Para un actor lo más importante es conseguir que su personaje
provoque la alucinante sensación de la existencia real. Para
un dramaturgo lo esencial será conseguir que su obra traspase
las paredes del teatro y por consiguiente que la farsa se transforme
en realidad a través de la reacción de les sectores sociales
que se sientan tocados por la ficción, lo segundo no puede darse
generalmente sin lo primero y no hay duda que ambas cosas se dieron
en Teledeum. Pero el mérito en este caso está
sobretodo en la sociedad española, una sociedad todavía
vibrante en el interior de la comunitaria somnolencia europea, una sociedad
capaz de creer que el teatro es también vehículo de injurias,
profanaciones y transgresiones, o sea un arte capaz de transformar y
por tanto de modificar lentamente el comportamiento del personal.
No merecíamos tanto honor, tengo que confesar que no fuimos tan
lúcidos como para preveer la magnitud de las reacciones ante
lo que estábamos creando, tampoco se puede afirmar que actuáramos
con una absoluta inconsciencia, pues hay un detalle que Els Joglars
valoran cada vez más, y que ha sido detonador en varias ocasiones
de fenómenos parecidos: el pensar que nos dirigíamos a
una sociedad que ha permanecido impermeable a la modernidad (muy a menudo
producto de frivolidad) y que rascando ligeramente por encima de la
pátina demócrata constitucional aparecen con fuerza inusitada
sus más ancestrales fetiches. Hacer teatro en este país
sin tener en cuenta este detalle, es trabajar para marcianos o para
cuatro cultos caballeros que han confundido el lugar sagrado donde se
ejecuta el rito pagano teatral con una tertulia donde se citan bellas
frases ocurrentes pero en general teñidas todas de claves propias
y herméticas, para aquellos que no forman parte de este elegante
club privado. El teatro es para la mayoría de los ciudadanos
como una logia masónica.
Teledeum coloca a Els Joglars en una posición clara
frente a la sociedad española de la misma forma en que lo hizo
en su día La Torna, y pongo especial acento en esta
situación porque me parece imprescindible que el artista tome
una posición en su propia sociedad, no me refiero naturalmente
a un posicionamiento político, que sería simplemente un
detalle anecdótico, me refiero al estar en conflicto con la propia
sociedad o por lo menos con algunos sectores de ella. No puede existir
artista y menos en teatro sin un conflicto interior que se traduzca
en exterior. La opción de representar "el repertorio"
no es más que una actitud de viles comerciantes de la cultura
y tenderos del arte muy acorde con el momento en que vivimos, donde
todo conflicto es susceptible de ser tildado de terrorismo, donde las
formas más dispares se tiñen del mismo color dentro del
baño de gel democrático europeo. Pero nada tan opuesto
a la democracia como las expresiones artísticas, el arte es una
auténtica dictadura de los sentidos, es feroz, terrorista, cruel,
incordiante, incoherente, blasfemo, iconoclasta y a veces barbitúrico,
podríamos añadir un sinfín de adjetivos que hacen
de sus practicantes auténticos "maquis" entre la somnífera
paz de las urnas.
Hay que conseguir de nuevo para los comediantes la histórica
persecución, hay que conseguir que los gobiernos se averguenzen
de nosotros y desaparezcamos como departamentos de los Ministerios o
de las Consejerías de Cultura para pasar a formar parte de un
problema del Ministerio del Interior. Sólo así quedará
un nuevo teatro que ponga en entredicho el culto espectáculo
que se ha venido realizando en nuestra propia casa desde hace cerca
de trescientos años. Sólo el riesgo nos traerá
de nuevo el público que espera inconscientemente que sus comediantes
se comporten como tales, pero no se trata únicamente de riesgo
económico que es el único que exhiben los tenderos cuando
hablan de riesgos, se trata del riesgo social, el de estar en las listas
negras y ¿por qué no?, el riesgo físico, como nuestros
antepasados que tenían que salir corriendo del escenario para
salvar su integridad física.
Desde este punto de vista, Teledeum nos abrió de nuevo
las puertas del conflicto, pues hay sectores que van a por nosotros
y esto es un lujo que no da posibilidad al paso atrás. Hemos
encontrado la drogadicción en las diatribas del "A B C",
en las homílias cardenalícias, en los comentarios viciosos
de la progresía que nos trata con suficiencia paternalista, en
la literatura de los autos de procesamiento, etc, etc.
Cuando se consigue tener esto cerca del año 2000 y dentro del
Mercado Común, uno tiende a pensar que tiene como hombre de teatro
a la diosa Talia a su lado.
Es casi imposible tener una visión distanciada sobre uno mismo
para saber donde se encuentra, pero según los protestantes evangelistas,
Dios da algunos signos a los elegidos durante su vida para que no se
desanimen, pues bien, a los hombres de teatro también nos llegan
signos para saber si estamos en el recto camino: a fulanito le gusta,...
muy mal, a este no le gusta..., estamos bien orientados, nos dan un
Premio Nacional..., fatal, un cargo artístico..., muertos, los
intelectuales se aburren..., fantástico, la crítica se
pone histérica ante el "bodrio"..., genial. En fin,
no siempre son científicos estos datos simplistas pero observados
en relación a los acontecimientos históricos resultan
estadísticamente bastante fidedignos, por lo menos, no tenemos
otros mejores para utilizar como barómetro, y es que sin lugar
a dudas a Els Joglars los han hecho, sobretodo, sus numerosos y variados
detractores, "dime que detractores tienes y te diré quien
eres".