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Blog de Albert Boadella

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Hoy martes 15

15/12/2009 | Comentarios: 21

Cuando hace unas semanas el frio se asomó al Ampurdan y encendí el fuego de la chimenea, el calor que desprendían las llamas con sus efluvios de roble y encina me sumieron en una agradable pero inquietante sensación de bienestar. Digo inquietante, porque lo primero que me vino a la mente es que aquel momento tan grato por el efecto placentero de las llamas, tenía los días contados. Un acto primitivo que había durado milenios, gozaba de un futuro muy incierto, y posiblemente, debería ser sustituido por fuegos in-vitro de gas o electricidad. Son las adherencias negativas de la modernidad pero también de la patología legislativa que sufren actualmente los gobiernos. Una impresión idéntica me la producen otras cosas confortantes de mi entorno, las cuales parecen llevar fecha de caducidad incluida. Sin embargo, entre todas ellas, donde más experimento esta sensación de postrimería, es en las corridas de toros. Cataluña, convertida hoy en la avanzadilla, en cuanto a puritanismo se refiere, pronto hará realidad esos temores. 
Hace cerca de sesenta años, cuando pesaba apenas diez quilos, mi tío Ignacio me llevaba los domingos sentado sobre su brazo en algún tendido de la Monumental. Desde este privilegiado palco, permanecía totalmente subyugado por lo que iban descubriendo mis ojos. Aquello era la vida de verdad, o por lo menos, como me hubiera gustado que fuera la vida. Las cosas que ocurrían en el exterior de la plaza, hasta el momento, me resultaban absurdas y sobretodo incomprensibles, pero allí dentro, parecía todo tan natural que al domingo siguiente, solo a la vista de la arena, mi corazón latía ya emocionado. Después, como tantos miles de niños españoles de la época, las toallas o los trapos de cocina se transformaban en muleta y el patinete era un peligroso morlaco. Mis primeros dibujos infantiles fueron monotemáticos: toros de cuernos inacabables, picadores por los suelos y toreros impartiendo justicia con la espada. Cuándo los adultos me planteaban la tópica cuestión ¿Niño qué te gustaría ser de mayor? Yo no dudaba un solo instante, y durante muchos años respondí exactamente lo mismo: ¡Quiero ser torero! Y en cierta medida he cumplido, lo que ocurre es que con un toro de cartón sobre el escenario.
Actualmente, son pocos los niños que desean ser toreros de mayores, quizás quede alguno en Andalucía. Este signo es decisivo, y marca el futuro de la tauromaquia. Hoy todos los chavales quieren ser Messi o Ronaldo. Hemos retrocedido claramente en cuestión de ambiciones. Aunque pueda parecer lo contrario, el circo romano está más cerca del futbol que de las artes de la tauromaquia. Por lo menos, provocan más violencia y muertos los estadios que el toreo.
Todo ello, no hace más que vaticinar que las corridas tienen los días contados. Es un arte a contracorriente de una época. Dentro de poco tiempo se decidirá su final en Barcelona, y no podemos olvidar que desde hace unas décadas, lo que sucede en Cataluña contamina rápidamente el resto de España. La paradoja es que lo que sucede siempre acaba resultando peor que lo anterior. Aprovechen pues el poco tiempo restante para disfrutar de los últimos vestigios del mundo arcaico, representados por la tauromaquia y milagrosamente conservados hasta nuestros días. No pierdan la ocasión de tener cosas prodigiosas que contarles a sus nietos ¡No les van contar la autodeterminación virtual!

Hasta la próxima… si Dios quiere

Comentarios

Total: 21
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11 | Ricky Mango - 15/12/2009 - 20:32 h.

Quiero añadir que, aunque no me interesan los toros (ni las vacas; no soy sexista), me echaría a la calle para manfiestarme contra su prohibición. No creo que los que disfrutan con ese espectáculo hagan daño a nadie. Y a los que exclamen que el toro sufre, los invito a visitar una tarde una granja de pollos o un matadero donde sacrifiquen (sabrosos) lechones. O incluso un manotazo a un mosquito aumentado 100 veces y reproducido a cámara lenta.

10 | Joan Mercadé - 15/12/2009 - 19:42 h.

El toreo, estimat Priede, te une indefectiblemente con la tribu. Con las tribus más rupestres y cavernarias; esa orgia de sangre y dolor, esa exaltación de los mitos más tribales, ese goce,se origina en la parte más bestial de nuestro cerebro; en la amigdala. Esa triza tan instintiva, tan animal, tan zulú del "cerebro" de algunas personas.

9 | Ricardo - 15/12/2009 - 19:38 h.

Resulta curioso comprobar la truculencia con que razonan los antitaurinos. El tal Robert habla de cultura milenaria de cabezas cortadas. Ni más ni menos que compara la muerte de un animal a las personas. Seguro que come pollos, foie de pato y ternera a punta pala. No se pregunta como han vivido ni como han sido liquidados. La impostura es el virus de la época nuestra.

8 | Priede - 15/12/2009 - 19:25 h.

Además en el toreo la afición no se vincula con su tribu, sino con el mejor sobre la arena. No hay nacionalismo; da lo mismo que el toreo sea almeriense, colombiano o madrileño. Te gusta el torero y eres te vinculas con él.

7 | Aida - 15/12/2009 - 17:53 h.

Como ya dije no tengo clara mi postura hacia los Toros, quiza porque no forman parte de mi habito de costumbres. Veo la ironia del comentario de Robert pero no va por ahi el asunto, sobre la tradicion milenaria sino sobre lo que motiva la existencia de una tradicion, que no tiene porque ser acertada. Coincido con Ricky Mango, no se donde hay mas violencia, si en el futbol, el rugby, la lucha libre en antros de EEUU....da igual las latitudes. ¿No sera que hay un componente humano en esa constante demostracion de poder?, Quiza se prohiba el toreo, pero se llenaran mas las calles de fanaticos cuando gane el Barsa..vendra a ser lo mismo. Un ritual de afirmacion.

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