Creo en el cielo y en el infierno. En vida claro. Me desplazo por Madrid entre las extensas alcantarillas que acogen el metro y pienso en la exactitud de aquella sentencia de Dalí: “Todo hombre mayor de 40 años que viaja en metro es un fracasado” Supongo que el metro en sí mismo es el fracaso. Un trayecto idéntico bajo el cielo exterior ya no evoca de forma tan presente el transporte de ganado entre la oscuridad. Voy repasando a los viajeros y ciertamente llevan el fracaso marcado en sus rostros, es una derrota transitoria. Es muy posible que una vez en sus moradas, la mayoría alcance alguna forma de felicidad e incluso se rían a carcajadas con el conyugue, pero cada día les toca destinar un tiempo de su jornada para el descenso al averno. En el vagón hay quien me mira solidariamente entre fracasados, incluso alguno parece reconocerme y creo percibir un ligero destello de sorpresa como si se preguntara: ¿Que pinta este aquí? ¿No es de los que están por arriba? Tienen razón, no soy hombre de metro, como no lo he sido de avión que para mí es otro infierno.
Subo al exterior y penetro en el ámbito celestial. Empieza la representación del Piccolo Teatro de Milán con “La Trilogia della Villeggiatura” de Carlo Goldoni en los Teatros del Canal. Una sinfonía de inteligencia, arte y esplendida interpretación. Una joya de cuando el teatro tenía plena conciencia sobre su función moral mediante algo también imprescindible; la distracción y el esparcimiento del espectador. Gran ritual este del teatro, pensado para promover el cielo en la tierra. Después, en épocas recientes, se colaron algunos sicarios de Pedro Botero con la intención de bajarnos al averno mediante torturas mentales, aburrimientos cósmicos, sesiones depresivas, terapias personales a costa del respetable, además de otros suplicios que finalizaban siempre con un acto masoquista de gran efecto. La inacabable ovación. Lamentablemente todavía perduran.
Creo que fue Sartre quien dijo aquello de que “L’enfer c’est nous” Estoy en total desacuerdo. Existe el cielo y el infierno y tienen su lugar en la tierra.
Hasta el lunes… si Dios quiere
A mí el metro me mola mucho. Creo que no me subo a uno desde el verano y el año pasado solía cogerlo una vez a la semana más o menos, y en fin... siempre me ha parecido muy emocionante. Además pasaba por dos o tres estaciones exteriores por la zona de la Casa de Campo. Solía dar la espalda al personal para mirar por el cristal de la puerta el bosque. En fin, el mundo del metro siempre me ha parecido muy emocionante. Eso sí, nunca lo he tenido que usar por ninguna rutina obligatoria. El tren de cercanías lo he usado más y me parece mejor distribuido y más cómodo pero mucho menos urbano y emocionante...
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