Visitando la exposición del gran realista Gabino en la Sala Parés
he sentido la curiosa sensación de asistir a un acto fuera de
la moda con un cierto regusto marginal. Una sensación gratificante
cuando se trata del arte, que viene avalada además por la seguridad
que esta importante obra no estará presente en el museo de arte
contemporáneo de Barcelona. Tal afirmación no es una simple
hipótesis, sino una constatación basada en informaciones
de prensa que describen las líneas maestras del futuro MACBA.
Naturalmente los realistas están acostumbrados a todo tipo de
rechazos por parte de los oficialistas, les queda únicamente
el honor de ser hoy los nuevos refusées. Pero lo curioso es que
entre los mismos vanguardistas ha surgido ahora la polémica al
conocerse la selección de manualidades a exponer en el museo.
Tampoco les falta razón a los excluidos del cotarro, ya que practicando
todos un galimatías de formas sin referencias, están en
manos del experto de turno para la elaboración del palmarés.
Bajo esta óptica somos muchos los ciudadanos que podríamos
reivindicar nuestro derecho a tener obra en el MACBA, incluso el mecánico
de mi pueblo viene preguntándose por qué los restos de
vehículos esparcidos delante de su taller no constituyen también
una importante escultura conceptual. Es obvio que esta reflexión,
tan simplista como quieran, no se le ocurriría delante de un
Maillol.
Tampoco se trata de utilizar la demagogia casera invocando aquello de
“el pueblo no se equivoca”, pero este sentimiento de fraude
frente al llamado arte contemporáneo es algo abrumadoramente
mayoritario y sin entrar a dilucidar donde está la razón,
existen serias dudas sobre la trascendencia de unas formas que llevan
casi un siglo tratando de imponerse, y no han conseguido interesar más
que a aquellos que comen directa o indirectamente de ellas. Fuera de
estos círculos, no se ha obtenido la mínima aceptación
a pesar de los medios de difusión, y esto es igual aquí,
en Francia o en el Polo Norte. La sorna popular sobre los informalismos
sigue siendo la misma. Con el sobado método de acomplejar al
que no alcanza los herméticos significados, lo único que
se ha logrado es un silencio indiferente y el aumento del taquillaje
en el Museo del Prado.
Cabe preguntarse pues, una vez excluidos los artistas, especuladores,
galeristas, críticos expertos, políticos culturales y
esnobs, ¿a quién interesa este nuevo almacén de
objetos y bricolajes más o menos decorativos, que bajo el nombre
de MACBA nos costará unos miles de millones a los contribuyentes?
No debería crearse una competencia tan desleal al Servicio Estación
con apoyo de la Administración.
Por las experiencias extranjeras se puede prever la soledad de sus salas
una vez inaugurado el invento, naturalmente descontando las consabidas
visitas escolares, de las que nos imaginamos el pasmo de los chavales
que no comprenderán por qué les indujeron a superar las
manchas y garabatos del parvulario, apartándoles así del
camino de la genialidad.
La creación de un museo para artistas vivos, sin el retroceso
histórico que prescinde ya de modas y sintetiza razones profundas
para la selección, constituye un acto de autohomenaje tan frívolo
como arrogante, digno precisamente de un supuesto arte y sus practicantes,
que vienen caracterizándose por mirarse obsesivamente el ombligo,
al plasmar impúdicamente esas propias introversiones, o sea,
una utilización psiquiátrica del arte, camuflando su complejo
montaje económico.
Tengo la impresión que todo este tema, como tantos otros en el
ámbito cultural, se producen porque se goza de la impunidad que
da el desinterés público, estableciéndose por consecuencia
unos cotos privados que sólo podrían legitimarse si utilizaran
también dinero privado.
Pero como aquí el dinero es público y el MACB parece ser
ya un pucherazo irreversible, tenemos derecho a disentir y a preguntar
¿quiénes son estos misteriosos personajes llamados expertos
que deciden a su libre albedrío la selección, exponiéndonos
a sus caprichos, fobias o intereses personales por tratarse precisamente
de obras tan recientes?
De momento, como era de esperar, ha quedado clara la exclusión
del realismo. Esta misma actitud practicada por el museo Reina Sofía
es testimonio del descaro que infunde autoproclamarse vanguardista.
No acabo de comprender qué criterio decide el que un paisajista
actual sea menos moderno que Tàpies, sólo la evolución
futura del arte decidirá quién era el vanguardista, pero
mientras tanto como los dos están vivos son igualmente contemporáneos.
No vayamos a caer en simplismos convirtiendo el gesto de pintar lo que
se ve en algo retrógrado ante los progresistas que pintan lo
que no se ve. Si aplicamos estos conceptos, también en las cavernas
se había dicho todo sobre las nuevas formas.
Da la sensación que los museos contemporáneos actúan
paradójicamente como lo hizo Goebbels, pero esta vez al revés,
tratando la pintura realista como “arte degenerado”.
A estas alturas supongo que queda clara mi falta total de respeto por
los vanguardistas plásticos y su entronización en forma
de museos. Como a tanta gente, me sigue seduciendo el conocimiento del
oficio y el talento creador, surgiendo a veces desde un modesto bodegón.
Porque la humildad temática y la tradición constituyen
hoy un camino más riguroso, arriesgado y heroico, que lo que
pueda expresar el reiterativo rompimiento de referencias frente a Rembrand
o Velázquez, a eso se le llama salir por la tangente. El camelo
de la investigación no puede encubrir ya más este sinfín
de despropósitos.
No me siento nada acomplejado exhibiendo estos gustos, más bien
lo contrario, hago pública mi visita a la exposición de
Gabino y tengo la osadía de disfrutar con sus paisajes, bodegones
o figuras... pero dando por sentada mi fama de desvergonzado, si alguien
decide imitarme le recomiendo que asista a esta clase de exposiciones
debidamente camuflado, no se diera el caso que algún conocido
esnob lo descubriera gozando del “arte degenerado”. Las
consecuencias podrían ser imprevisibles.