¿Gozamos practicando nuestro oficio o somos una secta que desarrolla
el masoquismo? Muy a menudo los profesionales del teatro se asemejan
a un orfeón de quejicas, llorando siempre sobre las desgracias
de nuestro oficio y lo mal tratados que estamos.
¿Pero no se trata de un disfrute extraordinario el poder alargar
hasta la tercera edad los sueños y juegos infantiles teniendo,
como voyeurs a cientos de espectadores? No deja de ser una feliz paradoja
con que sobreviva aún en nuestro tiempo un oficio donde no se
construye nada sólido y que una vez terminada una sesión
se volatiliza todo. Somos unos privilegiados, y esto sin contar que
en la mayoría de las veces este oficio se utiliza como terapia
personal de sus practicantes, lo que presupone un ahorro psiquiátrico
considerable.
¡Mucho cuidado, colegas!, nuestra sociedad puede prescindir inmediatamente
de nuestros servicios porque tiene suficiente teatro a su alrededor,
no estamos ya en el oscuro Medievo, donde aún se necesitaba nuestro
divertimiento, hoy no se nos necesita ni como transmisores de acontecimientos;
el telediario sustituye perfectamente nuestras noticias desfasadas.
Algunos ingenuos, tratando de crear mala conciencia, creen que amenazando
con cerrar la barraca van a poner toda la sociedad en jaque; nada más
alejado de la realidad, la única amenaza posible debería
ser intensificar su actividad.
Si alguien sufre haciendo teatro desproporcionadamente al placer obtenido,
debe cambiar de oficio; este es un oficio para morirse de hambre riendo,
para engañar a la Administración en vez de ser engañados
por ésta diariamente, gracias a tenernos con la sardina colgada
del cordel; este es un oficio para cínicos, descreídos
y amorales, pero también de románticos empedernidos. Necesitamos
maliciosos cómicos, no generosos misioneros, porque éstos
son burlados en cada esquina de nuestra profesión y su desencanto
público resulta lamentable.
¿De qué nos podemos quejar? Ahora no se nos destierra,
ni se nos quema; hace ya unos cuantos años que no pisamos cárceles
y ha pasado de moda aquello de tirarnos tomates; nos hemos convertido
en institución.
No hay lugar para decepciones. A estas alturas supongo que nadie se
cree un ápice de las declaraciones de nuestros administradores
culturales, está suficientemente demostrado que lo único
que merece su interés es aquello que por su espectacularidad
servirá al boato, a la institución patrocinadora y, sobre
todo, promocionará el cargo de quien lo promueva.
Pero esto es razonable, porque los políticos culturales siempre
están de paso; el cargo cultural no es para nuestros políticos
un fin en sí mismo, sino la antesala de mejores puestos.
Los comediantes tampoco somos santitos en este juego; escuchamos con
fingido interés las declamaciones político-culturales,
pero estamos únicamente pendientes de la tajada que nos va a
tocar; nuestra cabeza en estas situaciones funciona como una eficaz
calculadora que no la distrae el murmullo lejano de geniales ideas expresadas
por el administrador.
Nadie se cree a nadie. Bajo esta apariencia de filósofo preocupado
por el destino de la humanidad, el farandulero no es más que
un arlequín que busca el pan al precio que sea, se apunta al
partido que le dará más cancha y utiliza el sexo para
colocar al amante o la amante en el papel protagonista. No es aquí
lugar para cantar las excelencias del administrador, pero su radiografía
no resultaría mucho más edificante y, en todo caso, algo
más sórdida que la nuestra.
Somos un oficio de cartón-piedra con una valoración en
los medios de comunicación absolutamente desproporcionada al
número de ciudadanos que somos capaces de reunir en un teatro;
esto son, seguramente, secuelas del pasado glorioso, que desaprovechamos
estúpidamente, o porque nuestro lenguaje resulta ininteligible
y codificado o se convierte en un monólogo vulgar y banal contando
las excelencias del director, del autor, de los maravillosos compañeros
y del público, también maravilloso, al que tanto debemos.
Aunque gozamos del prestigio de gente libertaria y divertida, la realidad
es que hoy somos como funcionarios; es decir, que nuestro carisma está
muy por encima de nuestra realidad, y ante este panorama es mejor aquello
de no meneallo porque cualquier movimiento en falso seria fatal. Hay
que acabar con la palabra "crisis teatral" y no salir en los
medios de comunicación con cara de pena a contar desgracias del
oficio. Que nadie se descomponga, y mucho menos en público.
Si mañana no se hiciera ya teatro en nuestro país, alguien
se ha preguntado fríamente ¿qué pasaría?
La respuesta es mejor guardársela por aquello de la apología
de terrorismo.
Aquí hay que aguantar el pendón con cara de palo, tener
la sinceridad de reconocer lo bien que lo pasamos unos cuantos y si
en última instancia todo el decorado se desmorona, siempre podemos
autocomplacernos con aquella excusa de los teatros vacíos. "Estamos
en una sociedad inculta".