Creo en el cielo y en el infierno. En vida claro. Me desplazo por Madrid entre las extensas alcantarillas que acogen el metro y pienso en la exactitud de aquella sentencia de Dalí: “Todo hombre mayor de 40 años que viaja en metro es un fracasado” Supongo que el metro en sí mismo es el fracaso. Un trayecto idéntico bajo el cielo exterior ya no evoca de forma tan presente el transporte de ganado entre la oscuridad. Voy repasando a los viajeros y ciertamente llevan el fracaso marcado en sus rostros, es una derrota transitoria. Es muy posible que una vez en sus moradas, la mayoría alcance alguna forma de felicidad e incluso se rían a carcajadas con el conyugue, pero cada día les toca destinar un tiempo de su jornada para el descenso al averno. En el vagón hay quien me mira solidariamente entre fracasados, incluso alguno parece reconocerme y creo percibir un ligero destello de sorpresa como si se preguntara: ¿Que pinta este aquí? ¿No es de los que están por arriba? Tienen razón, no soy hombre de metro, como no lo he sido de avión que para mí es otro infierno.
Subo al exterior y penetro en el ámbito celestial. Empieza la representación del Piccolo Teatro de Milán con “La Trilogia della Villeggiatura” de Carlo Goldoni en los Teatros del Canal. Una sinfonía de inteligencia, arte y esplendida interpretación. Una joya de cuando el teatro tenía plena conciencia sobre su función moral mediante algo también imprescindible; la distracción y el esparcimiento del espectador. Gran ritual este del teatro, pensado para promover el cielo en la tierra. Después, en épocas recientes, se colaron algunos sicarios de Pedro Botero con la intención de bajarnos al averno mediante torturas mentales, aburrimientos cósmicos, sesiones depresivas, terapias personales a costa del respetable, además de otros suplicios que finalizaban siempre con un acto masoquista de gran efecto. La inacabable ovación. Lamentablemente todavía perduran.
Creo que fue Sartre quien dijo aquello de que “L’enfer c’est nous” Estoy en total desacuerdo. Existe el cielo y el infierno y tienen su lugar en la tierra.
Hasta el lunes… si Dios quiere
Por cierto, mi seudónimo está especialmente dedicado a alguno de los comentaristas de este blog. Otras opciones eran John Lovecolt, Paco Mechochos y Stefano Hardwood. Pero me gustaba el "de" entre "Dick" y "Maurizio".
Que el teatro "clásico", el que sólo pretendía divertir al respetable, esté en decadencia se debe a la vigencia (¡en pleno 2009!) del posmodernismo, ese movimiento irracional y contrario a la naturaleza humana que defiende aberraciones como la música atonal, la pintura abstracta, la arquitectura constructivista o la literatura subjetiva. El posmodernismo ha logrado vaciar los teatros, los museos y las salas de concierto, consiguiendo además de paso que el público convencional, el que no vive de la sopa boba dando clases en la universidad pública de alguna mariconada tipo "Crítica metalingüística del auto-analisis freudiano subyacente en la literatura polaca de entreguerras", asocie "arte" con "coñazo". Lo malo es que el posmodernismo, que no habría durado ni dos telediarios en condiciones de mercado normales, ha sobrevivido gracias a las subvenciones de una izquierda acomplejada que financia este tipo de engendros con la excusa de proteger las "manifestaciones creativas minoritarias". El resultado es un arte público supuestamente elitista, subvencionado y que no interesa a nadie, y un arte popular en manos privadas ahogado por la competencia desleal de las analfabetas administraciones públicas.
Sólo para Ricardo:
Pues entonces yo no hablo de cultura y de arte porque me parecen cosas de maricones. Hala, chúpate ésa.
Compruebo que Don Faro tiene asumido el alias de tal forma que se cree con capacidad para dar consejos sobre lecturas. Sobre El Quijote nada que decir pero con lo de Proust lamento no seguir los consejos del Faro. No me dedico profesionalmente a la literatura, por tanto, la cursilería francesa no me la pone.
# 14 Ricardo
Rectifico, y pido disculpas: Ricardo habla en primera persona del plural: "sufrimos". Tiene razón.
De vivir en Madrid me abonaría a los Teatros del Canal. Madrid sí que tenía oferta artística. Y ahora más. Me gustaría ver esa obra de la que habla Boadella.
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