Primera deducción: “El efecto Maigret”
Se trata de lo siguiente: La fase inicial de aproximación al
esclarecimiento de una acción escénica, es a mi entender,
semejante al método de investigación empleado por el famoso
comisario Maigret creado por Georges Simenon. El astuto policía
se acerca siempre cautelosamente y sin prisas al esclarecimiento de
un crimen. A través del olor a Calvados de un mugriento café,
una frase escuchada al azar o una imagen fugaz retenida en la memoria,
el comisario va construyendo lentamente el móvil y la escena
del crimen, hasta llegar al retrato exacto de su autor.
Al igual que el mítico comisario nada tengo claro en principio.
Mi único aliado es el tiempo y la certeza de que a pesar del
aparente vacío, todo se halla a mi alrededor. No parece pues
especialmente necesaria la fantasía sino sólo una cierta
capacidad de observación para detectar algo mas profundo detrás
de la realidad superficial, y consiguientemente de naturaleza mucho
más compleja emocionalmente que esta. Me refiero a una realidad
de carácter superior porque contiene infinidad de matices indescifrables
a primera vista.
Para penetrar en dinámicas semejantes hay quien utiliza términos
como investigar, experimentar o crear. Personalmente para este proceso
prefiero el término “desvelar”, lo que quiere decir
devolver a la luz lo ocultado. Significa en definitiva, conseguir que
aparezca como auténtico o como una simple verdad, aquello que
no percibíamos previamente y que acaba plasmándose en
la obra con la luminosidad de lo evidente.
Como ejemplo de ello utilizaré el arte de la pintura. Unas manzanas
y unos cacharros están sobre la mesa, se trata en principio de
algo que consideramos real, pero la savia artesanía de Paul Cezanne
los transforma en pintura. Su utilidad o su función comestible
dejan de ser relevantes, porque un nuevo valor oculto de las frutas,
los objetos y el lugar, emerge a la luz. ¿Pero se puede afirmar
que no existía antes esa nueva “realidad” superior
que se nos presenta en el cuadro de forma indiscutible?.
A lo largo de mi trayectoria teatral, cualquiera de las situaciones
escénicas que yo haya podido “desvelar”, no tengo
la menor duda de que han existido; puede que en épocas recientes
o en la más remota antigüedad. Quizá fragmentadas,
desordenadas, cambiadas de contexto pero en definitiva auténticas.
Quiero decir con ello, que para un artista, los términos descubrimiento
e invención van estrechamente ligados a la dinámica de
iluminación de lo oculto.
El hecho de que no existiera su presencia hasta el momento de ejecución
de la obra, es irrelevante, puede ser a causa de los tabúes,
el olvido, la dificultad técnica o el simple azar, pero la verdad
se halla siempre presente y su contemplación solo depende de
que aparezca alguien o algo que la materialice. Puede ser a través
de una fórmula química o con la simple especulación
de un lenguaje que permita una nueva traducción de la realidad
aparente.
Desde hace pocos siglos se viene plasmando la visión de la perspectiva,
pero eso no significa que no existiera.
En la llamada creación artística, para la consecución
de este proceso, los preconcebidos mentales no constituyen la mejor
táctica de penetración. Siempre resulta mas apropiado
aproximarse dejando que los primeros pasos se orienten mayormente en
los terrenos intuitivos, o por lo menos, como he señalado anteriormente,
más cerca del oráculo que del ágora. Encontraríamos
multitud de obras en las que buena parte de su construcción fue
mérito absoluto del subconsciente, aunque ello no significa que
se hallen faltadas de una enorme demostración de conocimiento.
En este sentido cabe señalar que el análisis para descubrir
el cientificismo implícito en cualquier obra artística,
acostumbra a realizarse de forma mas o menos exhaustiva en etapas posteriores
y a lo largo del tiempo, sobretodo en el caso de las obras pertenecientes
al género de las artes perennes, (poesía, pintura, escultura,
arquitectura, etc.).
Con referencia a las artes efímeras, (la danza, el teatro o la
música) cualquier disección posterior será obviamente
incompleta por la falta de presencia de todos los elementos concurrentes
en el acto de ejecución.
Aunque en las artes, el conocimiento minucioso de la forma en que fue
realizada la obra, no lleva implícita su posibilidad de repetición.
Bajo esta premisa las diferencias con el mundo de las invenciones técnicas
o científicas son obvias, pues el objetivo de estas últimas
no es la obra única, sino la repetición e incluso la posible
industrialización del descubrimiento.
Los efectos de repetición industrializada de Las Meninas,
no son las reproducciones, son las impresiones emocionales que a lo
largo de casi cuatro siglos han obtenido sus millones de observadores
en directo. La reproducción e incluso la copia exacta resultan
incompletas, pues ante el publico, carecen de mito. No debemos olvidar
que únicamente la figura original de una Virgen merece todavía
la máxima adoración.
Es indudable que el proceso técnico de construcción del
cuadro de Velázquez constituye un dato secundario respecto a
las emociones y signos que desprende. Quizá este conocimiento
solo sirva exclusivamente para su propia restauración, lo cual
tampoco es despreciable. Pero para reproducir aquella pintura faltaría
un Velázquez con un contexto idéntico, y aun así
sería imprescindible que el artista estuviera en los mismos instantes
emocionales.
Toda la compleja expansión comunicativa de un acto artístico,
contiene una exclusividad y una parte no explicable. En ello precisamente
recae uno de los ingredientes más importantes en la atracción
que emiten las artes sobre los hombres. Si las obras pudieran explicarse
antes de su ejecución, pertenecerían a otro género
de cosas que nada tendría que ver con el arte, porque como decía
Dalí sobre este particular: “El hecho de que ni yo mismo
entienda el sentido de mis pinturas en el momento en que las pinto,
no quiere decir que no lo tengan” o también esta otra máxima
suya: “Para pintar bien hay que pensar siempre en otra cosa”.
Esta primacía del inconsciente sobre la premeditación
mental, tiene la ventaja de conducir al artista mas allá de la
inmediatez de su anécdota personal, de tal manera, que su expresión
tiende a proyectarse como testimonio de las profundidades más
ancestrales de su propia cultura territorial.
Consiguientemente, a medida que aumentan las explicaciones y los análisis
sobre las artes, más nos alejamos del mito, restringiendo así
de forma progresiva su ámbito de sugestión. Esto es algo
irreversible sobre lo que nada se puede hacer, el instinto investigador
del hombre desplaza constantemente los terrenos de lo sorprendente.
Parece como si la metáfora del paraíso terrenal con el
pecado original del conocimiento tratara de proteger la irradiación
de las artes, intentando mantenerlas en la tesitura de lo perenne.
Ello ocurre porque en nuestra valoración actual del arte siguen
conviviendo muchos lazos con los mitos de la antigüedad. La única
posibilidad estaría en ampliar los límites de lo que llamamos
arte a otras disciplinas como la aeronáutica o la ingeniería
molecular. Aunque bajo esta premisa, la contradicción radica
en que el concepto de arte figura en nuestra mente estrechamente ligado
a la austeridad empleada en los medios de expresión.
Las más intensas emociones nos siguen fluyendo a través
de una simple piedra para la escultura, los pigmentos para la pintura,
el cuerpo en los ritos escénicos o el alfabeto para la poesía.
Las sofisticaciones técnicas en este ámbito no han sobrepasado
momentáneamente la idea del parque temático o la exhibición
de efectos especiales.
Aceptando pues que el término “desvelar” tenga ciertos
paralelismos con lo que en las especialidades técnicas venimos
a llamar invención o descubrimiento; en relación con las
artes, dichos conceptos sería más propio utilizarlos en
el terreno concreto de su constante transformación del lenguaje.
Para la ciencia, el lenguaje es una cosa entre otras muchas, ya sean
minerales, vegetales u otros elementos orgánicos de la tierra.
Para el artista es todo lo contrario, estos elementos materiales resultan
siempre secundarios. Incluso un maravilloso violín Stradivarius
(que en si mismo ya se podría considerar una obra de arte) no
posee una relevancia decisiva en la emisión de las emociones
musicales, porque lo esencial en ellas, es la creación de un
lenguaje sensorial mas allá de las indicaciones técnicas
de la partitura, e incluso por encima de la imperfección del
instrumental.
En el caso del teatro, lo fundamental no es un edificio con los mas
sofisticados medios como ahora creen los políticos. Lo esencial
sigue siendo la creación de un lenguaje que por medio del cuerpo
sobrepase la partitura literaria o argumental, desvelando impulsos emocionales
insólitos, y por tanto, capaces de excitar los sentidos hasta
lo sublime. No debemos olvidar que las páginas más gloriosas
de la escena se realizaron iluminadas por una docena de velas y el público
de pie o sentado en bancos de madera. En definitiva, la evolución
del lenguaje parece pues la aportación mas tangible de las artes
a la propia evolución de la humanidad.
Segunda deducción: “El disparo providencial”.
Se me han dado diversas oportunidades para comprobar que la realidad
auténtica sin manipular, no contiene teatralidad o por lo menos
impresión de veracidad.
Pero ninguna situación ha sido para mi tan aleccionadora como
la ocurrida durante las representaciones del espectáculo Álias
Serrallonga aquí en Valencia. La obra recreaba la historia
del famoso bandolero catalán del siglo XVII, y en ella, utilizábamos
pedreñales cargados con pólvora para simular los combates.
En una de las escenas que representaba la ejecución de un traidor
por parte de sus cofrades de la banda, la pólvora que utilizábamos
para disparar los pedreñales a tan poca distancia se taponaba
con polvo de amianto en vez de papel comprimido como cuando se disparaba
al aire para conseguir mayores detonaciones. En las representaciones
de Valencia, hubo un error en el reparto de las armas y el actor al
que se simulaba ejecutar, fue gravemente herido por una bola de papel
que le penetró en los pulmones.
En aquel preciso momento yo estaba situado en otro escenario entre el
público haciendo el personaje del Conde-Duque de Olivares, y
al observar la escena me quedé sorprendido de lo mal que había
muerto el actor, el cual siempre simulaba una muerte muy trágica
ante sus ejecutores.
O sea que para los espectadores, el hecho de que el actor estuviera
a punto de morir de verdad, no sólo les era indiferente, sino
que su sensación fue menor que si le hubieran herido con una
pistola de balines. Pero no acaba aquí la cosa, pues al percatarnos
de su gravedad, cortamos la actuación y me dirigí al publico
por si había un médico en la sala. En el primer momento
la gente se lo tomó a guasa, y no me hicieron el menor caso hasta
después de insistir varias veces. Es muy probable que de haber
simulado la situación de emergencia, me hubieran creído
a la primera.
Tampoco quiere decir esto que la realidad no sea el núcleo central
de nuestro juego. Es imprescindible que la inspiración del actor
se halle fundamentada en algo concreto y lo más aproximado posible
a la autenticidad; de otra manera, se van elaborando copias de las copias
y en consecuencia, la acción escénica se aleja del principio
funcional que poseen las referencias de nuestro entorno. Aunque estas
referencias sin alguien que realce su “brillo y esplendor”
permanecen en la tenuidad de lo convencional.
En otra ocasión, durante el montaje de Yo tengo un tío
en América, una vez decidido que la historia de la conquista
la representarían los pacientes de un manicomio como terapia
de psicodrama, los actores acudían puntualmente al hospital psiquiátrico
de Sant Boi a convivir con los enfermos mentales. Después, en
los ensayos, intercambiaban las experiencias sobre cada uno de los personajes
auténticos, representándolos de manera idéntica.
Lógicamente, una vez construida la obra, el comportamiento de
algunos locos no mostraría las características exactas
que correspondían a la patología representada, pero esta
manipulación de la realidad científica era precisamente
el recurso que confería más veracidad ante el publico.
Si hubiéramos colocado al enfermo auténtico sobre el escenario,
habría pasado por un actor discreto sin que nadie hubiera captado
la dimensión de su drama.
Otro ejemplo: mientras preparábamos Virtuosos de Fontainebleau,
el escritor Lluís Racionero nos confió la presentación
de su libro El Mediterráneo y los bárbaros del norte.
Para ello utilizamos los personajes de los músicos que aparecían
en la obra.
En aquel acto se trataba de simular una orquesta de cámara francesa
en gira por España con motivo de la inminente integración
de nuestro país en la Comunidad Europea. Con este pretexto, en
el transcurso de la presentación del libro, un supuesto cargo
del departamento de Cultura de la Generalitat, interpretado por un actor,
explicaba al público que aquello era una primicia de los conciertos
itinerantes.
Seguidamente, los músicos hacían intención de tocar,
pero antes de iniciar el primer compás, una serie de inconvenientes
técnicos, como podían ser el funcionamiento de las luces
o los ruidos que hacían unos camareros también actores,
irritaban de tal manera a los franceses, que éstos se marchaban
de la sala, increpando al público por la falta de sensibilidad
musical de los españoles.
Pues bien, tales increpaciones, farfulladas sin decir nada concreto,
mediante una simple imitación del tonillo y los sonidos del francés,
provocaron el bochorno de muchos espectadores, y al día siguiente
en el periódico El País apareció una crónica
sobre la desastrosa organización del acto. El periodista se refería
a la precariedad cultural de un país tercermundista como el nuestro,
incapaz de reunir las condiciones necesarias para la actuación
de los famosos Virtuosos de Fontainebleau.
Los preámbulos realistas en forma de parlamentos y la perfecta
caracterización de los personajes, establecieron una convención
de veracidad suficiente para que el espectador se la creyera con total
vehemencia, pese a la descarada realidad de ser increpados en una lengua
parodiada.
Estoy convencido que con los auténticos Virtuosos de Fontainebleau
y su perfecto francés, la situación hubiera sido mucho
menos creíble. El teatro como todo arte, no intenta reconstruir
la realidad, busca la máxima aproximación a la verdad.
Tercera deducción: “Caos-Orden-Caos”
Cuando comienzo a preparar un montaje teatral, dejo que inicialmente
se apodere de mi un caos de imágenes, palabras, sensaciones y
emociones imprecisas que de forma natural me va induciendo el tema escogido.
En los ensayos intento ordenar ese universo caótico con un enorme
esfuerzo de concreción. Debo distribuir minuciosamente el tiempo
y el espacio, para establecer posibles referencias en relación
con el público, y tengo que ordenar mis impresiones inconexas
en un conjunto de signos cercanos a la cultura vivencial del espectador.
Una vez la obra terminada y ya durante su representación, por
muy bien que se haya clasificado todo, el público la recibirá
volviendo a la forma primitiva, o sea, al caos. Pero para que le llegue
en toda su intensidad esta convulsión desordenada, es imprescindible
que durante los ensayos hayamos conseguido dominar los materiales de
transmisión, me refiero a una forma dramática perfectamente
comprensible y ordenada.
En el terreno de la música el proceso resulta más diáfano.
Cuando escuchamos la Cuarta Sinfonía de Brahms, lo que
nos llega, no es la partitura codificada, sino directamente las caóticas
emociones del músico durante la composición de la obra.
Aunque obviamente sin partitura no nos habría llegado nunca,
ni él mismo hubiera conseguido expresar tan detalladamente su
universo emocional.
De aquí se pueden deducir dos conceptos contradictorios. El primero
es que sin las distintas invenciones de lenguaje, la complejidad mental
del hombre expresada sobretodo a través de las artes, se hallaría
hoy en un estadio muy primario. El segundo es una paradoja sobre esta
misma cuestión, porque el mundo contemporáneo de las vanguardias
artísticas, que tenía a su alcance la mayor variedad de
lenguajes de la historia, cae de nuevo en el estadio más primitivo
del hombre al eliminar la imprescindible ordenación del caos
para la comunicación. Se intenta vanamente una relación
directa entre el caos emocional del supuesto artista y su receptor,
con la pretensión de pasar directamente de caos a caos, ahorrándose
el trabajo de síntesis, de referencias, de codificación
semántica apta para la comprensión de los demás.
Por lo general, en vez de la riqueza y la complejidad emocional del
caos, lo que acostumbra a llegar es la sordidez de la incomunicación.
De tal manera que siempre parece que asistimos a la misma obra, ya sea
pintura, teatro, danza o música.
Este clima confuso, alimentado por los tópicos de la modernidad,
que me ha venido rodeando la mayor parte de mi vida, también
me ha llevado a determinar que mi oficio no consiste en ser vanguardista,
ni en hacer crítica social, ni en transgredir los tabúes,
sino básicamente en descubrir la manera más eficaz de
hacer penetrar en los espectadores un conjunto de impresiones intangibles.
Se trata sin duda de una ciencia imprecisa y algo enigmática
que todavía no he llegado a dominar. Sólo poseo algunos
indicios. Quizá porque no se trata de una acción repetitiva
sino que cada vez constituye una forma de descubrimiento en el sentido
Griego aletheia (des-cubrir) descubrir algo que estaba cubierto.
Así llegamos a la cuarta deducción.
Cuarta deducción: “El juego de la vida”
Sería interesante encontrar las razones por las que nuestro país
sigue siendo uno de los pocos donde no se utiliza el verbo jugar para
referirse a la interpretación escénica y en cambio se
utiliza: “trabajar”, vocablo que arrastra connotaciones
algo mortificadoras.
En todo caso jugar al teatro sería un término mucho más
cercano a la dinámica que debe animar a un artista durante la
elaboración de su obra. A través del juego, los animales
y personas nos abrimos paso al conocimiento del mundo circundante. Estoy
refiriéndome al juego en su versión de universo vital,
tal como figura en la niñez. Posiblemente debido a ello, la infancia
constituye el ciclo humano en el que nuestra mirada sobre el entorno
se halla más cercana a la óptica del arte.
Los dibujos o los delirios infantiles nos descubren una visión
mitológica pero también de enorme riqueza sobre la realidad.
Una insólita mirada de la que el niño se irá alejando
en relación a su crecimiento. Paradójicamente, si de adulto
pretende dedicarse a un oficio artístico, deberá penetrar
de nuevo en aquel universo perdido, aunque para definirlo le ponga otros
enunciados como puedan ser surrealismo, dadaismo, expresionismo, etc.
También un recién nacido sabe mantenerse a flote en el
agua y un tiempo después tendrá que volver al aprendizaje
de la natación si no quiere perecer ahogado. Y no digamos la
resistencia de voz del bebé, capaz de berrear durante horas,
lo que para un adulto significaría la mas absoluta afonía,
pues no sabe aplicar ya la respiración diafragmática.
Quizá el proceso de adaptación al mundo adulto constituye
también una paulatina destrucción de la poesía
como interpretación de la realidad.
En resumen, el enorme impulso irracional del juego figura como base
en la construcción de nuestras obras. La sala de ensayos se convierte
en un laboratorio de pruebas donde a través de la multiplicación
de acciones, gestos y palabras se van definiendo o rechazando las cosas
superfluas al núcleo del tema escogido.
El paralelismo con una sesión de Jazz seria quizá la imagen
más cercana al ritual de juego, aunque a diferencia de este procedimiento
musical, en nuestro caso lo que buscamos sería la progresiva
definición de una partitura fija. Es como si utilizáramos
la improvisación del Jazz para acabar componiendo una sinfonía
perfectamente codificada, porque tal como he señalado anteriormente,
ello constituye el proceso que empezando desde lo irracional se accede
hasta la razón.
No obstante, debo precisar que el juego, o sea la improvisación,
no se utiliza con el mismo espíritu de quien juega a las cartas
o al fútbol. El azar en nuestro caso tiene un componente provisional,
porque nuestra pretensión final es el acto perfectamente definido
y sin posibilidad posterior de error.
Nosotros construimos teatro con la creencia de que la convención
del juego nos sirve para plantear al espectador una acción simulada
con mayor capacidad de conmoción que la realidad cotidiana. Ello
sólo puede surgir de un acto preparado con enorme precisión.
Así el publico se entregará a nuesto protocolo y podrá
emocionarse con la escena de forma mucho más intensa que ante
la misma situación colocada en la auténtica realidad.
Se podría afirmar que en el arte, la vida está mas viva
que en la propia vida.
Quinta y última deducción: “Jugar en cuadrilla”
Cuando me hallo bajo la cúpula geodésica convertida en
sala de ensayos, tengo a mi alrededor unos colegas, fieles conjurados
de aventuras y trifulcas teatrales, que me miran con ojos de complicidad.
Somos un reducido grupo de acérrimos individualistas, que paradójicamente
llevamos muchos años de juego en común. El conocimiento
mutuo marca bien claros los límites de nuestras posibilidades,
libera de utopías frustrantes y facilita a cambio la inmediata
comprensión de mis imprecisas escrituras o sugerencias abstractas,
que ellos transforman hábilmente en improvisación práctica.
Obviamente también yo conozco a la perfección las posibilidades
y limitaciones de mis colegas.
Anteriormente, durante mis aproximaciones mentales al tema del montaje,
he mantenido una total lealtad con ellos: ni un solo personaje tenía
un rostro imaginario que no fuera de la banda. No he tenido nunca fantasías
ventajistas con grandes actores famosos de la escena o la pantalla.
La fidelidad es mutua, pues tampoco ellos me ponen los cuernos con otras
metodologías. Practicamos una artesanía colectiva, y en
la medida que se domina la diversidad personal, encontramos a cambio
la clave de la colosal potencia que puede significar la armonía
compartida en cuadrilla. En este sentido el equilibrio entre ética
y estética no debe descontrolarse.
Naturalmente, esto requiere atención sobre algunos aspectos que
pueden parecer marginales respecto a la sustancia creativa, pero que
ignorándolos nos hacemos esclavos de insignificancias miserables,
causantes a menudo de la destrucción de lo más esencial.
El juego armónico entre nosotros no se halla sólo durante
los ensayos o representaciones, precisamente para que todo funcione
es necesario que la armonía fluya también de un buen filing
humano. ¿Cómo es posible embarcarse en una aventura imprecisa
y apasionante, limitada por normativas laborales o sindicales? ¿Cómo
podemos pretender trabajar en una expresión colectiva, si nadie
se siente coautor del acto?
Nosotros compartimos de la misma manera el botín y las persecuciones,
pero para la composición de acciones tan intangibles como las
escénicas, es aun mas necesaria una férrea autodisciplina.
Nuestra banda “Els Joglars” está perfectamente militarizada:
Existe un protocolo jerarquizado basado en el conocimiento y la experiencia.
Están los aprendices, los oficiales y los maestros. Se reparten
los derechos de autor en diferentes proporciones, y participa de ellos
hasta el escenógrafo. No es por mística comunista, sino
porque no creemos que la autoría del arte dramático en
su totalidad sea exclusiva del guionista literario.
Todos estos procedimientos se asientan sobre un concepto esencial: el
tiempo. Sin ese ingrediente, hoy sólo se pueden construir productos
de mercado. El tiempo actúa como filtro de lo que la euforia
del momento nos hace considerar importante; el tiempo ayuda a recobrar
la sensación viva de la espontaneidad perdida con la memorización
mecánica; el tiempo trabajará a favor nuestro para eliminar
las cosas superfluas. Y sobre todo, tomándonos nuestro tiempo,
evitaremos copiarnos a nosotros mismos y podremos seguir investigando
juntos sobre las ocultaciones del entorno o las incógnitas del
lenguaje entre los hombres. Nuestros mayores adversarios no han sido
como creen muchos los poderes fácticos que nos han perseguido
en algunas ocasiones, nuestra mayor lucha la hemos sostenido contra
el mercado que hoy actúa como el mayor enemigo del tiempo.
Y para concluir en la misma tesitura humorística en la que se
sitúa nuestro juego y nuestro trato, quiero detallar una nota
sobre el trabajo colectivo, aparecida anónimamente en la sala
de ensayos. Me parece también una posible óptica del tema.
La
nota decía así:
Decálogo
del proyecto colectivo
1.
Optimismo general
2. Fase de desorientación
3. II Fase de desorientación
4. Confusión total
5. Periodo de cachondeo imparable
6. Búsqueda implacable de los culpables
7. Castigo ejemplar a los inocentes
8. Sálvese quien pueda
9. Discreta recuperación del optimismo perdido
10. Finalización inexplicable de la obra