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Mi viaje a la utopía podría empezar así: cuando
era una adolescente de familia media de lo más normal, iba a
un colegio de monjas también normal y corriente, por lo que enseñaban
diría que menos que normal y corriente, de aquellos de la cultura
general y los estudios de “comercio”. El año que
empezaron a impartir el bachillerato, a mi padre se le declaró
una tuberculosis y las cosas fueron de manera que tuve que seguir la
cultura general sin hacer el bachillerato. A mis diceiséis años
no tenía demasiadas expectativas en la vida, realmente no sabía
qué hacer. Me veía demasiado mayor para ponerme a hacer
el bachillerato. Entre otras asignaturas que aprendía en la Escola
de la Dona (Escuela de la Mujer), estudiaba italiano, por aquello de
que soy de origen italiano. En el Instituto Italiano donde lo estudiaba,
hacían cine y actividades culturales y un día asistí
a una representación teatral, La Commedia degli Zanni, interpretada
por una compañía de Venecia. No era teatro convencional,
era comdeia del arte. Recibí el primer flechazo de mi vida. “¡Esto
es lo que quiero hacer, teatro!” Al cavbo de poco tiempo un grupo
llamado Els Joglars actúa en una sala de Barcelona. Tampoco es
teatro convencional. Hacen mimo. Me impresionó mucho. Conseguían
exclusivamente con el gesto, en silencio, desde hacer reír hasta
emocionar. Me sedujeron, me convertí en fan. Llevaba a mis amigos,
me sabía de memoria los “sketches”, me gustaban muchísimo,
hasta el punto que me los sabía tanto que, a pesar mío,
era capaz de encontrarles incluso algunos defectos. Me enteré
de que uno de los directores de Els Joglars, Albert Boadella, hacía
un cursillo de mimo, pero ya estaba empezado desde hacía una
semana y no había plazas. Era terrible. Pensé que si no
podía entrar en el cursillo me matricularía en el Instituto
del Teatro.
Era maravilloso sentir que sabías lo que querías de la
vida.
Afortunadamente, conseguí formar parte de aquel cursillo. Se
impartía en el Cercle Artístic Sant lluc. Tres días
a la semana, de 7 a 10. Albert Boadella era un chico muy joven, 18 años,
pocos meses mayor que yo. Impartía el curso con una seriedad
total. Ya entonces sabía enseñar muy bien. Debía
ser algo innato. Como en los ensayos, comunicaba tranquilidad, ideas
y sobre todo, un estilo distinto, pero era muy serio. El caso es que
al final de aquel cursillo se hacía un examen y los tres que
obtuviésemos la mejor nota podíamos entrar a formar parte
del grupo. Un día, Albert, me preguntó:
- Tú debes haber hecho ballet, ¿verdad?
- No, no he hecho nunca, pero voy todas las mañanas a un gimnasio,
hacemos manos libres, barra, trapecio...
Interpreté la pregunta como una insunuación de que tenía
un gesto demasiado armónico, flojo, de expresividad un poco blanda.
Aquel comentario me preocupó muchísimo.
Al acabar el cursillo, que duró como un curso académico,
me examinaron en el teatro del Instituto Francés. Era el primer
teatro que pisaba. La audiencia era considerable. Totos los componentes
de Els Joglars, Anton Font, Carlota Soldevila, estaban presentes. ¡Ah,
qué terror! Focos y público. El corazón iba a mil
por hora. Daba pavor, pero me atrevía al mismo tiempo. Tenías
que escoger un sobre donde te indicaban los ejercicios que tenías
que hacer. Andar por un terreno pantanoso, andar sobre un punto. Hacer
el color blanco. Finalmente, lo más comprometido, ejecutar un
“sketch” de dos minutos en solitario, que debías
haber preparado. Y a esperar la calificación.
En el colegio al que yo había ido, las monjas cuando daban las
calificaciones lo hacían empezando por la más baja e iban
subiendo hasta llegar a la primera. O sea que cuando Albert, después
de un pequeño preámbulo en el que explicó muy seriamente
los criterios de evaluación que habían seguido, empezó
a dar el veredicto, dijo:
-¡Gloria Rognoni!
“Tan mal, la última, la peor, no me lo esperaba”.
No fui capaz de decir nada más. El corazón a tres por
hora. Hasta que Anton Font se me acercó; me dijo:
-Bienvenida a Els Joglars.
SOSTENER
EL CARTEL
Pasado el verano, hacia el mes de septiembre, empezamos a trabajar.
En aquella época, en Els Joglars estaban Anton Font, Carlota
Soldevila, Griselda Barceló... que eran los mayores, y luego
los miembros más jóvenes que habían entrado como
yo. Pero, ¿y Albert Boadella? Yo creía que él también
era director de Els Joglars pero no le veía hacer nada, no decía
ni pío, todo lo hacía Anton Font. ¿Qué hacía
Albert? Él iba a lo suyo. No lo veías, pero de repente
oías decir a alguien “¿dónde están
los pantalones?, ¡no me puedo ir a casa con las mallas!”.
No fallaba: Albert los había escondido. Descubro atónita
que Albert, tan serio y responsable en el cursillo, es un “bandarra”
que durante los ensayos está exclusivamente dedicado a hacer
el gamberro. La batuta de Els Joglars la llevaba, en efecto, Anton Font
y el grupo estaba compuesto por Carlota, Griselda, Anton y Albert, que
en las actuaciones tenían sus números personales, que
eran los protagonistas, y luego, nosotros, que nos autodenominábamos
los mimos de cercanías, puesto que nos consideraban más
bien como figurantes. A Albert no le veías ensayar nunca, pero
tenía unos “sketches” personales que estaban muy
bien, con un sentido del humor, una ironía y un estilo muy personal.
Se alejaba del tipo de cosas que hacía Anton Font que, aunque
lo hiciese muy muy bien se ceñía a la escuela clásica
al estilo de Marcel Marceau; algunos números eran, incluso firmados
por Marcel Marceau.
Ahora entiendo que en aquella época Albert, en Els Joglars, artísticamente
hablando, se aburría; toda la carga que llevaba dentro la expulsaba
ejertitándose sin parar en el arte de lo que el denominaba “hacer
putadas”, definición que siendo de por sí una palabrota,
a mí me dejaba helada.
Los espectáculos de aquellos primeros Els Joglars eran una serie
de “skeyches”, entre uno y otro el escenario se quedaba
a oscuras y aparecía un cartel de madera alargado con el título
del número. El cartel lo sostenía alguno de los mimos
de cercanías completamente quieto, eso era importantísimo,
en actitud cómica o trágica, según el “sketch”
que se anunciaba. Así debuté, sosteniendo el cartel que,
a mi pesar, el temblor de la emoción de responsabilidad, el miedo,
hizo mover, espero que imperceptiblemente. Y así aprendí
el oficio, siguiendo los pasos de una carrera teatral como se solía
hacer, ir haciendo poco a poco cosas más importantes...
En aquella época, Els Joglars habían llegado a ser mucha
gente, catorce o más; ensayábamos por las noches dos o
tres días a la semana y representábamos sábados
y domingos, éramos “amateurs”. Todo esto coincidía
con la época de la irrupción dela “Nova Cançó
Catalana” y a menudo hacíamos actuaciones compartida, media
parte Els Joglars y media parte Nova Cançó, Serrat, Llach,
Espinàs, Raimon, Pi de la Serra, más tarde Mª del
Mar Bonet...
Llegó el momento en que hicimos la primera salida al extranjero.
Fuimos invitados al festival de mimo de Zurich, que recuerdo especialmente
porque allí fue donde Albert planteó que le gustaría
ser profesional. Se trataba de profesionalizar la compañía,
reduciéndola a cinco o seis personas.
Visto en perspectiva, yo diría que el estilo y el gusto de Anton
Font empezaba a ser un poquitín cursi. En realidad, Els Joglars
habían llegado a ser un poco relamidos, tanto en lo cómico
como en lo trascendente o poético. Una vez Albert propuso dirigir
un “sketch”. Se llamó Inconseqüència,
sobre la guerra, aquello ya era otra cosa, otro estilo. Tal vez ahora
lo encontraríamos horrible, pero creo que muy bien se podría
considerar como el embrión de lo que sería Els Joglars
en el futuro.
Cuando Albert Boadella propuso la profesionalización, Anton y
Carlota estuvieron de acuerdo en cederle el nombre y que se profesionalizase.
Le dieron toda la confianza para que él eligiera y organizase
las cosas. Allí mismo, en Suiza, le dijeron:
- Va, si ya sabes a quién quieres escoger, dínoslo.
Hizo una pequeña selección y nos quedamos cinco o seis.
Había quien no quería ser profesional. Tenían profesiones
que les interesaban más y que aunque Albert se lo hubiera propuesto,
habrían dicho que no. Porque, entonces, Els Joglars, para muchos,
era más bien un “hobby”.
Realmente, allí empezó una nueva etapa. Para mí,
vital. Cuando yo entré a formar parte de Els Joglars, venía
de las monjas. Y aunque en el colegio y en casa estuviese considerada
como una rebelde, en Els Joglars yo había descubierto que no
era más que una niña buena ingenua y tonta de educación
bastante conservadora, que tenía muchísimo que aprender,
empezando por la práctica corriente del taco, que en casa no
solía oirse, hasta el ejercicio de la libertad personal.
Poco a poco, me fui espabilando.
LA
AVENTURA PROFESIONAL
Cuando se optó por la profesionalización, se había
decidio que Albert se quedaría con el nombre del grupo y Carlota
Soldevila y Anton Font, considerando que el nombre de Els Joglars, que
ya se había creado un prestigio, no acabase perdido, harían
una especie de supervisión periódica o de seguimiento
del trabajo, ejercitando una especie de control de imagen, por decirlo
de alguna manera, sin estar vinculados totalmente. Al parecer, yo debía
ser la persona más formal del grupo, puesto que Anton y Carlota
me dijeron que yo podía ser la persona adecuada para velar por
el buen funcionamiento y pedirles el control y la supervisión
si convenía, considerando que Albert era un elemento de primera
y que sabía mucho pero que era un poco alocado y existía
el peligro de que ciertas cosas que requerían más seriedad
no las llevase del todo bien y que incluso los ensayos, vaya usted a
saber... Yo dije que en el cursillo se había dado una faceta
tal vez muy insólita de Albert, la de responsable, serio y trabajador,
y que creía que no nos haría falta ayuda ni supervisión
alguna. Y, efectivamente, Carlota y Anton, con mucha elegancia, nunca
nos supervisaron, y aquella lógica desconfianza hacia quien se
había ganado merecidamente su fama, resultó infundada.
Precisamente, la lógica desconfianza, tanto para Albert como
para las personas que nos quedamos con él, fue estímulo
para llevar adelante el trabajo, a pesar de la tendencia al desenfreno;
era un reto que debíamos ganar y empezamos a trabajar a todo
gas y de una forma nueva.
El camino fue muy importante. En primer lugar, los ensayos se conviertieron
en una gran diversión. En segundo lugar y fundamental para la
trayectoria de Els Joglars, se iniciaron las improvisaciones. Era apasionante
sentirse completamente implicada en la obra que estabas haciendo. Estabas
creando, aportando todo cuanto podías, todo cuanto sabías,
no interpretando solamente. Trabajamos muchísimo e hicimos las
primeras innovaciones: una línea argumental, El diari.
Romper el silencio, introducir sonidos y expresiones y la palabra, aunque
grabada. Escenografía, un plafón que simulaba la hoja
de un diario. Partes de este plafón giraban y en ellas aparecían
letreros o dibujos alusivos a lo que estábamos representando,
incluso en las caras blancas que aún conservábamos nos
hicimos una boca y unos ojos muy grandes, esperpénticos.
Cuando El diari estuvo listo, organizamos la “Primera
Setmana de la Pantomima” y nos instalamos en una casa con piscina
que tenían unas monjas en Parets. Participaron todos los grupos
de mimo –entonces Anton Font tenía otro grupo-, gente de
Mallorca, Albert Vidal, todos los que empezaban a hacer cosas de mimo.
Porque a partir de Els Joglars, aunque no hubiesen sido muchos años,
ya habían ido apareciendo otros grupos. Sí, era como una
especie de vanguardia, aquello. El nuevo teatro y la nueva canción,
un movimiento joven que en Barcelona y en Catalunya estaba surgiendo
con una fuerza extraordinaria.
Y dentro de aquella “Semana de la Pantomima” que habíamos
organizado, Els Joglars nos reservamos el privilegio de estrenar El
diari el último día, en la clausura, un sábado,
a la cual vino la gente de Barcelona. Fue magnífico. Uno de los
momentos más emocionantes y fuertes que recuerdo. Porque, naturalmente,
había la expectativa creada de ver que habíamos hecho
aquella pandilla. Y fue un éxito inenarrable. Aunque los grupos
participantes eran interesantes, todos seguían la línea
que Els Joglars habían seguido hasta entondes. En cambio, El
diari ya partía de una idea unitaria y con un humor sarcástico
hacíamos crítica social y política y nos reíamos
de los sucesos, las necrológicas, los espectáculos, los
anuncios... Para nosotros, aquella presentación fue una satisfación
enorme. Anton quedó encantado y Carlota, una mujer que yo definía
como ecuánime, estaba emocionada, todo el mundo un poco impresionado...
A partir de aquí arranca con fuerza la nueva etapa.
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El montaje siguiente fue El joc.
Aquel espectáculo se creó a partir del “método
Fabra”. Porque en El diari, el punto de partida era,
claro, el diario. Para El joc se había de encontrar
también un punto de partida. El “método Fabra”
consistía en coger el diccionario de Pompeu Fabra, abrirlo al
azar y coger la primera palabra que encontrásemos, “absorción”,
¡pues adelante!, ¡a improvisar todos sobre la absorción!
A partir de aquí, íbamos haciendo y atando cabos. Albert
siempre ha tenido la gran virtud de ver enseguida cosas aprovechables
en lo que hacíamos, yendo a menudo más lejos de lo que
tú pretendías y de encontrar una serie de sentidos y probables
interpretaciones y de dónde podía ir a parar... Y así
se iba trabajando.
El joc parte realmente de este “método Fabra”
que últimamente alguna vez se ha vuelto a utilizar y que es la
más libre de las formas de improvisar.
El joc coincide con un momento de gran empuje. Además de la profesionalización,
en aquellos momentos se puso en marcha “Estudis Nous de Teatre”,
aquella escuela en un local de la calle Aribau que también dirigía
Montanyès. Era la época en que tuvo lugar el Festival
Cero en San Sebastián, que propició el lanzamiento del
grupo a nivel estatal. En aquel festival había gentes de todas
partes, todo estaba muy politizado, se producían unas asambleas
multidinarias, donde todo el mundo hablaba menos nosotros que no abríamos
la boca. Quizás la única que decía algo era Marta,
la primera mujer de Albert, aunque si intervenía era principalmente
por el gusto de hablar, no porque tuviese unos ideales políticos
concretos como tenían la mayoría de la gente que estaba
allí.
Pero a la hora de la verdad, los teóricos de la política
presentaban unos espectáculos clásicos y moderados, mientras
que nosotros sorprendimos por nuestro estilo jocoso que al mismo tiempo
sobrepasaba los límites de lo políticamente permisible
en aquellas épocas de dureza franquista. Puede decirse, en honor
a la verdad, que fuimos la revelación del festival de San Sebastián.
A partir de entonces ya no paramos de trabajar. Incluso nuestra participación
en la iniciativa de “Estudis Nous” iba quedando un tanto
relegada.
¡Fuera trabajos complementarios! Els Joglars podíamos,
al fin, dedicarnos exclusivamente al teatro.
EL
HILO DE ARAÑA
Anécdotas sobre Albert Boadella (secundarias para nosotros) hay
para llenar un libro. Antes de la profesionalización, cuando
íbamos a un pueblo a actuar y estábamos haciendo uno de
aquellos “sketches” trascendentales, no era raro que él
se las ingeniara para encontrar, yo qué sé, un farol de
teatro, por ejemplo, y que en el momento del número que convenía
–porque sabía encontrar el momento justo- lo hiciese caer
con un hilo tras la cámara negra. Luego, alguien del público
te comentaba muy seriamente el posible significado de aquella salida:
-En el momento en que el personaje estaba pariendo, aquella gran barriga
de la cortina negra del fonfo significaba la criatura que nacía,
¿no?
-Sí, señora, naturalmente.
¿Qué podías decir?
Siempre, no lo puedo evitar, asociaré a Albert Boadella con el
temible hilo de araña.
La vida en Els Joglars siempre ha estado marcada por el juego, realmente.
Els Joglars no hacíamos vida comunitaria, aparte de cuando era
estrictamente necesario, es decir, cuando íbamos de gira y a
partir de Mary d’Ous, en que se empezó a ensayar en la
casa de Albert, en Pruit, aunque los días libres cada cual se
iba a su casa. Siempre se han mantenido las propias amistades y la,
digamos, vida privada de cada cual. En eso siempre hemos sido muy catalanes
y muy profesionales, nosotros. El trabajo es el trabajo y los amigos,
los amigos. Aunque, evidentemente, había unos lazos muy fuertes
con la gente con la que trabajabas.
El otro día me decían: “Oh, es que vosotros ya os
planteabais una postura política”. Y a mí me parece
que no. No es que nosotros nos planteásemos un objetivo político.
Lo que sí es cierto es que las inquietudes, el inconformismo,
la rebeldía y el sentido del humor que nos caracterizaban, hacían
surgir en las improvisaciones temas atractivos, pero que, evidentemente,
podían resultar conflictivos. Y aquí es donde no nos deteníamos,
no nos acordábamos, al contrario, nos divertíamos, disfrutábamos
intentando llegar más allá de los límites de lo
permisible. La censura en aquellos momentos era cruenta. El riesgo venía
a ser la motivación de la propia motivación.
Alguien me ha preguntado si aquella actitud era realmente compartida
y espontánea en todos los miembros de la compañía
o bien era una cosa que Boadella nos había inculcado. Probablemente,
cuando Albert escogió a la gente que quería tener a su
lado, debía pensar, por supuesto, en las personas que mejor pudiésemos
jugar el juego que a él le gustaba jugar. No olvidemos que entonces
Albert no era el personaje famoso y respetado que ahora es, sino que
era uno más de la pandilla, quizás algo más gamberrete
que los otros, pero nada más. Todos le seguíamos la corriente,
sí; pero, a veces, las gamberradas también salían
de los otros.
Esta actitud era un hecho realmente colectivo. Llegó a ser un
estilo de vida.
Desde mi punto de vista personal, aquella aventura era total. Porque
aquella especie de libertad que había comportado la profesionalización,
te había empujado a tomar muchas determinaciones importantes
en el terreno personal. En aquella época, el hecho de irse de
casa de los padres era una decisión que marcaba muchísimo
la vida de una persona. Trabajar con Els Joglars comportó realmente
una opción de libertad personal bastante atrevida para el tono
de los tiempos.
Esa manera especial de vivir marcada por Els Joglars podría definirla
como una manera “lúdica” de vivir, bastante anticatalana,
diría, en un sentido idiosincrásico, una manera muy lúdica
de enfocarlo todo, desde esta conciencia política que nunca nos
habíamos planteado en tales térmicos sino como un juego,
aunque siempre asumiendo de verdad el riesgo que comportaba y yendo
hasta el final de aquello que nos proponíamos. Y esto era muy
fuerte. Lo que pasa es que teníamos la ventaja de saber clarísimamente
hasta dónde podías llegar y era un juego apasionante,
jugar a tocar y a sobrepasar los límites.
Porque, por otro lado, también se ha de tener en cuenta de qué
manera pasábamos la censura. Aquello era increíble. Dado
que nosotros hacíamos “mimo” y que el “mimo”
estaba incluido dentro de “variedades” y no había
obra de texto, el inspector debía asistir a un ensayo de la obra.
Comparecía con el guión que previamente habíamos
presentado a censura. ¡Menudos guiones! Esta era una de las diversiones
favoritas: hacer las versiones de las escenas para la censura. Valdría
la pena ir a la Sociedad de Autores y encontrar los guiones que les
entregábamos, El dirai, El joc, Cruel Ubris... De entrada, la
manera de scribirlos ya era como si fuésemos medio analfabetos,
lo más elemental, todo desvirtuado, porque, finalmente, aquel
gesto debidamente tergiversado podía querer decir otra cosa...,
entonces cuando lo ensayábamos ante el censor, en vez de hacerlo
con toda la fuerza, lo dejábamos a medias y no tenía nada
que ver.
El gesto de apalear a alguien, hecho con menos fuerza, podía
convertirse en una caricia, ¿no? Y a veces, oíamos decir
al inspector:
-Me permito, señor Boadella, decirle que quizá está
un poco falto de ritmo, quizás no acaba de entenderse...
-¿Usted cree? Pues... ¿Y a usted qué le parece...?
Y Albert le hacía hablar.
-Pues yo creo, señor Boadella, que esta parte...
-Ah, muy bien, lo tendremos en cuenta, muchas gracias.
No, no éramos del todo conscientes de lo peligrosos del juego
que llevábamos.
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En
Cruel Ubris había una escena en la que se torturaba
a un individuo. Era muy atrevida. Dos policías con gabardina,
sombrero, bigotito y gafas oscuras (el estereotipo en aqulla época
del policía secreto) dando hostias, pero con el estilo
festivo de una exhibición de circo. ¡alehop!, y con
toda alegría le metían palillos en las uñas;
¡alehop!, le arrancaban un mechón de cabellos; ¡alehop!,
pescozón. Entre las monadas de la “partenaire”
y los redobles del tambor, se veía sufrir al torturado
y se oían sus gritos de dolor.
Aquí, en Cataluña, aún siendo fuerte, no
perdía la comicidad que tenía. En cambio, en el
País Vasco, no hacía ninguna gracia, la gente lo
seguía en un silencio impresionante, nadie respondía
a ninguno de los “gags” que hacíamos parodiando
las torturas de entonces; pero, al acabar, el teatro se hundía
en aplausos.
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Para nosotros, lo que se entiende por compromiso político no
se formulaba en ninguna tendencia clara y concreta. Era, y tal vez es,
una forma de anarquía. Albert era y es un señor que no
se casa con nada, y ello le genera muchas enemistades, muchos enemigos,
pero él siempre juega y su juego supera siempre la realidad.
Dado que es una persona que no cuida la coherencia de su imagen, puede
responder a una situación no tal como él piense en el
fondo, sino según lo que el juego que esté llevando le
pida. Finalmente, tiene un gran sentido lúdico, un gran sentido
del juego. Como cada nuevo montaje, se meta con lo que se meta. Es un
nuevo juego, En ningún caso se trata con supertranscendencia
ni con la gravedad de estar haciendo la obra de nuestra vida. Es un
juego más que se juega, eso sí, hasta la última
consecuencia. Y eso es todo.
UN
COMPROMISO VITAL
Todo ese sentido transcendente qu se le da al arte es una sandez. Y
aún más si se trata del teatro. Yo he visto cosas de teatro
que me han afectado mucho. Pero considero que es problema mío
y no el problema de quien lo está haciendo. Y en este sentido,
Els Joglars han encontrado una fórmuña que merece la pena
y que yo diría que consiste en no separar absurdamente el teatro
de la vida.
Entonces, en aquella época que estoy rememorando, en Els Joglars
esto se daba. Y también en otros grupos en otra medida. Había
una alegría, una ironía, un juego que no solamente configuraba
un tipo de teatro sino que configuraba tambie´n un estilo de vida,
una manera de ver las cosas. Y como decía antes, para nosotros
era más bien fruto del gusto por el riesgo que no de una auténtica
premeditación ni siquiera en el pulso con la censura. Y todo
ello se producía podríamos decir que en horas de trabajo.
Porque, también tal como decía antes, Els Joglars nunca
vivimos juntos.
En aquella época, Albert y Marta estaban casados y entre nosotros,
fuera de Ferran Rañé que ha tenido dos hijas con Elisa,
nunca había ligado nadie con nadie. Yo, con Albert, tengo una
relación que es casi fraternal... ¡o más! Hemos
afrontado tantas cosas juntos, hemos pasado por tantas cosas que se
establece un lazo muy especial, muy personal, hay un nexo, hay un jugarse
cosas que no te juegas con tu pareja, por ejemplo, y eso comporta unos
lazos indudables. Porque formar parte de Els Joglars, entonces como
ahora, siempre ha necesitado un compromiso personal ineludible. Ahora
mismo hay gente con orden de “búsqueda y captura”
por Teledeum. No es enrolarse en una compañía cualquiera.
Cuando todavía en plena época franquista íbamos
al extranjero y nos hacían entrevistas, teníamos que ir
con pies de plomo con lo que decíamos. La letra impresa nos daba
más miedo que el escenario. Si salía en un diario un insulto
contra Franco, cuando volvías aquí, imagínate,
lo tenías claro. Estuvimos una temporada trabajando en Holanda,
instalados en una especie de granja donde había un teatro y allí
se trabajaba y se vivía al mismo tiempo (el Mickery Theatre).
Hacíamos El joc y por las mañanas aprovechábamos
para ensayar el próximo espectáculo, que fue Cruel
Ubris. Solían venir periodistas, había un bar donde
se conversaba mucho, y entonces se publicó en un diario, “Franco,
dictador”, etc. Aquello que podía ser que hubiésemos
dicho durante la entrevista y que ellos colocaron, ¡plas!, como
la gran declaración. Supimos que aqullo ya estaba en el Ministerio
de Información y Turismo. Por suerte, en la delegación
del Ministerio de Barcelona, estaba Victoria Arquer, la señorita
Victoria, que nos apreciaba mucho y nos advirtió que había
mucho jaleo y que tuviésemos mucho cuidado.
Recuerdo perfectamente lo que sentíamos en aquellos momentos,
cuando debíamos volver; antes de ir a la cárcel, nos quedamos
todos fuera de España. Estaba clarísimo, si en aquel momento
nos hubiesen dicho (claro, que si nos hubiesen querido coger no nos
habrían dado tiempo de elegir): “Cuidado, que mañana
os vienen a buscar”, todos nos habríamos ido al extranjero
sin problemas. ¿Qué paso con La torna? En el momento de
La torna había fisuras y cuando hay fisuras en el barco, en cuanto
hay temporal, se hynde. Pero, en aquellos momentos, esto lo teníamos
bien claro. Hubiese sido un placer, un juego más. Y nos planteábamos
si ir a Italia, o a Francia, medio en broma medio en serio, pero estaba
clarísimo.
No, no había nada premeditado como a veces se nos atribuye, ni
entonces ni ahora. Aquello de que Albert lo único que busca es
el escándalo. Y no es así. Sin duda, los temas se tratan
con mucha desfachatez y valentía, pero, como ya he dicho, s más
por el propio placer que por el de escandalizar. En Teledeum,
por ejemplo durante la creación, ninguno de nosotros llegó
a pensar que pudiese organizar tal conmoción. Mientras creas
la obra no sabes qué repercusión tendrá, los primeros
sorprendidos siempre somos nosotros. Y nos divierte, naturalmente.
También hay que dejar claro que el instinto de supervivencia
de Albert siempre ha estado presente y siempre ha dicho hasta dónde
se podía llegar. Sí, hay un instinto de supervivencia
que también señala los cambios que se han ido adoptando
en el funcionamiento de la compañía y que posiblemente
se haya reflejado en los espectáculos.
Pero la fórmula de trabajo ha sido y es, de entrada, el juego
por el juego, el reto de hacerlo y no para ver a quién escandalizará.
No, es sorprenderte tú mismo. Y en todo caso, el reto personal
de ver hasta dónde tendremos el valor de llegar y no tanto para
ver a quién escandalizará; es el juego por el juego, pero
hasta el final, aceptando las consecuencias.
LAS
RENTAS DEL ÉXITO
El éxito de Els Joglars nos permitió un cambio fundamental
en el nivel de vida: la dedicación completa a tu trabajo, sin
tener que compaginarla con otras actividades, aunque fuesen más
o menos cercanas como por ejemplo dar clases en “Estudis Nous”.
Y la independencia. No necesitar nada de nadie. Ni depender de subvenciones
que, como dice muy atinadamente Albert, a Els Joglars le cubren solamente
las propinas de los hoteles. Este es un gusto impagable. Poder hacer
lo que te venga en gana sin que nadie intervenga. Y además poderlo
hacer en la hora, el día y el momento que te apetezca. Ser tu
propio patrón. En definitiva, la libertad. Esto es tal vez lo
mejor que Els Joglars han conseguido. El gran superlujo. Y esto sí
que ha sido transcendental.
En realidad, llegar a esta situación fue muy rápido, visto
con la perspectiva de los años. De hecho, después de la
profesionalización, con El diari, que todavía
fue creado en la sala de dibujo al natural del Cercle Artístic
Sant Lluc, de siete a diez de la tarde y compaginado con otros trabajos.
Después, El joc, que ya creamos de nueve a una de la
mañana (muy importante) en nuestro propio local de “Estudis
Nous de Teatre” (por la tarde y por la noche había clases
y por las mañanas ensayábamos nosotros). Cruel Ubris
lo empezamos en Holanda y se acabó también en “Estudis
Nous”.
Y
Mary d’Ous, que trabajamos un par de semanas en
nuestro local, pero que aprovechando que Albert había alquilado
una masía en Collsacabra –un lugar preciosos-, decidimos
irnos de Barcelona y concentrarnos para trabajar en la tranuilidad
del campo. Y fue muy curiosos experimentar cómo ciertas
improvisaciones, ciertas escenas iniciales que habíamos
trabajado en Barcedlona, trasladadas allí, en medio del
campo, resultaban ridículas. La naturaleza sirvió
de cedazo a Mary d’Ous. Quizás parte de
su austeridad y armonía provengan de este hecho. Àlias
Serrallonga también está creada al aire libre.
No hay duda que su estética viene dada por el hecho de
trabajar en pleno campo. Por supuesto, que los días de
lluvia fueron la causa de las escenas intimistas del interior
de la casa de payés de Àlias Serrallonga. |
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En cinco años se pasó de se puramente “amateurs”
a una profesionalidad con un nivel considerable de condiciones de trabajo.
Una cosa buena de Els Joglars es que siempre se ha invertido en lo que
es auténtico nivel de vida: trabajar en condiciones óptimas,
no que cada cual tanga un duro más. Poder trabajar sin preocuparte
más que de tu trabajo, a fin de rendir al máximo en la
creación. No tener que estar pendientes de las molestas cuestiones
domésticas prácticas. Poder disfrutar, pasarlo bien. Los
actores de Els Joglars durante la explotación de la obra cargan
y descargan, montan y desmontan y explotan una obra durante un año
y medio. La economía no da para hacerlo más ligero. Pero
en el momento de crear, de trabajar, ensayan en “la cúpula”,
un local provolegiado, rodeado de encinas y de robles que en otoño
ofrecen un espectáculo de un colorido espléndido y viven
en una casa magnífica, con tres hectáreas de terreno,
surtidores, esculturas, iglesia, piscina y pista de tenis. (Hay que
decir que comprada muy barata a una familia de la burguesía catalana,
ellos que hacían fiestas en honor de obispos y curas y ahora,
cosas de la vida, está ocupada por “esos teatreros”
de Els Joglars).
Y es que en Els Joglars, lo que siempre ha estado por encima de cosas
y de personas es el espctáculo que se ha tenido entre manos.
De aquí viene el cuidado, el velar por la obtención del
ambiente óptimo en el momento culminante del trabajo: “la
creación de la obra”.
Y todo el mundo sabe que la historia de Els Joglars ha pasado por muchas
visicitudes. Artísticas y extraartísticas. Seguramente
que todo ha contribuido a que las cosas hayan ido cambiando a lo largo
de..., ¡veinticinco años! ¡sí, veinticinco
años!
¡Era tan apasionante enfrentarte a cada nuevo espectáculo!
Porque todos eran bien diferentes. Empezar un nuevo espectáculo
era, desde luego, un buen reto.
Un cambio importante quizás fuese el momento en que Albert Boadella
deja de actuar en los espectáculos. Eso se produce entre Cruel
Ubris y Mary d’Ous. Aunque él diga que no, es muy buen
actor, sobre todo cómico, espertpéntico, que es capaz
incluso de interpretar en un estilo realista. Pedro en el escenario
siempre se lo llevaba todo a su terreno irónico, incapaz de no
cambiar cada día algo de su interpretación, y es evidente
que en un trabajo tan contenido y milimetrado com el Mary d’Ous
no encajaba. Necesitaba una dirección desde fuera. También
es evidente que las diferentes configuraciones que ha tenido el grupo
con respecto a sus componentes –Montserrat Torres, Jaume Sorribas-
ha aportado líneas y temas distintos a los espectáculos.
La integración de Andreu Solsona y de Ferran Rañé,
por ejemplo, o la de Fermí Reixach o Gabi Renom o la de Elisa
Crehuet, actores bien diferentes, hacían surgir temas y maneras
de hacer que sin ellos seguramente no hubiesen aparecido. Els Joglars
siempre hemos tenido claro que hemos contado con un director, un jefe.
Estaba asumido perfectamente por todos, nunca ha habido problemas de
protagonismo, esto esta clarísimo, probablemente nos resustaba
fácil ya que, si bien todos colaborábamos aportando ideas
y soluciones, los momentos difíciles, los “impasses”,
acostumbraba a resolverlos siempre Albert aportando la mejor idea, la
solución brillante. Por tanto, no habíamos tenido la obsesión
de aquello que entonces estaba tan de moda, la creación colectiva
de que todos debían hacerlo todo. Nosotros teníamos muy
claro que cada cual tenía que hacer lo máximo de bien
aquello que sabía hacer. Y aquello sí que era creación
colectiva.
A pesar de que nos teníamos un gran respeto, eso no quiere decir
que no discrepásemos. Nos podíamos pelear a muerte tanto
por cuestiones referidad a la obera como por tonterías cotidianas,
a cauda de la cantidad de horas de convivencia a las que obligan las
giras, pero era sano. Se producía realmente un tú a tú.
Esto, ahora, también ha cambiado en algún grado. Actualmente,
la gente ya tiene una idea hecha de Boadella, una idea que la mayoría
de las veces no tiene nada que ver con la realidad. Los actores nuevos
nos explican que cuando se enteran de que entran en Els Joglars, siempre
hay alguien que los previene contra el dictador, “el ogro”.
Este alguien nunca ha trabajado con Albert, ni le conoce personalmente,
claro. Y esto no es cierto, no sé de dónde sale, porque
en los ensayos es todo lo contrario. Ahora la gente, cuando entre, lo
hace pensando en el peso que tiene Albert y se sitúan ante el
trabajo con unas expectativas un tanto excesivas. Él te propone
un punto de partida, unas ideas que a veces son muy promarias y tú
las has de pasar por tu cedazo y enriquecerlas según tu profundo
criterio (porque, en realidad, con Els Joglars el trabjo ha sido siempre
bastante profundo en lo que se refiere a los personajes, especialmente
a partir de Cruel Ubris).
Cuando nosotros pasábamos las propuestas por nuestro cedazo,
lo que salía, generalmente, no era del todo lo que Albert había
sugerido. Él decía una cosa y salían de ella seis
gamas, cada una desde el personal criterio de cada uno de nosotros.
Y él, además, le daba su versión, te lo transformaba.
Otro punto de inflexión importante en la trayectoria de Els Joglars
es, sin duda, la recuperación despuñes de la dispersión
de La torna. A partir de aquel momento, Albert ya no se podía
permitir el riesgo por el riesgo con la misma libertad que antes, con
el mismo espíritu de juego desinteresado. Hay que sobrevivir
y esto hace que Boadella empiece a aplicar lo que sabe, todo lo que
domina, de una forma más meticulosa.
Y ahora sucede que tanta admiración, tanta mitificación,
dado que todo el mundo sabe que sabe tanto, todo el mundo se deja impresionar
mucho, tal vez más de la cuenta. Yo diría que en toda
esta etapa en que se ve tanto o más que antes de la mano de Boadella
en los montajes de Els Joglars, lo que pasa es que, a veces, los actores
que queramos o no han mitificado la personalidad de Albert Boadella,
en lugar de pasar la propuesta que él hace por su cedazo, intentan
hacer aquello que creen que él quiere que hagan. Y este es el
gran error. Esto hace que a veces las cosas queden algo faltas del enriquecimiento,
aunque sea mínimo, que cada cual aporta. Y esto es lo que siempre
busca Albert. Lo que pasa es que no siempre se da.
Albert Boadella, contrariamente a lo que la gente piensa, es un gran
sentimental, tanto que ello le obliga a no dejarse involucrar en los
intríngulis personales de los actores, a fin de poder mantener
la neutralidad imprescindible en el trabajo. Es decir, que tal vez no
es un gran amigo de los actores, pero de lo que no hay duda es que es
un gran compañero. El ambiente que se respira en los ensayos
es un tú a tú relajado, tranquilo y, sobre todo, de diversión.
Y con las bromas, las “putadas” de siempre, porque de esto,
los años no le han curado.
Efectivamente, hay un estilo Els Joglars. Esto lo notas en los espectáculos
de Albert Boadella hechos fuera del grupo y con gente de diferente procedencia.
Uno de los trabajos principales suele ser, en este caso, la necesidad
de nivelar tesituras y poner claras las reglas del juego de la improvisación.
Se habla en otro lenguaje.
En los inicios, nadie de nosotros podía imaginar que Els Joglars
cumplirían veinticinco años y que podrían trabajar
en condiciones tan óptimas. Nadie podría imaginar que
los teatros se iban a llenar de forma masiva, ni que, una vez instaurada
la democracia irían a la cárcel, ni que provocarían
rosarios y misas de desagravio. Ni tampoco que Fraga y Felipe fueran
a hablar de ellos en el Parlamento.
En definitiva, se está haciendo lo que se quiere hacer, sin límites,
en las mejores condiciones y con éxito. Para mí, esto
es un triunfo. Me permito sentenciar que Els Joglars han contribuído,
en gran medida, al enriquecimiento de la sociedad..., ¡de la humanidad!,
demostrando, primero, que el teatro, -o digamos mejor ciertos estilos
de teatro-, lejos de ser “una plácida pieza de museo”,
ESTÁ VIVO, se hace sentir y TIENE FUERZA, da guerra. Y, en segundo
lugar, que (y atención porque esto es muy esperanzador) en contra
de lo establecido hace posible alcanzar el ideal irrealizable LA UTOPÍA.
Glòria
Rognoni entró a formar parte de Els Joglars en 1963. Este trabajo
es la transcripción, en forma de monólogo, de la conversación
mantenida con la actriz.