GLÒRIA ROGNONI
VIATJE INICIÁTICO A LA UTOPIA


En Cuadernos El Público núm. 29, Diciembre 1987
 
Glòria Rognoni en 1980


Mi viaje a la utopía podría empezar así: cuando era una adolescente de familia media de lo más normal, iba a un colegio de monjas también normal y corriente, por lo que enseñaban diría que menos que normal y corriente, de aquellos de la cultura general y los estudios de “comercio”. El año que empezaron a impartir el bachillerato, a mi padre se le declaró una tuberculosis y las cosas fueron de manera que tuve que seguir la cultura general sin hacer el bachillerato. A mis diceiséis años no tenía demasiadas expectativas en la vida, realmente no sabía qué hacer. Me veía demasiado mayor para ponerme a hacer el bachillerato. Entre otras asignaturas que aprendía en la Escola de la Dona (Escuela de la Mujer), estudiaba italiano, por aquello de que soy de origen italiano. En el Instituto Italiano donde lo estudiaba, hacían cine y actividades culturales y un día asistí a una representación teatral, La Commedia degli Zanni, interpretada por una compañía de Venecia. No era teatro convencional, era comdeia del arte. Recibí el primer flechazo de mi vida. “¡Esto es lo que quiero hacer, teatro!” Al cavbo de poco tiempo un grupo llamado Els Joglars actúa en una sala de Barcelona. Tampoco es teatro convencional. Hacen mimo. Me impresionó mucho. Conseguían exclusivamente con el gesto, en silencio, desde hacer reír hasta emocionar. Me sedujeron, me convertí en fan. Llevaba a mis amigos, me sabía de memoria los “sketches”, me gustaban muchísimo, hasta el punto que me los sabía tanto que, a pesar mío, era capaz de encontrarles incluso algunos defectos. Me enteré de que uno de los directores de Els Joglars, Albert Boadella, hacía un cursillo de mimo, pero ya estaba empezado desde hacía una semana y no había plazas. Era terrible. Pensé que si no podía entrar en el cursillo me matricularía en el Instituto del Teatro.
Era maravilloso sentir que sabías lo que querías de la vida.
Afortunadamente, conseguí formar parte de aquel cursillo. Se impartía en el Cercle Artístic Sant lluc. Tres días a la semana, de 7 a 10. Albert Boadella era un chico muy joven, 18 años, pocos meses mayor que yo. Impartía el curso con una seriedad total. Ya entonces sabía enseñar muy bien. Debía ser algo innato. Como en los ensayos, comunicaba tranquilidad, ideas y sobre todo, un estilo distinto, pero era muy serio. El caso es que al final de aquel cursillo se hacía un examen y los tres que obtuviésemos la mejor nota podíamos entrar a formar parte del grupo. Un día, Albert, me preguntó:
- Tú debes haber hecho ballet, ¿verdad?
- No, no he hecho nunca, pero voy todas las mañanas a un gimnasio, hacemos manos libres, barra, trapecio...
Interpreté la pregunta como una insunuación de que tenía un gesto demasiado armónico, flojo, de expresividad un poco blanda. Aquel comentario me preocupó muchísimo.
Al acabar el cursillo, que duró como un curso académico, me examinaron en el teatro del Instituto Francés. Era el primer teatro que pisaba. La audiencia era considerable. Totos los componentes de Els Joglars, Anton Font, Carlota Soldevila, estaban presentes. ¡Ah, qué terror! Focos y público. El corazón iba a mil por hora. Daba pavor, pero me atrevía al mismo tiempo. Tenías que escoger un sobre donde te indicaban los ejercicios que tenías que hacer. Andar por un terreno pantanoso, andar sobre un punto. Hacer el color blanco. Finalmente, lo más comprometido, ejecutar un “sketch” de dos minutos en solitario, que debías haber preparado. Y a esperar la calificación.
En el colegio al que yo había ido, las monjas cuando daban las calificaciones lo hacían empezando por la más baja e iban subiendo hasta llegar a la primera. O sea que cuando Albert, después de un pequeño preámbulo en el que explicó muy seriamente los criterios de evaluación que habían seguido, empezó a dar el veredicto, dijo:
-¡Gloria Rognoni!
“Tan mal, la última, la peor, no me lo esperaba”. No fui capaz de decir nada más. El corazón a tres por hora. Hasta que Anton Font se me acercó; me dijo:
-Bienvenida a Els Joglars.

SOSTENER EL CARTEL
Pasado el verano, hacia el mes de septiembre, empezamos a trabajar. En aquella época, en Els Joglars estaban Anton Font, Carlota Soldevila, Griselda Barceló... que eran los mayores, y luego los miembros más jóvenes que habían entrado como yo. Pero, ¿y Albert Boadella? Yo creía que él también era director de Els Joglars pero no le veía hacer nada, no decía ni pío, todo lo hacía Anton Font. ¿Qué hacía Albert? Él iba a lo suyo. No lo veías, pero de repente oías decir a alguien “¿dónde están los pantalones?, ¡no me puedo ir a casa con las mallas!”. No fallaba: Albert los había escondido. Descubro atónita que Albert, tan serio y responsable en el cursillo, es un “bandarra” que durante los ensayos está exclusivamente dedicado a hacer el gamberro. La batuta de Els Joglars la llevaba, en efecto, Anton Font y el grupo estaba compuesto por Carlota, Griselda, Anton y Albert, que en las actuaciones tenían sus números personales, que eran los protagonistas, y luego, nosotros, que nos autodenominábamos los mimos de cercanías, puesto que nos consideraban más bien como figurantes. A Albert no le veías ensayar nunca, pero tenía unos “sketches” personales que estaban muy bien, con un sentido del humor, una ironía y un estilo muy personal. Se alejaba del tipo de cosas que hacía Anton Font que, aunque lo hiciese muy muy bien se ceñía a la escuela clásica al estilo de Marcel Marceau; algunos números eran, incluso firmados por Marcel Marceau.
Ahora entiendo que en aquella época Albert, en Els Joglars, artísticamente hablando, se aburría; toda la carga que llevaba dentro la expulsaba ejertitándose sin parar en el arte de lo que el denominaba “hacer putadas”, definición que siendo de por sí una palabrota, a mí me dejaba helada.
Los espectáculos de aquellos primeros Els Joglars eran una serie de “skeyches”, entre uno y otro el escenario se quedaba a oscuras y aparecía un cartel de madera alargado con el título del número. El cartel lo sostenía alguno de los mimos de cercanías completamente quieto, eso era importantísimo, en actitud cómica o trágica, según el “sketch” que se anunciaba. Así debuté, sosteniendo el cartel que, a mi pesar, el temblor de la emoción de responsabilidad, el miedo, hizo mover, espero que imperceptiblemente. Y así aprendí el oficio, siguiendo los pasos de una carrera teatral como se solía hacer, ir haciendo poco a poco cosas más importantes...
En aquella época, Els Joglars habían llegado a ser mucha gente, catorce o más; ensayábamos por las noches dos o tres días a la semana y representábamos sábados y domingos, éramos “amateurs”. Todo esto coincidía con la época de la irrupción dela “Nova Cançó Catalana” y a menudo hacíamos actuaciones compartida, media parte Els Joglars y media parte Nova Cançó, Serrat, Llach, Espinàs, Raimon, Pi de la Serra, más tarde Mª del Mar Bonet...
Llegó el momento en que hicimos la primera salida al extranjero. Fuimos invitados al festival de mimo de Zurich, que recuerdo especialmente porque allí fue donde Albert planteó que le gustaría ser profesional. Se trataba de profesionalizar la compañía, reduciéndola a cinco o seis personas.
Visto en perspectiva, yo diría que el estilo y el gusto de Anton Font empezaba a ser un poquitín cursi. En realidad, Els Joglars habían llegado a ser un poco relamidos, tanto en lo cómico como en lo trascendente o poético. Una vez Albert propuso dirigir un “sketch”. Se llamó Inconseqüència, sobre la guerra, aquello ya era otra cosa, otro estilo. Tal vez ahora lo encontraríamos horrible, pero creo que muy bien se podría considerar como el embrión de lo que sería Els Joglars en el futuro.
Cuando Albert Boadella propuso la profesionalización, Anton y Carlota estuvieron de acuerdo en cederle el nombre y que se profesionalizase. Le dieron toda la confianza para que él eligiera y organizase las cosas. Allí mismo, en Suiza, le dijeron:
- Va, si ya sabes a quién quieres escoger, dínoslo.
Hizo una pequeña selección y nos quedamos cinco o seis. Había quien no quería ser profesional. Tenían profesiones que les interesaban más y que aunque Albert se lo hubiera propuesto, habrían dicho que no. Porque, entonces, Els Joglars, para muchos, era más bien un “hobby”.
Realmente, allí empezó una nueva etapa. Para mí, vital. Cuando yo entré a formar parte de Els Joglars, venía de las monjas. Y aunque en el colegio y en casa estuviese considerada como una rebelde, en Els Joglars yo había descubierto que no era más que una niña buena ingenua y tonta de educación bastante conservadora, que tenía muchísimo que aprender, empezando por la práctica corriente del taco, que en casa no solía oirse, hasta el ejercicio de la libertad personal.
Poco a poco, me fui espabilando.

LA AVENTURA PROFESIONAL
Cuando se optó por la profesionalización, se había decidio que Albert se quedaría con el nombre del grupo y Carlota Soldevila y Anton Font, considerando que el nombre de Els Joglars, que ya se había creado un prestigio, no acabase perdido, harían una especie de supervisión periódica o de seguimiento del trabajo, ejercitando una especie de control de imagen, por decirlo de alguna manera, sin estar vinculados totalmente. Al parecer, yo debía ser la persona más formal del grupo, puesto que Anton y Carlota me dijeron que yo podía ser la persona adecuada para velar por el buen funcionamiento y pedirles el control y la supervisión si convenía, considerando que Albert era un elemento de primera y que sabía mucho pero que era un poco alocado y existía el peligro de que ciertas cosas que requerían más seriedad no las llevase del todo bien y que incluso los ensayos, vaya usted a saber... Yo dije que en el cursillo se había dado una faceta tal vez muy insólita de Albert, la de responsable, serio y trabajador, y que creía que no nos haría falta ayuda ni supervisión alguna. Y, efectivamente, Carlota y Anton, con mucha elegancia, nunca nos supervisaron, y aquella lógica desconfianza hacia quien se había ganado merecidamente su fama, resultó infundada. Precisamente, la lógica desconfianza, tanto para Albert como para las personas que nos quedamos con él, fue estímulo para llevar adelante el trabajo, a pesar de la tendencia al desenfreno; era un reto que debíamos ganar y empezamos a trabajar a todo gas y de una forma nueva.
El camino fue muy importante. En primer lugar, los ensayos se conviertieron en una gran diversión. En segundo lugar y fundamental para la trayectoria de Els Joglars, se iniciaron las improvisaciones. Era apasionante sentirse completamente implicada en la obra que estabas haciendo. Estabas creando, aportando todo cuanto podías, todo cuanto sabías, no interpretando solamente. Trabajamos muchísimo e hicimos las primeras innovaciones: una línea argumental, El diari. Romper el silencio, introducir sonidos y expresiones y la palabra, aunque grabada. Escenografía, un plafón que simulaba la hoja de un diario. Partes de este plafón giraban y en ellas aparecían letreros o dibujos alusivos a lo que estábamos representando, incluso en las caras blancas que aún conservábamos nos hicimos una boca y unos ojos muy grandes, esperpénticos.
Cuando El diari estuvo listo, organizamos la “Primera Setmana de la Pantomima” y nos instalamos en una casa con piscina que tenían unas monjas en Parets. Participaron todos los grupos de mimo –entonces Anton Font tenía otro grupo-, gente de Mallorca, Albert Vidal, todos los que empezaban a hacer cosas de mimo. Porque a partir de Els Joglars, aunque no hubiesen sido muchos años, ya habían ido apareciendo otros grupos. Sí, era como una especie de vanguardia, aquello. El nuevo teatro y la nueva canción, un movimiento joven que en Barcelona y en Catalunya estaba surgiendo con una fuerza extraordinaria.
Y dentro de aquella “Semana de la Pantomima” que habíamos organizado, Els Joglars nos reservamos el privilegio de estrenar El diari el último día, en la clausura, un sábado, a la cual vino la gente de Barcelona. Fue magnífico. Uno de los momentos más emocionantes y fuertes que recuerdo. Porque, naturalmente, había la expectativa creada de ver que habíamos hecho aquella pandilla. Y fue un éxito inenarrable. Aunque los grupos participantes eran interesantes, todos seguían la línea que Els Joglars habían seguido hasta entondes. En cambio, El diari ya partía de una idea unitaria y con un humor sarcástico hacíamos crítica social y política y nos reíamos de los sucesos, las necrológicas, los espectáculos, los anuncios... Para nosotros, aquella presentación fue una satisfación enorme. Anton quedó encantado y Carlota, una mujer que yo definía como ecuánime, estaba emocionada, todo el mundo un poco impresionado... A partir de aquí arranca con fuerza la nueva etapa.

El joc


El montaje siguiente fue El joc.
Aquel espectáculo se creó a partir del “método Fabra”. Porque en El diari, el punto de partida era, claro, el diario. Para El joc se había de encontrar también un punto de partida. El “método Fabra” consistía en coger el diccionario de Pompeu Fabra, abrirlo al azar y coger la primera palabra que encontrásemos, “absorción”, ¡pues adelante!, ¡a improvisar todos sobre la absorción! A partir de aquí, íbamos haciendo y atando cabos. Albert siempre ha tenido la gran virtud de ver enseguida cosas aprovechables en lo que hacíamos, yendo a menudo más lejos de lo que tú pretendías y de encontrar una serie de sentidos y probables interpretaciones y de dónde podía ir a parar... Y así se iba trabajando.
El joc parte realmente de este “método Fabra” que últimamente alguna vez se ha vuelto a utilizar y que es la más libre de las formas de improvisar.
El joc coincide con un momento de gran empuje. Además de la profesionalización, en aquellos momentos se puso en marcha “Estudis Nous de Teatre”, aquella escuela en un local de la calle Aribau que también dirigía Montanyès. Era la época en que tuvo lugar el Festival Cero en San Sebastián, que propició el lanzamiento del grupo a nivel estatal. En aquel festival había gentes de todas partes, todo estaba muy politizado, se producían unas asambleas multidinarias, donde todo el mundo hablaba menos nosotros que no abríamos la boca. Quizás la única que decía algo era Marta, la primera mujer de Albert, aunque si intervenía era principalmente por el gusto de hablar, no porque tuviese unos ideales políticos concretos como tenían la mayoría de la gente que estaba allí.
Pero a la hora de la verdad, los teóricos de la política presentaban unos espectáculos clásicos y moderados, mientras que nosotros sorprendimos por nuestro estilo jocoso que al mismo tiempo sobrepasaba los límites de lo políticamente permisible en aquellas épocas de dureza franquista. Puede decirse, en honor a la verdad, que fuimos la revelación del festival de San Sebastián.
A partir de entonces ya no paramos de trabajar. Incluso nuestra participación en la iniciativa de “Estudis Nous” iba quedando un tanto relegada.
¡Fuera trabajos complementarios! Els Joglars podíamos, al fin, dedicarnos exclusivamente al teatro.

EL HILO DE ARAÑA
Anécdotas sobre Albert Boadella (secundarias para nosotros) hay para llenar un libro. Antes de la profesionalización, cuando íbamos a un pueblo a actuar y estábamos haciendo uno de aquellos “sketches” trascendentales, no era raro que él se las ingeniara para encontrar, yo qué sé, un farol de teatro, por ejemplo, y que en el momento del número que convenía –porque sabía encontrar el momento justo- lo hiciese caer con un hilo tras la cámara negra. Luego, alguien del público te comentaba muy seriamente el posible significado de aquella salida:
-En el momento en que el personaje estaba pariendo, aquella gran barriga de la cortina negra del fonfo significaba la criatura que nacía, ¿no?
-Sí, señora, naturalmente.
¿Qué podías decir?
Siempre, no lo puedo evitar, asociaré a Albert Boadella con el temible hilo de araña.
La vida en Els Joglars siempre ha estado marcada por el juego, realmente.
Els Joglars no hacíamos vida comunitaria, aparte de cuando era estrictamente necesario, es decir, cuando íbamos de gira y a partir de Mary d’Ous, en que se empezó a ensayar en la casa de Albert, en Pruit, aunque los días libres cada cual se iba a su casa. Siempre se han mantenido las propias amistades y la, digamos, vida privada de cada cual. En eso siempre hemos sido muy catalanes y muy profesionales, nosotros. El trabajo es el trabajo y los amigos, los amigos. Aunque, evidentemente, había unos lazos muy fuertes con la gente con la que trabajabas.
El otro día me decían: “Oh, es que vosotros ya os planteabais una postura política”. Y a mí me parece que no. No es que nosotros nos planteásemos un objetivo político. Lo que sí es cierto es que las inquietudes, el inconformismo, la rebeldía y el sentido del humor que nos caracterizaban, hacían surgir en las improvisaciones temas atractivos, pero que, evidentemente, podían resultar conflictivos. Y aquí es donde no nos deteníamos, no nos acordábamos, al contrario, nos divertíamos, disfrutábamos intentando llegar más allá de los límites de lo permisible. La censura en aquellos momentos era cruenta. El riesgo venía a ser la motivación de la propia motivación.
Alguien me ha preguntado si aquella actitud era realmente compartida y espontánea en todos los miembros de la compañía o bien era una cosa que Boadella nos había inculcado. Probablemente, cuando Albert escogió a la gente que quería tener a su lado, debía pensar, por supuesto, en las personas que mejor pudiésemos jugar el juego que a él le gustaba jugar. No olvidemos que entonces Albert no era el personaje famoso y respetado que ahora es, sino que era uno más de la pandilla, quizás algo más gamberrete que los otros, pero nada más. Todos le seguíamos la corriente, sí; pero, a veces, las gamberradas también salían de los otros.
Esta actitud era un hecho realmente colectivo. Llegó a ser un estilo de vida.
Desde mi punto de vista personal, aquella aventura era total. Porque aquella especie de libertad que había comportado la profesionalización, te había empujado a tomar muchas determinaciones importantes en el terreno personal. En aquella época, el hecho de irse de casa de los padres era una decisión que marcaba muchísimo la vida de una persona. Trabajar con Els Joglars comportó realmente una opción de libertad personal bastante atrevida para el tono de los tiempos.
Esa manera especial de vivir marcada por Els Joglars podría definirla como una manera “lúdica” de vivir, bastante anticatalana, diría, en un sentido idiosincrásico, una manera muy lúdica de enfocarlo todo, desde esta conciencia política que nunca nos habíamos planteado en tales térmicos sino como un juego, aunque siempre asumiendo de verdad el riesgo que comportaba y yendo hasta el final de aquello que nos proponíamos. Y esto era muy fuerte. Lo que pasa es que teníamos la ventaja de saber clarísimamente hasta dónde podías llegar y era un juego apasionante, jugar a tocar y a sobrepasar los límites.
Porque, por otro lado, también se ha de tener en cuenta de qué manera pasábamos la censura. Aquello era increíble. Dado que nosotros hacíamos “mimo” y que el “mimo” estaba incluido dentro de “variedades” y no había obra de texto, el inspector debía asistir a un ensayo de la obra. Comparecía con el guión que previamente habíamos presentado a censura. ¡Menudos guiones! Esta era una de las diversiones favoritas: hacer las versiones de las escenas para la censura. Valdría la pena ir a la Sociedad de Autores y encontrar los guiones que les entregábamos, El dirai, El joc, Cruel Ubris... De entrada, la manera de scribirlos ya era como si fuésemos medio analfabetos, lo más elemental, todo desvirtuado, porque, finalmente, aquel gesto debidamente tergiversado podía querer decir otra cosa..., entonces cuando lo ensayábamos ante el censor, en vez de hacerlo con toda la fuerza, lo dejábamos a medias y no tenía nada que ver.
El gesto de apalear a alguien, hecho con menos fuerza, podía convertirse en una caricia, ¿no? Y a veces, oíamos decir al inspector:
-Me permito, señor Boadella, decirle que quizá está un poco falto de ritmo, quizás no acaba de entenderse...
-¿Usted cree? Pues... ¿Y a usted qué le parece...?
Y Albert le hacía hablar.
-Pues yo creo, señor Boadella, que esta parte...
-Ah, muy bien, lo tendremos en cuenta, muchas gracias.
No, no éramos del todo conscientes de lo peligrosos del juego que llevábamos.

Glòria Rognoni en "Cruel Ubris" (1971)
En Cruel Ubris había una escena en la que se torturaba a un individuo. Era muy atrevida. Dos policías con gabardina, sombrero, bigotito y gafas oscuras (el estereotipo en aqulla época del policía secreto) dando hostias, pero con el estilo festivo de una exhibición de circo. ¡alehop!, y con toda alegría le metían palillos en las uñas; ¡alehop!, le arrancaban un mechón de cabellos; ¡alehop!, pescozón. Entre las monadas de la “partenaire” y los redobles del tambor, se veía sufrir al torturado y se oían sus gritos de dolor.
Aquí, en Cataluña, aún siendo fuerte, no perdía la comicidad que tenía. En cambio, en el País Vasco, no hacía ninguna gracia, la gente lo seguía en un silencio impresionante, nadie respondía a ninguno de los “gags” que hacíamos parodiando las torturas de entonces; pero, al acabar, el teatro se hundía en aplausos.


Para nosotros, lo que se entiende por compromiso político no se formulaba en ninguna tendencia clara y concreta. Era, y tal vez es, una forma de anarquía. Albert era y es un señor que no se casa con nada, y ello le genera muchas enemistades, muchos enemigos, pero él siempre juega y su juego supera siempre la realidad. Dado que es una persona que no cuida la coherencia de su imagen, puede responder a una situación no tal como él piense en el fondo, sino según lo que el juego que esté llevando le pida. Finalmente, tiene un gran sentido lúdico, un gran sentido del juego. Como cada nuevo montaje, se meta con lo que se meta. Es un nuevo juego, En ningún caso se trata con supertranscendencia ni con la gravedad de estar haciendo la obra de nuestra vida. Es un juego más que se juega, eso sí, hasta la última consecuencia. Y eso es todo.

UN COMPROMISO VITAL
Todo ese sentido transcendente qu se le da al arte es una sandez. Y aún más si se trata del teatro. Yo he visto cosas de teatro que me han afectado mucho. Pero considero que es problema mío y no el problema de quien lo está haciendo. Y en este sentido, Els Joglars han encontrado una fórmuña que merece la pena y que yo diría que consiste en no separar absurdamente el teatro de la vida.
Entonces, en aquella época que estoy rememorando, en Els Joglars esto se daba. Y también en otros grupos en otra medida. Había una alegría, una ironía, un juego que no solamente configuraba un tipo de teatro sino que configuraba tambie´n un estilo de vida, una manera de ver las cosas. Y como decía antes, para nosotros era más bien fruto del gusto por el riesgo que no de una auténtica premeditación ni siquiera en el pulso con la censura. Y todo ello se producía podríamos decir que en horas de trabajo. Porque, también tal como decía antes, Els Joglars nunca vivimos juntos.
En aquella época, Albert y Marta estaban casados y entre nosotros, fuera de Ferran Rañé que ha tenido dos hijas con Elisa, nunca había ligado nadie con nadie. Yo, con Albert, tengo una relación que es casi fraternal... ¡o más! Hemos afrontado tantas cosas juntos, hemos pasado por tantas cosas que se establece un lazo muy especial, muy personal, hay un nexo, hay un jugarse cosas que no te juegas con tu pareja, por ejemplo, y eso comporta unos lazos indudables. Porque formar parte de Els Joglars, entonces como ahora, siempre ha necesitado un compromiso personal ineludible. Ahora mismo hay gente con orden de “búsqueda y captura” por Teledeum. No es enrolarse en una compañía cualquiera.
Cuando todavía en plena época franquista íbamos al extranjero y nos hacían entrevistas, teníamos que ir con pies de plomo con lo que decíamos. La letra impresa nos daba más miedo que el escenario. Si salía en un diario un insulto contra Franco, cuando volvías aquí, imagínate, lo tenías claro. Estuvimos una temporada trabajando en Holanda, instalados en una especie de granja donde había un teatro y allí se trabajaba y se vivía al mismo tiempo (el Mickery Theatre). Hacíamos El joc y por las mañanas aprovechábamos para ensayar el próximo espectáculo, que fue Cruel Ubris. Solían venir periodistas, había un bar donde se conversaba mucho, y entonces se publicó en un diario, “Franco, dictador”, etc. Aquello que podía ser que hubiésemos dicho durante la entrevista y que ellos colocaron, ¡plas!, como la gran declaración. Supimos que aqullo ya estaba en el Ministerio de Información y Turismo. Por suerte, en la delegación del Ministerio de Barcelona, estaba Victoria Arquer, la señorita Victoria, que nos apreciaba mucho y nos advirtió que había mucho jaleo y que tuviésemos mucho cuidado.
Recuerdo perfectamente lo que sentíamos en aquellos momentos, cuando debíamos volver; antes de ir a la cárcel, nos quedamos todos fuera de España. Estaba clarísimo, si en aquel momento nos hubiesen dicho (claro, que si nos hubiesen querido coger no nos habrían dado tiempo de elegir): “Cuidado, que mañana os vienen a buscar”, todos nos habríamos ido al extranjero sin problemas. ¿Qué paso con La torna? En el momento de La torna había fisuras y cuando hay fisuras en el barco, en cuanto hay temporal, se hynde. Pero, en aquellos momentos, esto lo teníamos bien claro. Hubiese sido un placer, un juego más. Y nos planteábamos si ir a Italia, o a Francia, medio en broma medio en serio, pero estaba clarísimo.
No, no había nada premeditado como a veces se nos atribuye, ni entonces ni ahora. Aquello de que Albert lo único que busca es el escándalo. Y no es así. Sin duda, los temas se tratan con mucha desfachatez y valentía, pero, como ya he dicho, s más por el propio placer que por el de escandalizar. En Teledeum, por ejemplo durante la creación, ninguno de nosotros llegó a pensar que pudiese organizar tal conmoción. Mientras creas la obra no sabes qué repercusión tendrá, los primeros sorprendidos siempre somos nosotros. Y nos divierte, naturalmente.
También hay que dejar claro que el instinto de supervivencia de Albert siempre ha estado presente y siempre ha dicho hasta dónde se podía llegar. Sí, hay un instinto de supervivencia que también señala los cambios que se han ido adoptando en el funcionamiento de la compañía y que posiblemente se haya reflejado en los espectáculos.
Pero la fórmula de trabajo ha sido y es, de entrada, el juego por el juego, el reto de hacerlo y no para ver a quién escandalizará. No, es sorprenderte tú mismo. Y en todo caso, el reto personal de ver hasta dónde tendremos el valor de llegar y no tanto para ver a quién escandalizará; es el juego por el juego, pero hasta el final, aceptando las consecuencias.

LAS RENTAS DEL ÉXITO
El éxito de Els Joglars nos permitió un cambio fundamental en el nivel de vida: la dedicación completa a tu trabajo, sin tener que compaginarla con otras actividades, aunque fuesen más o menos cercanas como por ejemplo dar clases en “Estudis Nous”. Y la independencia. No necesitar nada de nadie. Ni depender de subvenciones que, como dice muy atinadamente Albert, a Els Joglars le cubren solamente las propinas de los hoteles. Este es un gusto impagable. Poder hacer lo que te venga en gana sin que nadie intervenga. Y además poderlo hacer en la hora, el día y el momento que te apetezca. Ser tu propio patrón. En definitiva, la libertad. Esto es tal vez lo mejor que Els Joglars han conseguido. El gran superlujo. Y esto sí que ha sido transcendental.
En realidad, llegar a esta situación fue muy rápido, visto con la perspectiva de los años. De hecho, después de la profesionalización, con El diari, que todavía fue creado en la sala de dibujo al natural del Cercle Artístic Sant Lluc, de siete a diez de la tarde y compaginado con otros trabajos. Después, El joc, que ya creamos de nueve a una de la mañana (muy importante) en nuestro propio local de “Estudis Nous de Teatre” (por la tarde y por la noche había clases y por las mañanas ensayábamos nosotros). Cruel Ubris lo empezamos en Holanda y se acabó también en “Estudis Nous”.

Y Mary d’Ous, que trabajamos un par de semanas en nuestro local, pero que aprovechando que Albert había alquilado una masía en Collsacabra –un lugar preciosos-, decidimos irnos de Barcelona y concentrarnos para trabajar en la tranuilidad del campo. Y fue muy curiosos experimentar cómo ciertas improvisaciones, ciertas escenas iniciales que habíamos trabajado en Barcedlona, trasladadas allí, en medio del campo, resultaban ridículas. La naturaleza sirvió de cedazo a Mary d’Ous. Quizás parte de su austeridad y armonía provengan de este hecho. Àlias Serrallonga también está creada al aire libre. No hay duda que su estética viene dada por el hecho de trabajar en pleno campo. Por supuesto, que los días de lluvia fueron la causa de las escenas intimistas del interior de la casa de payés de Àlias Serrallonga.
"Mary d'Ous" (1972)


En cinco años se pasó de se puramente “amateurs” a una profesionalidad con un nivel considerable de condiciones de trabajo. Una cosa buena de Els Joglars es que siempre se ha invertido en lo que es auténtico nivel de vida: trabajar en condiciones óptimas, no que cada cual tanga un duro más. Poder trabajar sin preocuparte más que de tu trabajo, a fin de rendir al máximo en la creación. No tener que estar pendientes de las molestas cuestiones domésticas prácticas. Poder disfrutar, pasarlo bien. Los actores de Els Joglars durante la explotación de la obra cargan y descargan, montan y desmontan y explotan una obra durante un año y medio. La economía no da para hacerlo más ligero. Pero en el momento de crear, de trabajar, ensayan en “la cúpula”, un local provolegiado, rodeado de encinas y de robles que en otoño ofrecen un espectáculo de un colorido espléndido y viven en una casa magnífica, con tres hectáreas de terreno, surtidores, esculturas, iglesia, piscina y pista de tenis. (Hay que decir que comprada muy barata a una familia de la burguesía catalana, ellos que hacían fiestas en honor de obispos y curas y ahora, cosas de la vida, está ocupada por “esos teatreros” de Els Joglars).
Y es que en Els Joglars, lo que siempre ha estado por encima de cosas y de personas es el espctáculo que se ha tenido entre manos. De aquí viene el cuidado, el velar por la obtención del ambiente óptimo en el momento culminante del trabajo: “la creación de la obra”.
Y todo el mundo sabe que la historia de Els Joglars ha pasado por muchas visicitudes. Artísticas y extraartísticas. Seguramente que todo ha contribuido a que las cosas hayan ido cambiando a lo largo de..., ¡veinticinco años! ¡sí, veinticinco años!
¡Era tan apasionante enfrentarte a cada nuevo espectáculo! Porque todos eran bien diferentes. Empezar un nuevo espectáculo era, desde luego, un buen reto.
Un cambio importante quizás fuese el momento en que Albert Boadella deja de actuar en los espectáculos. Eso se produce entre Cruel Ubris y Mary d’Ous. Aunque él diga que no, es muy buen actor, sobre todo cómico, espertpéntico, que es capaz incluso de interpretar en un estilo realista. Pedro en el escenario siempre se lo llevaba todo a su terreno irónico, incapaz de no cambiar cada día algo de su interpretación, y es evidente que en un trabajo tan contenido y milimetrado com el Mary d’Ous no encajaba. Necesitaba una dirección desde fuera. También es evidente que las diferentes configuraciones que ha tenido el grupo con respecto a sus componentes –Montserrat Torres, Jaume Sorribas- ha aportado líneas y temas distintos a los espectáculos. La integración de Andreu Solsona y de Ferran Rañé, por ejemplo, o la de Fermí Reixach o Gabi Renom o la de Elisa Crehuet, actores bien diferentes, hacían surgir temas y maneras de hacer que sin ellos seguramente no hubiesen aparecido. Els Joglars siempre hemos tenido claro que hemos contado con un director, un jefe. Estaba asumido perfectamente por todos, nunca ha habido problemas de protagonismo, esto esta clarísimo, probablemente nos resustaba fácil ya que, si bien todos colaborábamos aportando ideas y soluciones, los momentos difíciles, los “impasses”, acostumbraba a resolverlos siempre Albert aportando la mejor idea, la solución brillante. Por tanto, no habíamos tenido la obsesión de aquello que entonces estaba tan de moda, la creación colectiva de que todos debían hacerlo todo. Nosotros teníamos muy claro que cada cual tenía que hacer lo máximo de bien aquello que sabía hacer. Y aquello sí que era creación colectiva.
A pesar de que nos teníamos un gran respeto, eso no quiere decir que no discrepásemos. Nos podíamos pelear a muerte tanto por cuestiones referidad a la obera como por tonterías cotidianas, a cauda de la cantidad de horas de convivencia a las que obligan las giras, pero era sano. Se producía realmente un tú a tú.
Esto, ahora, también ha cambiado en algún grado. Actualmente, la gente ya tiene una idea hecha de Boadella, una idea que la mayoría de las veces no tiene nada que ver con la realidad. Los actores nuevos nos explican que cuando se enteran de que entran en Els Joglars, siempre hay alguien que los previene contra el dictador, “el ogro”. Este alguien nunca ha trabajado con Albert, ni le conoce personalmente, claro. Y esto no es cierto, no sé de dónde sale, porque en los ensayos es todo lo contrario. Ahora la gente, cuando entre, lo hace pensando en el peso que tiene Albert y se sitúan ante el trabajo con unas expectativas un tanto excesivas. Él te propone un punto de partida, unas ideas que a veces son muy promarias y tú las has de pasar por tu cedazo y enriquecerlas según tu profundo criterio (porque, en realidad, con Els Joglars el trabjo ha sido siempre bastante profundo en lo que se refiere a los personajes, especialmente a partir de Cruel Ubris).
Cuando nosotros pasábamos las propuestas por nuestro cedazo, lo que salía, generalmente, no era del todo lo que Albert había sugerido. Él decía una cosa y salían de ella seis gamas, cada una desde el personal criterio de cada uno de nosotros. Y él, además, le daba su versión, te lo transformaba.
Otro punto de inflexión importante en la trayectoria de Els Joglars es, sin duda, la recuperación despuñes de la dispersión de La torna. A partir de aquel momento, Albert ya no se podía permitir el riesgo por el riesgo con la misma libertad que antes, con el mismo espíritu de juego desinteresado. Hay que sobrevivir y esto hace que Boadella empiece a aplicar lo que sabe, todo lo que domina, de una forma más meticulosa.
Y ahora sucede que tanta admiración, tanta mitificación, dado que todo el mundo sabe que sabe tanto, todo el mundo se deja impresionar mucho, tal vez más de la cuenta. Yo diría que en toda esta etapa en que se ve tanto o más que antes de la mano de Boadella en los montajes de Els Joglars, lo que pasa es que, a veces, los actores que queramos o no han mitificado la personalidad de Albert Boadella, en lugar de pasar la propuesta que él hace por su cedazo, intentan hacer aquello que creen que él quiere que hagan. Y este es el gran error. Esto hace que a veces las cosas queden algo faltas del enriquecimiento, aunque sea mínimo, que cada cual aporta. Y esto es lo que siempre busca Albert. Lo que pasa es que no siempre se da.
Albert Boadella, contrariamente a lo que la gente piensa, es un gran sentimental, tanto que ello le obliga a no dejarse involucrar en los intríngulis personales de los actores, a fin de poder mantener la neutralidad imprescindible en el trabajo. Es decir, que tal vez no es un gran amigo de los actores, pero de lo que no hay duda es que es un gran compañero. El ambiente que se respira en los ensayos es un tú a tú relajado, tranquilo y, sobre todo, de diversión. Y con las bromas, las “putadas” de siempre, porque de esto, los años no le han curado.
Efectivamente, hay un estilo Els Joglars. Esto lo notas en los espectáculos de Albert Boadella hechos fuera del grupo y con gente de diferente procedencia. Uno de los trabajos principales suele ser, en este caso, la necesidad de nivelar tesituras y poner claras las reglas del juego de la improvisación. Se habla en otro lenguaje.
En los inicios, nadie de nosotros podía imaginar que Els Joglars cumplirían veinticinco años y que podrían trabajar en condiciones tan óptimas. Nadie podría imaginar que los teatros se iban a llenar de forma masiva, ni que, una vez instaurada la democracia irían a la cárcel, ni que provocarían rosarios y misas de desagravio. Ni tampoco que Fraga y Felipe fueran a hablar de ellos en el Parlamento.
En definitiva, se está haciendo lo que se quiere hacer, sin límites, en las mejores condiciones y con éxito. Para mí, esto es un triunfo. Me permito sentenciar que Els Joglars han contribuído, en gran medida, al enriquecimiento de la sociedad..., ¡de la humanidad!, demostrando, primero, que el teatro, -o digamos mejor ciertos estilos de teatro-, lejos de ser “una plácida pieza de museo”, ESTÁ VIVO, se hace sentir y TIENE FUERZA, da guerra. Y, en segundo lugar, que (y atención porque esto es muy esperanzador) en contra de lo establecido hace posible alcanzar el ideal irrealizable LA UTOPÍA.

Glòria Rognoni entró a formar parte de Els Joglars en 1963. Este trabajo es la transcripción, en forma de monólogo, de la conversación mantenida con la actriz.