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Blog de Albert Boadella

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ya no fumo

04/01/2010 | Comentarios: 34


Se acabó. Ya no se puede fumar en ninguna parte. Hace tan solo unos cuantos meses dejé de consumir mis pequeños Cohíbas. No lo hice por ninguna causa sanitaria, ni propia, ni ajena. Mi decisión fue por puro sentido práctico, con la única finalidad de no sentirme violentado constantemente. Tampoco era un compulsivo, solo tres o cuatro diarios, me gustaba el sabor de los puritos pero no lo suficiente para mantener otro frente abierto. En este, admito mi capitulación ante el nuevo envite de una época de hipocresía e impostura de la que no parecen existir antecedentes históricos. Las instituciones primero marcando la pauta, y después, la masa bien domesticada siguiendo el ejemplo, se esfuerzan todos en exhibir una impudorosa exposición de fingimientos filantrópicos que deja como un neófito al famoso Tartufo de Moliere. Se trata del rasgo común que retrata un periodo en el que los ciudadanos hacen gala ante los demás de su infinita bondad, solidaridad, conciencia medioambiental, preocupación por el tercer mundo y fanática defensa de toda especie animal, especialmente gatitos y perritos, elevados al rango racional. En general, el artificio se reduce a un derrame de grandes palabras y términos altisonantes, cuyo objetivo esencial acaba siendo la denuncia y reprobación de los que no comulgan con este exquisito club de las simulaciones. Nuevas formas de inquisición.
Escudados en la defensa del nuevo orden puritano se imponen un sinfín de normativas, la mayoría, bajo el pretexto del bien común, rozan a menudo los límites de las libertades esenciales del ciudadano. Invariablemente van apareciendo cruzadas contra fumadores, bebedores, taurófilos, cazadores, contaminadores, machistas, mentes conservadoras o simples aficionados a la incorrección política. Es obvio, que a medida que la mediocridad invade el poder político, más normativas son necesarias para suplir la falta de criterio de cualquier dirigente. El resultado puede ser, en breve plazo, una nueva estructura de contenidos autoritarios encubierta en la aquiescencia general y el sufragio universal. En esa cuestión España está entre los grandes. La nueva dictadura de los buenos avanza sin tabaco y con el cinturón de seguridad bien abrochado.

Hasta la pronto... si Dios quiere

 

Comentarios

Total: 34
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34 | LUNDI - 05/01/2010 - 11:48 h.

Dejar de fumar es una muestra de conformismo más. Excepto cuando se trata de dejarlo para retrasar la muerte indigna. Buena estrategia la de disfrazar el sometimiento voluntario al sistema con palabras gruesas de revolucionario lucido pero impotente.

33 | Aida - 04/01/2010 - 23:37 h.

Estoy deacuerdo con Faro, Priede...dedicate a ser tu mismo te favorece alejarte del enciclopedismo y los links. Cuando apartas la pose de letrado, y la cantidad de digitos se reduce sales mas favorecido en la foto.




32 | Priede - 04/01/2010 - 21:51 h.


Pío Moa es un tipo admirable. Con casi cuarenta años vivía en una habitación de un piso compartido y con veinte mil pesetas al mes que ganaba de colocar en la prensa algún que otro artículo. Por aquel entonces, hace unos veinte años, yo vivía con treinta y cinco mil pesetas y me consideraba un héroe.

findesemana.libertaddigital.com/viaje-por-la-via-de-la-plata-1276235721.html

Además escribe muy bien, con un estilo sobrio, cristalino. Y es que al final uno escribe como lo que es.

31 | Faro de Progrería - 04/01/2010 - 21:14 h.

Le sienta mucho mejor la faceta Bukowski que la Pío Moa. Vamos, no hay color...

30 | Priede - 04/01/2010 - 21:03 h.


Coño, qué sorpresa, Mercadé. Cuánto me alegra. Es verdad: tienes aguante y sentido del humor. Qué bien. Un buen camarero es alguien, primero muy currante, y luego con responsabilidad en el oficio. Es el único trabajo con el que no pude: la hostelería. ¡Mi madre la cantidad de platos que fregué yo! Incluso en barcos. Eso y maletero en bodega de avión. Facturando maletas y cargando carros, lo que me echen, pero doblado en una bodega y con prisas, eso no.

Y repartidor, y mozo de almacén, y peón. Siempre trabajé para ganar un dinerito y sobrevivir los meses de sequía. O a media jornada y el resto del día para mí, para cultivarme, tal y como aconsejaba García Oliver. Porque los anarquistas ponían más empeño en reinvindicar tiempo libre que en aumentar los salarios. García Oliver aprovechaba sus estancias en la cárcel para leer a Cervantes, a Ibsen. Eso es lo que hacía yo.

No te cuento las condiciones espartanas en las que he llegado a vivir. En Madrid, te lo juro, durante seis años viví en ocho metros cuadrados, en un desván. Y tenía de todo: baño, cocina... bueno, y no mucho más, claro. Una cama. Y en parte de él había que andar agachado porque de no hacerlo así pegabas con la cabeza en el techo. He visto sitios peores, ojo. Cuando mis hermanos iban a visitarme tenía que atenderlos de la depresión que les daba, y claro, nunca más quisieron volver. Cuando me fui a empadronar la funcionaria no quería hacerlo, decía que eso era imposible; entonces saqué una foto y le enseñé el cuarto: “¿Ve usted?, yo friego los cacharros desde la cama”. “Increíble”. “Yo nunca miento, ya le digo.”

Pero luego eché novia, y como nos tocábamos aunque no quisiéramos, tuvimos que mudarnos. Y ahí mi suerte cambió a peor. La chica era una preciosidad, jovencita, bellísima, un encanto, nunca me olvidaré, y eso por más que el paso de los años la malearan un poco, porque al final arrendó su alma al Hades, que abrió en ella un consulado. Qué se le va a hacer. Además era de familia rica; pero era muy jipi, y en vez de ir a estudiar (muchísimas veces la tuve que obligar a ir a la facultad) se metía en el palomar a tocar la flauta. Qué alegría aquella música de Gwendal mientras subías las escaleras. Si ya era de noche tenía que hacerlo apartando yonquis y travestis. “¡Que no me quiero acostar contigo, coño!” Imagínate, con aquella criatura que tenía en casa esperándome, acostarme con un travestido, pollón y carterista. Ella decía que era como vivir en un carromato gitano. Qué tiempos. Todos mis vecinos eran filipinos. Al principio no era así, pero luego acabaron tomando aquello casi por asalto y como mantenían la sana costumbre de tener hijos la escalera se convirtió en un patio de colegio; eso de día, por la noche aquello era poco menos que un callejón del Bronx.

En fin, de entonces acá mi vida dio muchos tumbos, pero nunca en la cartera, eso no. Da igual, cuento con ello, siempre supe que moriré pobre.

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