintor. Yo siempre respondía que tal cosa era innecesaria, pues ya estaban ellos para vilipendiarle.
Reconozco que desde el día del alquitrán en el parque Güell, se forjó en mí una admiración que me ha imposibilitado juzgarlo prescindiendo de este reflejo.
Hoy seguiré en la misma dinámica para contarles cual es, siempre naturalmente según mi modesta experiencia, el Dalí que se acerca mas a la realidad.
Ciertamente, yo me aproximé al personaje bajo un método poco usual, se trataba de conseguir, no solo el seguimiento cronológico de sus actos para establecer, de cada uno de ellos, el análisis minucioso, sino que junto a un actor, debía reproducir sus impulsos físicos, para despues hacerle revivir determinadas situaciones en los ensayos.
A medida que avanzábamos en el proceso, esta formula me iba aportando unos resultados notablemente insólitos.
Ramón Fontseré, el actor que debía interpretar a Dalí, solo conseguía acercarse a la reproducción más veraz del personaje, cuando sus impulsos interiores conectaban con una cierta dinámica infantil.
Improvisando bajo esta premisa, la actuación adquiría una similitud alucinante con el modelo real, pero no se trataba ya solamente de los gestos o la cadencia rítmica, sino que incluso en la manera de expresar los clásicos conceptos dalinianos se percibía la autenticidad.
Paradójicamente, el personaje desaparecía en la medida que el actor se alejaba de este proceso.
La singularidad del asunto, cambió radicalmente mi óptica sobre el personaje, y me llevó a deducir que Dalí había alcanzado algo que la mayoría de hombres intentan vanamente conseguir en su vida: La perpetuación de su infancia ¡La obsesión de tantos hombres que intentan llevarse el niño en su aventura adulta!
La mayoría naturalmente fracasan y se convierten en ridículos Peter Pans. Pero Dalí, lo consiguió plenamente, por ello a medida que íbamos avanzando, las piezas encajaban perfectamente en esta dirección.
Igual como si de una investigación policial se tratara, todas las evidencias parecían cuadrar.
En primer lugar encontramos su vida sexual congelada justo en la pubertad. Dalí se refugia en el voyerismo y la masturbación siguiendo el modelo infantil y rehusando penetrar despues en el ataque adolescente al otro ser. Prefiere los componentes de fantasía e imaginación que conlleva la acción masturbadora, al realismo truculento del acto compartido, el cual le produce un cierto pánico.
Así lo expresará en referencia a Gala, e incluso en algunas descripciones un tanto procaces de su relación con García Lorca. En este mismo sentido, el poeta granadino representa a sus ojos el amigo del alma que todos hemos cultivado durante nuestra infancia, y que muchas veces adquiría incluso la dimensión de un autentico amor, aunque en general, acostumbraba a sucumbir en los primeros escarceos sexuales y amorosos de la adolescencia dirigidos hacia el otro sexo.
En definitiva, Lorca será víctima de este equivoco durante la relación con Dalí y no comprenderá el alejamiento de su adorado “Salvadorito”
Mas tarde, encontramos su pasión por la mujer madre. No es algo nuevo en un hombre, pero en este caso Gala sustituye emocionalmente a su propia madre muerta durante la adolescencia del pintor. Juega el rol de madre no solo en este aspecto, sino también en las cuestiones practicas donde además se mostrará muy eficaz, si tenemos en cuenta que Dalí no sabe ni tan solo cobrar un talón en un banco, como revela una de sus divertidas anécdotas.
Gala actúa muchas veces como un policía que monta guardia a su lado para espantar los moscones que se acercan al genio en busca de prebendas.
Otras pruebas de su persistencia infantil, son el activismo constante expresado en su gusto compulsivo por el juego. Llega hasta tal punto en esa dirección, que acaba jugando incluso con la muerte, en un juego masoquista de terror y curiosidad a la vez. Hay que tener en cuenta, que Dalí se coloca unos años antes de su fallecimiento, en una actitud agónica sin estar afectado por ninguna enfermedad grave.
Su buen amigo el pintor Antonio Pitxot me relató como en la clínica, algunas veces Dalí le preguntaba si había periodistas esperando fuera de la habitación, en caso afirmativo le pedía que le instalara los tubos por la nariz, y una vez conseguido el tétrico aspecto, mandaba que los hicieran pasar.
Así mismo, cuando se encontraba ya en la fase terminal, no había forma de desplazarlo de la cama al sillón o viceversa, sin que le pusieran un disco con el himno nacional.
Comprenderán que quien es capaz de comportarse de forma semejante en estos momentos finales, no hay artificio alguno, sino que el juego ha penetrado en lo mas profundo de su ser.
Podríamos establecer muchas otras constataciones que conducen a la teoría de la infancia congelada. Su inclinación por la escatología, la curiosidad por los inventos, pero por encima de ello, está la visión surrealista, gestada en las primeras vivencias de niñez.
Aunque de forma muy primaria, la mayoría de la gente hemos pasado por una fase infantil donde la mirada sobre lo exterior, se lanza a un juego de asociación de imágenes, en las que las personas o los objetos dejan de representar la realidad aparente.
Desde los desconchados de una pared convertidos en figuras fantasmagóricas, hasta un objeto que adquiere vida propia, se podría establecer que el delirio mental es un estado natural en los primeros años de la vida. No hay mas que ver los dibujos infantiles. Tampoco hay nada mas surrealista que el relato de un niño sobre cualquier acontecimiento cotidiano.
Dalí tiene la astucia de no desbaratar este universo, conservándolo y perfeccionándolo para siempre, y lo hace, aun a costa de las contrapartidas que conlleva. Por ejemplo su retorno a España.
Su obsesión por instalarse en Port-Lligat muestra esta irresistible necesidad de identificación con el paisaje de la infancia, hasta tal punto que cuando vive en Estados Unidos (considerado allí como un ídolo) no puede resistir la añoranza y vuelve a una España miserable de postguerra sometida bajo un régimen criminal, que obviamente aprovechará el retorno como una operación de prestigio.
Ello le costará definitivamente el menosprecio de la progresía internacional, que ya mostraba sus reticencias por sus constantes provocaciones a los tabúes de la izquierda.
A partir de aquí, se irá configurando un tópico maniqueo, según el cual Dalí encarnará el símbolo de la reacción y Picasso el de la revolución.
No trato de justificar todos sus envites a cualquier cosa que representara la mínima afirmación de progresismo izquierdoso, pero debemos admitir el valor ecológico de alguien capaz de exasperar sistemáticamente a los propietarios de la solidaridad y la libertad general.
Dalí asume el personaje de canalla oficial y lejos de amedrentarse pone mas leña al fuego, dice: “Detesto la libertad porque me obliga a escoger”
Y añade: “Si queréis ganar dinero, todos los medios son buenos, el robo, el plagio, cualquier violencia, la única ridiculez es pretender que se hace por el bien de la humanidad o la posteridad”
Observando una personalidad tan excesiva, lo que resulta más sorprendente, es una obra extremadamente minuciosa y elaborada, plasmada además con un cuidado casi enfermizo de los mínimos detalles. Es muy posible, que esta dinámica de contención corresponda a su firme voluntad para conseguir una distancia higiénica con la niñez, contrarrestando así el universo turbulento y fanático heredado de su simbiosis infantil.
Con este proceder, demuestra como la única posibilidad de poner en una forma reconocible para el prójimo, un mundo delirante, solo puede darse mediante el contraste de una férrea disciplina técnica.
Dalí especula constantemente sobre los beneficios de lo que llama en arte, el proceso inquisitorial. Ello supone un claro enfrentamiento a la moda de una época que antepone como objetivo máximo del artista su libertad. Según sus palabras: “La inquisición siempre obliga a los seres que poseen una estructura moral muy sólida, a sacar el máximo provecho de sus sensaciones y sus ideas”.
Los que llevamos muchos años en el mundo de la escena española, obviamente tuvimos que convivir con la censura de la dictadura. Sin animo de provocación, quiero afirmar que desde el punto de vista artístico no era un fenómeno totalmente negativo.
En aquellas circunstancias represivas, para subsistir, los dramaturgos estabamos obligados a mantener una gran complejidad formal y una elaboración muy estudiada del lenguaje, pues nada podía parecer demasiado evidente so pena de ser prohibido.
Siempre he sostenido que una semana de dictadura al año seria una magnifica pedagogía para muchos artistas actuales.
Dalí argumenta también, que desde un punto de vista estético, la libertad es una falta de forma. Bajo su óptica, no hay una sola creación de la naturaleza que aparezca sin un complejo proceso de contención y dolor. Lamentablemente, las ultimas décadas se han caracterizado por ensalzar una mayoría de corrientes artísticas en las que cualquier expresión debe obtenerse a través de un impulso ludico-espontaneo, no solo en el contenido, sino lo que resulta aun más grave, en la forma.
Induciendo y colaborando con este clima descodificador, hoy el critico se ha convertido en inspector de la libertad, un experto en medir el interés de la obra según el principio primario de hacer lo que a uno le apetece en aquel preciso momento.
El criterio de valoración se halla concentrado básicamente en el supuesto espectáculo de libertad que el artista nos ofrece, y naturalmente como los valores que prevalecen son los de la teatralidad, solo la intención epidérmica de sorprender, como en la escena, se convertirá en el máximo objetivo de las artes plásticas. Unas expresiones que despues de tanta repetición rompedora ya no poseen hoy ningún poder de sorpresa.
Contrariamente a lo que piensan muchos, la pintura de Dalí no conserva demasiadas semejanzas con las corrientes de su propio siglo, quizá únicamente mantiene una cierta relación en los aspectos terapéuticos derivados del acto creativo. En esta sentido, debemos admitir que una parte sustancial de las expresiones del siglo XX se han caracterizado por la compulsiva exhibición de un “Yo” obsesivo.
Ha sido una época donde los llamados “creadores” empujados por un impulso nihilista sin precedentes, han utilizado el arte como terapia personal anteponiéndola a la comunicación o catarsis con la ciudadanía.
Si observamos distanciadamente algunas exposiciones actuales, no podemos evitar el paralelismo con una exhibición de manualidades del frenopatico.
En definitiva, se trata de la dejación de una de las funciones esenciales del arte que consiste en su valor como higiene mental colectiva.
No cabe duda de que Dalí utiliza su método paranoico-critico como una técnica funcional para su propio equilibrio psíquico, pero la diferencia esencial con otras expresiones de sus contemporáneos, es que lo envuelve de un código de referencias muy precisas que permiten al espectador penetrar en su laberíntica dinámica mental.
Dalí hace enormes esfuerzos intentando que sus complejos, alucinaciones o delirios, presenten una forma visiblemente reconocible. No cabe duda de que le hubiera resultado más cómodo dejarse llevar como tantos, por el camino impreciso de las abstracciones para expresar su mente caótica.
Paradójicamente, no siente jamas esta tentación y se obliga de forma fanática, a describir con todo lujo de detalles realistas, cada uno de los pasos de su intrincado universo.
Muy pronto abandona las influencias técnicas del pasado inmediato, como podían ser las veleidades impresionistas, para intentar colocarse desde el punto de vista de la forma, bajo los cánones del renacimiento.


En una parte sustancial de su obra, podemos reconocer una voluntaria y forzada actitud a situarse cercano al cinquecento, pero a diferencia de aquella pintura donde los contenidos tenían referencias colectivas o populares, las temáticas dalinianas son totalmente unipersonales.
Es pues, en este aspecto concreto donde se halla su mayor innovación y aportación a la pintura del siglo XX. Mientras una parte de sus contemporáneos liquida peligrosamente los códigos y referencias de comunicación colectiva, Dalí mantiene una tradición muy estricta en la forma pictórica, para poder expresar así, una individualidad exacerbada.
Es evidente, que a pesar de su voluntad en asemejarse a sus adorados Rafael o Veermer, por poner un ejemplo, el resultado externo es muy distinto, ya que los materiales empleados también son diferentes. Desde el empleo del tubo, hasta la utilización de las transparencias, hay grandes distancias a favor de los antiguos, pero lo que prevalecerá esencialmente, es su inteligencia para situarse a contracorriente, precisamente en la época más iconoclasta de la civilización cristiana.
Nadie puede negar el tirón popular que tiene Dalí, obviamente, la personalidad excéntrica puede contribuir a ello, pero no hay duda de que su obra despierta una irresistible atracción en las masas. Resulta curioso observar, como en los museos donde se exponen pinturas suyas, la gente pasa largo rato en su contemplación, se podría afirmar que sus telas casi nunca están solas.
Desde la distancia del tiempo, puede parecernos hoy que Jeronimus Bosch “El Bosco”, es un fenómeno muy parecido, pero esta apreciación solo puede aceptarse desde un punto de vista de parecidos superficiales.
Las supuestas imágenes delirantes del pintor Holandés, no eran mas que la visualización realista de los apocalípticos sermones de la época, o sea, un fenómeno pictórico de perfecta asimilación colectiva. En cambio, un Dalí es un fenómeno exclusivamente individual del que intenta hacer participe a los demás.
En definitiva, este individualista compulsivo no solo se enfrenta a su siglo, sino que también lo hace a los artistas más notables de su época, y lo hace mientras paradójicamente aporta una de las obras más originales de su tiempo.
“Si sois unos mediocres, aunque os esforcéis en pintar mal, muy mal, siempre se os notará que sois mediocres” Les dice a sus colegas.
“Plantearse la pregunta del gusto, ya es señal de impotencia” O también:
“Hoy en día los jóvenes pintores no creen en nada y es obvio que cuando no se cree en nada se acabe pintando apenas nada”
Y esta máxima tan lucida:
“Para pintar bien hay que pensar siempre en otra cosa”
Que nadie se engañe, Dalí es un hombre difícil de catalogar entre los numerosos “ismos” del siglo pasado. Incluso el titulo de surrealista le viene corto.
Es un profundo y ancestral conservador ampurdanes, infiltrado entre dogmáticos practicantes de la revolución de salón, que acabaron por confundirle con uno de los suyos, hasta que conscientes de su error, lo acusaron de traidor a una causa que jamas había sido la suya.

Mucho me temo, que obras tan vilipendiadas por los “exquisitos” como el Cristo de San Juan de la Cruz o la ultima Cena, representan al mas autentico Dalí y acaban constituyendo la mayor etapa de provocación a sus contemporáneos.
En cierta medida, vino a significar durante una época caótica, aquel niño del cuento, un niño sin duda descarado y provocador, que le grita al rey su desnudez. Es el niño Dalí que dice “Empece mi vida traicionando mi clase, o sea la burguesía, para dedicarme al servicio de la aristocracia, y ahora disfruto poniéndole cuernos al arte moderno”.