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Blog de Albert Boadella

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Consideraciones sobre un maestro

09/05/2010 | Comentarios: 13

                                           
No veremos al maestro Enrique Ponce durante esta feria de San Isidro. Tampoco parecen demasiado claras las razones que han llevado la empresa adjudicataria de la plaza de Madrid a prescindir del torero que este año cumple precisamente el XX aniversario de su alternativa. Arguyen motivos económicos pero es de sobras conocido el relativismo que conllevan estas cuestiones respecto a los temas artísticos. Nadie le niega a la empresa su legítima opción a la rentabilidad, sin embargo, se trata de la primera plaza de España, y por tanto, del mundo. En este sentido, al margen del factor puramente mercantil, regentar un espacio tan carismático significa también asumir una cierta responsabilidad pública en la muestra de lo más elevado del panorama taurino. Obviamente, la empresa tiene todo el derecho a confeccionar los carteles con quien le plazca, el mismo derecho que nos asiste a los aficionados para enjuiciar la oportunidad de sus decisiones.
Lo cierto es que por una u otra razón, quien más justifica en nuestros días el tratamiento de maestro del toreo no pisará el coso de Las Ventas y precisamente el año de su aniversario. Sin embargo, esta ausencia no parece casual sino que resulta muy significativa. Quiero decir con ello, que la decisión esconde su lógica si tenemos en cuenta algunas derivaciones artificiosas de la tauromaquia actual.
El tratamiento de maestro, que antes se aplicaba a todas las artes, ha quedado en nuestros tiempos reducido exclusivamente al toreo y a los directores de orquesta. Los maestros en las otras disciplinas artísticas han desaparecido paulatinamente ante la floración de genios al por mayor que no necesitan para nada la experiencia de los veteranos del oficio y más bien les resulta un lastre comprometido. No obstante, en el mundo taurino, el título de maestro es hoy mucho más un protocolo convencional que una correspondencia directa con la realidad, pues la mayoría de la veces, su utilización nada tiene que ver con el conocimiento o la pericia del supuesto matador. Muy menudo descubrimos auténticos asesinos en serie, en la especialidad de ganado bovino, enaltecidos como maestros en las crónicas públicas. Estas circunstancias se producen porque en el arte vivimos inmersos en una exaltación de lo puramente mediático, consecuencia directa del menosprecio a cualquier autoridad en materia de sapiencia artística ¿A quien pueden reconocer como maestros los genios que exponen hoy en los museos de arte contemporáneo? ¿A Velázquez? Tampoco son masoquistas los chicos. En el fondo, todo cuadra perfectamente, pues la dinámica de “Ni Dios ni maestro” se inicia ya en la propia enseñanza.
La irradiación de este fenómeno, es de tal magnitud, que su efecto alcanza incluso un ritual tan tradicionalmente impávido ante lo externo como el toreo. Los condicionantes de la superficialidad y la sociedad del espectáculo que promueven los medios inclinan la opinión y los criterios del aficionado hacia aspectos marginales del arte taurino. Así por ejemplo, nos encontramos que ahora resulta mucho más relevante para el prestigio de un torero ser cogido por el toro que evitarlo. Lo cual representa una total inversión de la propia substancia que generó la tauromaquia, pues teníamos entendido que por encima de cualquier otra condición, se trataba de jugar con el bicho de tal manera que no consiguiera pillarte.
Este panorama viene a demostrar que el asentamiento sobre los cimientos clásicos, o las simples esencias arcaicas que justifican la existencia de un arte, son arrollados por otros objetivos de carácter exhibicionista cuyo resultado final es exclusivamente el comercio puro y duro. Semejante coyuntura tiene que ver hoy con la notoriedad que reviste un hecho artístico al margen de lo fundamental. En definitiva, desde nuestra sociedad se promueve la idea de que la gloria no se alcanza por el rigor y el esfuerzo profesional sino a través de las habilidades que uno es capaz de desarrollar con el fin de escapar por la tangente. En tales circunstancias, la valoración de la maestría en cualquier disciplina artística es algo secundario y alejado de las fórmulas vigentes para obtener éxito inmediato. En los toros se viene instalando paulatinamente esta misma receta.
Al maestro Enrique Ponce le ha tocado cohabitar en una época donde sus méritos solo son reconocidos en la corteza y a menudo escatimados por los “expertos” los cuales se mueven bajo el influjo de la singularidad que es ahora el cenit de lo artístico. La alteración artificiosa de las cosas armónicas, presentada como una pirueta de riesgo, se ha convertido en la coartada perfecta para no entrar en el fondo de la cuestión. Frente a tales circunstancias, hay que admitir que Ponce tiene un problema para el pleno reconocimiento de su maestría pues se trata de un matador poco dado a la teatralización de la lidia. En apariencia, sus faenas no parecen requerir esfuerzo alguno. Tampoco percibimos nunca el rostro alterado o los movimientos crispados, ni dramatiza más de lo imprescindible el acto temerario de enfrentarse a la bestia. En este aspecto concreto, posee la genética de los grandes artistas, cuyas obras transpiran una tal naturalidad que muchas veces inducen al profano a experimentar ante ellas una sensación de facilidad. Su maestría consiste en un riguroso retorno a las esencias de la tauromaquia cuya consecuencia fundamental implica ceder protagonismo al toro. Los 39 indultos que ha conseguido avalan esta opción. Una opción que solo puede tomar alguien con una seguridad absoluta sobre sus facultades porque significa escoger el camino más solitario en tiempos de exhibicionismo compulsivo. Para ello, asienta su lidia bajo unos preceptos tradicionales que recuerdan el clasicismo arcaico de cuando el artista escondía su “yo” detrás de la obra, la cual ni siquiera firmaba.
Como es obvio, en la época en que solo cuenta lo novedoso e incluso, los cocineros son elevados a genios de la modernidad, no imponer el “yo” resulta inconcebible. Tan inconcebible como que en el XX aniversario de su alternativa no venga el maestro Ponce a Madrid. Admitamos, como mínimo, una ingratitud. Pero insisto en que la ausencia es coherente con la realidad actual. Ello no impide reconocer que vivimos malos tiempos para el justo reconocimiento de un torero riguroso y un auténtico maestro que no utiliza reclamos estridentes. Quizás la historia ponga las cosas en su sitio, aunque entonces ya será tarde para un arte efímero que dura solo unos instantes y muere justo después de nacer.

Hasta pronto… si Dios quiere

 

 

Comentarios

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3 | Zuberoa - 10/05/2010 - 17:26 h.

Estimado Sr. Boadella:

Sólo quiero decirle que le admiro y que me interesa mucho su trabajo y las aportaciones que hace de vez en cuando en los medios de comunicación. También leo este blog. Tiene usted mucho criterio y una gran lucidez.

También me río mucho con algunas de sus apreciaciones, como la que hizo a propósito del misil de Aznar y los vascos. Lamento los sinsabores que ha tenido que padecer por causa del nacionalismo. Es increíble que sus paisanos no sean capaces de valorarle.

Comprendo su pesimismo con respecto a la posibilidad de que esta situación de locura nacionalista sea reversible. Parece que lo lógico sería que la cordura, tarde o temprano, se impusiera. Aunque estoy leyendo estos días unos artículos de un periódico español de principios de siglo ( 1907, 1908..), en los que el cronista se queja amargamente de la anormalidad histórica de España. El pobre pone sus esperanzas en el socialismo, de cuya mano nos llegarían supuestamente la Ciencia y la libertad; es decir, Europa.

Ya los líderes socialistas de entonces ( Pablo Iglesias, por ejemplo) eran gente sin preparación. El pobre cronista quita importancia a este hecho, a pesar de ser él alguien muy culto e inteligente. Afirma que Pablo Iglesias y Francisco Giner son dos santos laicos, tal es la fe y la necesidad que el pobre tiene de que España sea de una vez un país civilizado.

Le saluda atentamente:

Zuberoa


2 | giorgalidiko - 10/05/2010 - 08:54 h.

Toros a los que otros no sacan dos pases la sirven a don Enrique para hacer faenas redondas,eso es maestría.

1 | epígon - 09/05/2010 - 23:33 h.

La única experiencia que tengo con los toros es haber corrido dos días consecutivos en s Fermín.
Increíble llegue a tener un morlaco a muy cerca..
En los toros aprecio la bravura del animal - recuerdo un día que entramos en un campo donde pastaban, recuerdas?
pues ese sensurraund multiplicado por ?..

De la fiesta admiro eso la habilidad del hombre para acercarse lo mas posible sin daño.. esa es su antonomasia!

Paso muchos nervios en una plaza.. demasiados..
verlo no es lo mismo que estar..
supongo..
y si en cuanto al maestro comparto tu discreción.. estamos acabados.. occidente.. Europa versus Grecia se terminan que le vamos ha hacer..
esto señores termina..
demosle el mejor final posible..
y perfecto por ese 10% de política.. 10 % de cotidianidad y el 70 % de arte
Gracias i mas mas mas!

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