¿Existe realmente un instinto que lleva al hombre a representarse
a sí mismo, al prójimo o a la naturaleza que lo envuelve?
Estas acciones que han sobrevivido de la remota antigüedad y que
nosotros llamamos aún teatro ¿corresponden a un instinto
ancestral o son simplemente herencias culturales de vigencia y ámbito
cada día más limitado?
No hay duda que aún podemos trazar una línea genealógica
directa entre aquel hombre que pintaba los bisontes de Altamira y el
pintor actual que ensucia unas telas, a pesar de hacerlo con la sofisticación
técnica del pincel y el color industrializado. Los miles de años
que separan a estos hombres no nos impiden afirmar que se trata de un
mismo instinto: la necesidad de materializar visualmente aquello que
nos envuelve, lo exterior e interior de nosotros mismos.
El primer hombre de teatro, o por lo menos aquel que sintió profundamente
el instinto de la representación, fue un histriónico que,
por medio de una primitiva máscara, una piel de animal o cualquier
otro artefacto que le ayudara en su caracterización, representó
precariamente personajes de ficción, sagrados o paganos, estados
de ánimo eróticos o agresivos. Sus acciones no eran solitarias,
porque la representación no es un instinto solitario, sino un
rito de participación tribal.
Ésta sería la primera esencia del instinto teatral del
hombre, unos se erigirán en iniciadores del rito, los otros en
participantes. El teatro no será, como la literatura o la pintura,
un arte individual y solitario, sino el arte colectivo formado por los
conductores de la acción (actores) y por los que participarán
activa o pasivamente (público).
Hoy a cualquier ciudadano le resultará grotesco reconocer que
el actor pertenece a la misma profesión que el antiguo brujo
tribal, sobre todo porque el teatro en los últimos siglos ha
sido la oposición más absoluta a aquello que podríamos
llamar un rito, y sus protagonistas lo más alejado de un simple
brujo.
Es obvio que cuando hoy se hace referencia a la antigüedad, aunque
sólo sea para buscar las conexiones fisiológicas, instintivas
o culturales que podemos tener con nuestros antepasados remotos, tenemos
tendencia a teñir frívolamente todo lo antiguo como algo
folclórico y subdesarrollado, según nuestro pedante concepto
de estatus europeo. Nos permitimos calificar como superstición,
estupidez o escandaloso aquello que no comprendemos o no sabemos utilizar.
Pero el hecho de que nosotros no comprendamos los mecanismos, no quiere
decir que en su momento la cosa no fuera efectiva. Los antiguos ponían
excrementos de mosca sobre las heridas. ¡Qué aberrante
superstición!, juzgaron los científicos del siglo pasado.
Ahora la ciencia ha descubierto que el detritus de mosca contiene el
compuesto químico Alantoína, que se utiliza para cicatrizar
heridas. El hombre actual tiene la ignorancia de pensar que por el hecho
de vivir en esta época es la mejor de la historia.
¿Por qué se producirá pues este instinto de la
dramatización? Posiblemente la representación de ideas,
imaginaciones, conceptos e imitaciones de la vida es debida a reacciones
diferidas; si un impulso encuentra rápidamente la satisfacción
necesaria, no habrá representación. Toda la vida mental,
imágenes, ideas, conciencia, voluntad, nace de este retraso del
pequeño o gran espacio entre impulso y reacción. Si fuésemos
totalmente o instintivamente satisfechos, si fuésemos una masa
de instintos automáticamente compensados, no tendríamos
representación, ni memoria, ni mímesis, ni drama, ni religión.
El teatro, pues, nacerá del deseo insatisfecho que como toda
la práctica del arte corresponde no sólo a las necesidades
del hombre que lo crea sino también a las de aquel que lo consume.
El arte teatral ya tenía en la antigüedad la función
de terapia social que, aunque híbrida y desteñida ha llegado
hasta nuestros días. La identificación que la gente tendrá
con el actor y el drama revivido por éste, producirá en
el público un fenómeno psicofísico: la expulsión
de substancias nocivas de su cuerpo; de aquí la palabra catarsis,
empleada ya desde muy antiguo para descubrir los efectos del teatro
sobre el público.
El brujo o sacerdote conseguirá que se vivan a través
de él las represiones, las ilusiones, las peripecias del hombre.
Se dará muerte al tirano, el amor triunfará o la muerte,
en última instancia, acabará con todo. Será, pues,
con esta participación, aunque pasiva, del espectador como éste
descargará buena parte de sus deseos incompletos. Se mirará,
también, en el espejo que de él ofrecen los comediantes,
parodiando su propio comportamiento, lo que le llevará a una
reflexión posterior de su manera de vivir. Así llegaremos
a la función moralizadora del drama sobre el hombre, lo que no
quiere decir que para ello el teatro tenga que ser expresión
y difusión de la moral.
Cuando Els Joglars protagonizaron una corta intervención televisiva
que provocó una gran polémica, no hicieron otra cosa que
intentar aplicar una terapia de choque a una sociedad con gran tendencia
a la sacralización de símbolos de todo tipo. El mero hecho
que con cinco minutos traumaticen a una parte del país, no hace
más que demostrar la función terapéutica del teatro
y el poco tiempo que ha transcurrido mentalmente desde aquella vida
tribal. De todas formas hay que reconocer este hecho como una excepción;
el teatro transcurre en nuestra sociedad de forma mucho más anónima.
En los últimos tiempos los signos de existencia del teatro lo
han sido porque les acompañaba la aureola del escándalo;
aparte de estos incidentes aislados, el teatro ha seguido realizándose
en pequeños guetos culturales sin traspasar para nada a la mayoría
de la ciudadanía, que intuye aburrimiento o por lo menos un lenguaje
que no comprenderá. En este sentido sí que dista un abismo
de tiempo entre la representación tribal y nuestra sociedad moderna,
el teatro era antes el arte y la expresión del pueblo. Cuando
se ha levantado el escándalo no ha sido porque todos los ciudadanos
se hayan escandalizado, sino sólo porque unos cuantos se han
sentido atacados y han culpado al resto que se ha creído de propiciar
el escarnio a su moral, encendiéndose, en este punto, la polémica
general y cumpliendo de nuevo el teatro su más ancestral función.
El escándalo acostumbra a ser una palabra cuyo patrimonio casi
exclusivo se reduce a un sector social muy acotado y de moral muy precisa,
por lo menos en nuestro país. Normalmente se aplica esta expresión
para titular frases y exhibiciones que tienen que ver, la mayoría
de las veces, con el mundo de la ficción dramático-literaria
o gráfica. En contadísimas ocasiones se aplica la palabra
escándalo a las acciones humanas reales, de corrupción,
represión o engaño, por citar varios ejemplos.
Cuando el dramaturgo construye una situación escénica
que por sus características es tildada de escandalosa, los vociferantes
se niegan a reconocer que el acto teatral está protagonizado
por el hombre y, por lo tanto, no puede inventarse nada nuevo que no
haya existido ya, porque trabajamos sobre los límites de la medida
mental y física del hombre. Nosotros nos limitamos a mostrar
lo que el hombre puede hacer. Cuando los moralistas dicen escandalizarse
de lo que han visto en la ficción escénica, en todo caso
se estarán escandalizando de lo que los humanos pueden llegar
a ejecutar en la vida real, pero nada más, porque en el escenario
no se mata de verdad.
La hipocresía llega a su máxima expresión cuando
los comediantes muestran el trasero y el fariseo de turno se rasga las
vestiduras porque se le exhibe algo que la naturaleza ha creado y que
él, sin saber por qué, le da un sentido vergonzante, que
además es relativo según la época y lugar que se
realiza. Es el gran ridículo de la intolerancia moralista.
Para el artista no debería existir más moral, o mejor
dicho, más ética que aquella que comporta el conocimiento
y la ejecución impecable de su oficio. El arte es, y sobre todo
ha sido a lo largo de la historia, transgresión constante de
la moral y las leyes establecidas en cada época. Si Velázquez
hubiera tenido en cuenta la ley y la moral de su época, no hubiera
pintado su maravillosa Venus, ni Aristófanes hubiera ironizado
sobre las divinidades griegas, que curiosamente pasaron más rápidamente
que su teatro.
Se me puede argumentar: "Pero es que todo el mundo no es Velázquez
o Aristófanes". Es evidente, pero ellos no sabían
en su época que después serían Vealázquez
o Aristófanes, por lo tanto, la discriminación del derecho
por cuestión de supuesta calidad seria una falacia.
Si no queremos seguir asistiendo a la agonía lenta del teatro
es necesario convertirlo de nuevo en un arte feroz, de incordio, que
sea un cruel espejo de nuestra sociedad, pero que sea también
evasión lúdica de la crueldad reinante; un teatro mágico
por la originalidad de su desfachatez en la época de la homogeneidad.
En suma, un ritual de la provocación, porque la polémica
ratifica la validez del arte, la polémica significará
discusión y debate, nada más positivo. Pero esto, en nuestra
impermeable sociedad, es muy difícil que se produzca.
Nuestro oficio ha caído en manos de funcionarios y no exclusivamente
de funcionarios políticos sino de actores y directores funcionarios,
que hablan obsesivamente de estética, psicología y sociología
y naturalmente de dinero. El teatro es hoy en Europa un pequeño
departamento de los Ministerios y Consejerías de Cultura; es
algo cercano a la arqueología o a los museos. Se trata hoy de
realizar un teatro de bello envoltorio, pero aséptico de transgresión
y crueldad. Un teatro al que se le liman las asperezas para no herir
sensibilidades elitistas, lo contrario significaría el conflicto
entre el creador y la administración económica que necesita
hoy la mayor parte del teatro por culpa de haberlo convertido en arte
minoritario.
Esta es la nueva forma de censura en las democracias. Es finalmente,
una actitud defensiva por parte del poder para que los antiguos brujos
no exciten demasiado el rebaño; sigue siendo un conflicto de
poder entre el jefe de la tribu y el brujo.
Si los hombres del teatro actual conseguimos que se nos persiga por
nuestras obras, como tantas veces ha ocurrido a lo largo de la historia,
significará que habremos atravesado la gruesa piel de indiferencia
de la sociedad consumista y que nuestro rico está vivo, dado
que, por lo menos, aquellos que nos persiguen lo hacen porque creen
que podemos modificar el comportamiento de la tribu. Hay que buscar
pues desesperadamente aquello que provoque la persecución, aunque
sólo sea para constatar si vale la pena seguir haciendo teatro.
Debemos comprobar todos si este instinto ancestral de la representación
sigue siendo útil y necesario para el hombre actual o si por
el contrario ya se ha metamorfoseado en otras formas de expresión
más tecnificadas y por lo tanto más controladas.