ALBERT BOADELLA
LA CASA DEL BRICOLAJE


La Vanguardia, 2 de diciembre de 1992

 



Visitando la exposición del gran realista Gabino en la Sala Parés he sentido la curiosa sensación de asistir a un acto fuera de la moda con un cierto regusto marginal. Una sensación gratificante cuando se trata del arte, que viene avalada además por la seguridad que esta importante obra no estará presente en el museo de arte contemporáneo de Barcelona. Tal afirmación no es una simple hipótesis, sino una constatación basada en informaciones de prensa que describen las líneas maestras del futuro MACBA.
Naturalmente los realistas están acostumbrados a todo tipo de rechazos por parte de los oficialistas, les queda únicamente el honor de ser hoy los nuevos refusées. Pero lo curioso es que entre los mismos vanguardistas ha surgido ahora la polémica al conocerse la selección de manualidades a exponer en el museo. Tampoco les falta razón a los excluidos del cotarro, ya que practicando todos un galimatías de formas sin referencias, están en manos del experto de turno para la elaboración del palmarés.
Bajo esta óptica somos muchos los ciudadanos que podríamos reivindicar nuestro derecho a tener obra en el MACBA, incluso el mecánico de mi pueblo viene preguntándose por qué los restos de vehículos esparcidos delante de su taller no constituyen también una importante escultura conceptual. Es obvio que esta reflexión, tan simplista como quieran, no se le ocurriría delante de un Maillol.
Tampoco se trata de utilizar la demagogia casera invocando aquello de “el pueblo no se equivoca”, pero este sentimiento de fraude frente al llamado arte contemporáneo es algo abrumadoramente mayoritario y sin entrar a dilucidar donde está la razón, existen serias dudas sobre la trascendencia de unas formas que llevan casi un siglo tratando de imponerse, y no han conseguido interesar más que a aquellos que comen directa o indirectamente de ellas. Fuera de estos círculos, no se ha obtenido la mínima aceptación a pesar de los medios de difusión, y esto es igual aquí, en Francia o en el Polo Norte. La sorna popular sobre los informalismos sigue siendo la misma. Con el sobado método de acomplejar al que no alcanza los herméticos significados, lo único que se ha logrado es un silencio indiferente y el aumento del taquillaje en el Museo del Prado.
Cabe preguntarse pues, una vez excluidos los artistas, especuladores, galeristas, críticos expertos, políticos culturales y esnobs, ¿a quién interesa este nuevo almacén de objetos y bricolajes más o menos decorativos, que bajo el nombre de MACBA nos costará unos miles de millones a los contribuyentes? No debería crearse una competencia tan desleal al Servicio Estación con apoyo de la Administración.
Por las experiencias extranjeras se puede prever la soledad de sus salas una vez inaugurado el invento, naturalmente descontando las consabidas visitas escolares, de las que nos imaginamos el pasmo de los chavales que no comprenderán por qué les indujeron a superar las manchas y garabatos del parvulario, apartándoles así del camino de la genialidad.
La creación de un museo para artistas vivos, sin el retroceso histórico que prescinde ya de modas y sintetiza razones profundas para la selección, constituye un acto de autohomenaje tan frívolo como arrogante, digno precisamente de un supuesto arte y sus practicantes, que vienen caracterizándose por mirarse obsesivamente el ombligo, al plasmar impúdicamente esas propias introversiones, o sea, una utilización psiquiátrica del arte, camuflando su complejo montaje económico.
Tengo la impresión que todo este tema, como tantos otros en el ámbito cultural, se producen porque se goza de la impunidad que da el desinterés público, estableciéndose por consecuencia unos cotos privados que sólo podrían legitimarse si utilizaran también dinero privado.
Pero como aquí el dinero es público y el MACB parece ser ya un pucherazo irreversible, tenemos derecho a disentir y a preguntar ¿quiénes son estos misteriosos personajes llamados expertos que deciden a su libre albedrío la selección, exponiéndonos a sus caprichos, fobias o intereses personales por tratarse precisamente de obras tan recientes?
De momento, como era de esperar, ha quedado clara la exclusión del realismo. Esta misma actitud practicada por el museo Reina Sofía es testimonio del descaro que infunde autoproclamarse vanguardista. No acabo de comprender qué criterio decide el que un paisajista actual sea menos moderno que Tàpies, sólo la evolución futura del arte decidirá quién era el vanguardista, pero mientras tanto como los dos están vivos son igualmente contemporáneos. No vayamos a caer en simplismos convirtiendo el gesto de pintar lo que se ve en algo retrógrado ante los progresistas que pintan lo que no se ve. Si aplicamos estos conceptos, también en las cavernas se había dicho todo sobre las nuevas formas.
Da la sensación que los museos contemporáneos actúan paradójicamente como lo hizo Goebbels, pero esta vez al revés, tratando la pintura realista como “arte degenerado”.
A estas alturas supongo que queda clara mi falta total de respeto por los vanguardistas plásticos y su entronización en forma de museos. Como a tanta gente, me sigue seduciendo el conocimiento del oficio y el talento creador, surgiendo a veces desde un modesto bodegón. Porque la humildad temática y la tradición constituyen hoy un camino más riguroso, arriesgado y heroico, que lo que pueda expresar el reiterativo rompimiento de referencias frente a Rembrand o Velázquez, a eso se le llama salir por la tangente. El camelo de la investigación no puede encubrir ya más este sinfín de despropósitos.
No me siento nada acomplejado exhibiendo estos gustos, más bien lo contrario, hago pública mi visita a la exposición de Gabino y tengo la osadía de disfrutar con sus paisajes, bodegones o figuras... pero dando por sentada mi fama de desvergonzado, si alguien decide imitarme le recomiendo que asista a esta clase de exposiciones debidamente camuflado, no se diera el caso que algún conocido esnob lo descubriera gozando del “arte degenerado”. Las consecuencias podrían ser imprevisibles.