ALBERT BOADELLA
EN BUSCA DE LA PROVOCACIÓN


Círculo 2, Suplemento de actualidad cultural nº 6 abril, mayo y junio, Barcelona.

 


¿Existe realmente un instinto que lleva al hombre a representarse a sí mismo, al prójimo o a la naturaleza que lo envuelve?
Estas acciones que han sobrevivido de la remota antigüedad y que nosotros llamamos aún teatro ¿corresponden a un instinto ancestral o son simplemente herencias culturales de vigencia y ámbito cada día más limitado?
No hay duda que aún podemos trazar una línea genealógica directa entre aquel hombre que pintaba los bisontes de Altamira y el pintor actual que ensucia unas telas, a pesar de hacerlo con la sofisticación técnica del pincel y el color industrializado. Los miles de años que separan a estos hombres no nos impiden afirmar que se trata de un mismo instinto: la necesidad de materializar visualmente aquello que nos envuelve, lo exterior e interior de nosotros mismos.
El primer hombre de teatro, o por lo menos aquel que sintió profundamente el instinto de la representación, fue un histriónico que, por medio de una primitiva máscara, una piel de animal o cualquier otro artefacto que le ayudara en su caracterización, representó precariamente personajes de ficción, sagrados o paganos, estados de ánimo eróticos o agresivos. Sus acciones no eran solitarias, porque la representación no es un instinto solitario, sino un rito de participación tribal.
Ésta sería la primera esencia del instinto teatral del hombre, unos se erigirán en iniciadores del rito, los otros en participantes. El teatro no será, como la literatura o la pintura, un arte individual y solitario, sino el arte colectivo formado por los conductores de la acción (actores) y por los que participarán activa o pasivamente (público).
Hoy a cualquier ciudadano le resultará grotesco reconocer que el actor pertenece a la misma profesión que el antiguo brujo tribal, sobre todo porque el teatro en los últimos siglos ha sido la oposición más absoluta a aquello que podríamos llamar un rito, y sus protagonistas lo más alejado de un simple brujo.
Es obvio que cuando hoy se hace referencia a la antigüedad, aunque sólo sea para buscar las conexiones fisiológicas, instintivas o culturales que podemos tener con nuestros antepasados remotos, tenemos tendencia a teñir frívolamente todo lo antiguo como algo folclórico y subdesarrollado, según nuestro pedante concepto de estatus europeo. Nos permitimos calificar como superstición, estupidez o escandaloso aquello que no comprendemos o no sabemos utilizar. Pero el hecho de que nosotros no comprendamos los mecanismos, no quiere decir que en su momento la cosa no fuera efectiva. Los antiguos ponían excrementos de mosca sobre las heridas. ¡Qué aberrante superstición!, juzgaron los científicos del siglo pasado. Ahora la ciencia ha descubierto que el detritus de mosca contiene el compuesto químico Alantoína, que se utiliza para cicatrizar heridas. El hombre actual tiene la ignorancia de pensar que por el hecho de vivir en esta época es la mejor de la historia.
¿Por qué se producirá pues este instinto de la dramatización? Posiblemente la representación de ideas, imaginaciones, conceptos e imitaciones de la vida es debida a reacciones diferidas; si un impulso encuentra rápidamente la satisfacción necesaria, no habrá representación. Toda la vida mental, imágenes, ideas, conciencia, voluntad, nace de este retraso del pequeño o gran espacio entre impulso y reacción. Si fuésemos totalmente o instintivamente satisfechos, si fuésemos una masa de instintos automáticamente compensados, no tendríamos representación, ni memoria, ni mímesis, ni drama, ni religión. El teatro, pues, nacerá del deseo insatisfecho que como toda la práctica del arte corresponde no sólo a las necesidades del hombre que lo crea sino también a las de aquel que lo consume.
El arte teatral ya tenía en la antigüedad la función de terapia social que, aunque híbrida y desteñida ha llegado hasta nuestros días. La identificación que la gente tendrá con el actor y el drama revivido por éste, producirá en el público un fenómeno psicofísico: la expulsión de substancias nocivas de su cuerpo; de aquí la palabra catarsis, empleada ya desde muy antiguo para descubrir los efectos del teatro sobre el público.
El brujo o sacerdote conseguirá que se vivan a través de él las represiones, las ilusiones, las peripecias del hombre. Se dará muerte al tirano, el amor triunfará o la muerte, en última instancia, acabará con todo. Será, pues, con esta participación, aunque pasiva, del espectador como éste descargará buena parte de sus deseos incompletos. Se mirará, también, en el espejo que de él ofrecen los comediantes, parodiando su propio comportamiento, lo que le llevará a una reflexión posterior de su manera de vivir. Así llegaremos a la función moralizadora del drama sobre el hombre, lo que no quiere decir que para ello el teatro tenga que ser expresión y difusión de la moral.
Cuando Els Joglars protagonizaron una corta intervención televisiva que provocó una gran polémica, no hicieron otra cosa que intentar aplicar una terapia de choque a una sociedad con gran tendencia a la sacralización de símbolos de todo tipo. El mero hecho que con cinco minutos traumaticen a una parte del país, no hace más que demostrar la función terapéutica del teatro y el poco tiempo que ha transcurrido mentalmente desde aquella vida tribal. De todas formas hay que reconocer este hecho como una excepción; el teatro transcurre en nuestra sociedad de forma mucho más anónima.
En los últimos tiempos los signos de existencia del teatro lo han sido porque les acompañaba la aureola del escándalo; aparte de estos incidentes aislados, el teatro ha seguido realizándose en pequeños guetos culturales sin traspasar para nada a la mayoría de la ciudadanía, que intuye aburrimiento o por lo menos un lenguaje que no comprenderá. En este sentido sí que dista un abismo de tiempo entre la representación tribal y nuestra sociedad moderna, el teatro era antes el arte y la expresión del pueblo. Cuando se ha levantado el escándalo no ha sido porque todos los ciudadanos se hayan escandalizado, sino sólo porque unos cuantos se han sentido atacados y han culpado al resto que se ha creído de propiciar el escarnio a su moral, encendiéndose, en este punto, la polémica general y cumpliendo de nuevo el teatro su más ancestral función.
El escándalo acostumbra a ser una palabra cuyo patrimonio casi exclusivo se reduce a un sector social muy acotado y de moral muy precisa, por lo menos en nuestro país. Normalmente se aplica esta expresión para titular frases y exhibiciones que tienen que ver, la mayoría de las veces, con el mundo de la ficción dramático-literaria o gráfica. En contadísimas ocasiones se aplica la palabra escándalo a las acciones humanas reales, de corrupción, represión o engaño, por citar varios ejemplos.
Cuando el dramaturgo construye una situación escénica que por sus características es tildada de escandalosa, los vociferantes se niegan a reconocer que el acto teatral está protagonizado por el hombre y, por lo tanto, no puede inventarse nada nuevo que no haya existido ya, porque trabajamos sobre los límites de la medida mental y física del hombre. Nosotros nos limitamos a mostrar lo que el hombre puede hacer. Cuando los moralistas dicen escandalizarse de lo que han visto en la ficción escénica, en todo caso se estarán escandalizando de lo que los humanos pueden llegar a ejecutar en la vida real, pero nada más, porque en el escenario no se mata de verdad.
La hipocresía llega a su máxima expresión cuando los comediantes muestran el trasero y el fariseo de turno se rasga las vestiduras porque se le exhibe algo que la naturaleza ha creado y que él, sin saber por qué, le da un sentido vergonzante, que además es relativo según la época y lugar que se realiza. Es el gran ridículo de la intolerancia moralista.
Para el artista no debería existir más moral, o mejor dicho, más ética que aquella que comporta el conocimiento y la ejecución impecable de su oficio. El arte es, y sobre todo ha sido a lo largo de la historia, transgresión constante de la moral y las leyes establecidas en cada época. Si Velázquez hubiera tenido en cuenta la ley y la moral de su época, no hubiera pintado su maravillosa Venus, ni Aristófanes hubiera ironizado sobre las divinidades griegas, que curiosamente pasaron más rápidamente que su teatro.
Se me puede argumentar: "Pero es que todo el mundo no es Velázquez o Aristófanes". Es evidente, pero ellos no sabían en su época que después serían Vealázquez o Aristófanes, por lo tanto, la discriminación del derecho por cuestión de supuesta calidad seria una falacia.
Si no queremos seguir asistiendo a la agonía lenta del teatro es necesario convertirlo de nuevo en un arte feroz, de incordio, que sea un cruel espejo de nuestra sociedad, pero que sea también evasión lúdica de la crueldad reinante; un teatro mágico por la originalidad de su desfachatez en la época de la homogeneidad. En suma, un ritual de la provocación, porque la polémica ratifica la validez del arte, la polémica significará discusión y debate, nada más positivo. Pero esto, en nuestra impermeable sociedad, es muy difícil que se produzca.
Nuestro oficio ha caído en manos de funcionarios y no exclusivamente de funcionarios políticos sino de actores y directores funcionarios, que hablan obsesivamente de estética, psicología y sociología y naturalmente de dinero. El teatro es hoy en Europa un pequeño departamento de los Ministerios y Consejerías de Cultura; es algo cercano a la arqueología o a los museos. Se trata hoy de realizar un teatro de bello envoltorio, pero aséptico de transgresión y crueldad. Un teatro al que se le liman las asperezas para no herir sensibilidades elitistas, lo contrario significaría el conflicto entre el creador y la administración económica que necesita hoy la mayor parte del teatro por culpa de haberlo convertido en arte minoritario.
Esta es la nueva forma de censura en las democracias. Es finalmente, una actitud defensiva por parte del poder para que los antiguos brujos no exciten demasiado el rebaño; sigue siendo un conflicto de poder entre el jefe de la tribu y el brujo.
Si los hombres del teatro actual conseguimos que se nos persiga por nuestras obras, como tantas veces ha ocurrido a lo largo de la historia, significará que habremos atravesado la gruesa piel de indiferencia de la sociedad consumista y que nuestro rico está vivo, dado que, por lo menos, aquellos que nos persiguen lo hacen porque creen que podemos modificar el comportamiento de la tribu. Hay que buscar pues desesperadamente aquello que provoque la persecución, aunque sólo sea para constatar si vale la pena seguir haciendo teatro. Debemos comprobar todos si este instinto ancestral de la representación sigue siendo útil y necesario para el hombre actual o si por el contrario ya se ha metamorfoseado en otras formas de expresión más tecnificadas y por lo tanto más controladas.