El personaje de El Quijote penetra
muy a menudo en la legendaria vida de Salvador Dalí. Obviamente
se halla presente en su obra pero también es asimilado de manera
muy profunda en su comportamiento. La vida de Dalí está
repleta de gestos y pensamientos quijotescos.
En
el terreno de las acciones, por ejemplo, Dalí
osó enfrentarse al arte y a las modas del siglo XX que era mucho
más peligroso que enfrentarse a los molinos de La Mancha, y en
el terreno de los caracteres, en él confluyen la dualidad que
interpretan Sancho por una parte y Don Quijote por otra.
Según las circunstancias, Dalí pasa de uno a otro con
absoluta naturalidad. A veces reconocemos al ampurdanés de Figueres
poseedor de un sentido común tan radical que parece excentricidad,
pero también aparece a menudo la atracción por las asociaciones
delirantes que lo transportan al universo de la provocación demente.
Se dice que entre Sancho y Don Quijote engloban los rasgos básicos
de la psicología de los españoles, Dalí, - tal
y como le dijo un día Sigmund Freud - representa al español
más fanático entre los fanáticos.
Pero al mismo tiempo, también el más sensato de todos.